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Exespías, prisioneros de guerra o desertores desencantados con la vida en Corea del Sur. Al menos una treintena de norcoreanos ansía cruzar de vuelta a su país, algo que impide la ley y que supone un complejo reto que ambas Coreas deberían abordar en su cumbre de Pionyang.

Kim Ryen-hui, modista de 49 años, ha pasado los últimos siete intentando retornar con su marido y su hija. En 2011 viajó a China para tratarse un problema hepático y allí un "intermediario" la convenció de que podía llevarla a Corea del Sur, donde le aseguró que podría trabajar "durante uno o dos meses" y retornar con mucho dinero para costearse las facturas médicas. Para cuando aterrizó en el Sur, Kim ya sabía que la habían engañado.

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El Servicio Nacional de Inteligencia (NIS) surcoreano -acostumbrado a trabajar con estos "intermediarios"- le dejó claro que su estatus era el de desertora y que ya no podía volver atrás.

"Me dijeron; firma este papel o no saldrás nunca de esta habitación. Así que lo hice". Esto la convirtió en ciudadana del Sur, impidiéndole viajar al Norte (salvo con autorización del Gobierno y bajo obligación de retornar), como recoge la Ley de Seguridad Nacional, en vigor desde antes incluso de que la Guerra de Corea (1950-1953) desangrara ambos países.

El NIS, sabedor de sus ansías por retornar, se ha encargado desde entonces de bloquear su solicitud para obtener pasaporte, frustrando su plan de viajar a China como surcoreana y cruzar desde ahí de vuelta a su país.

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Kim lo ha intentado todo; desde fletar un barco que la introdujera ilegalmente en China a falsificar un pasaporte. Por esto último pasó 10 meses en la cárcel, donde trató de suicidarse varias veces, rememora entre lágrimas. Éstas devienen en llanto amargo cuando menciona lo mucho que necesita ver a su hija.

Kim Jong-Un, líder norcoreano. EFE/END.

La sombra del NIS también planea sobre otro polémico caso: la deserción en 2013 de una docena de norcoreanas que trabajaban en un restaurante en China.

Al igual que Kim, varias de estas camareras aseguran haber sido engañadas para venir al Sur, tal y como se lo han contado ellas mismas al relator de la ONU para los Derechos Humanos en Corea del Norte, el argentino Tomás Ojea Quintana.

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El objetivo del NIS en estas operaciones sería el de vender todas estas deserciones como una victoria propagandística para las administraciones conservadoras que gobernaron en Corea del Sur entre 2008 y 2017.

Moon Jae-in, líder surcoreano. ARCHIVO/END.

Pero ahora el Gobierno liberal ha heredado este legado envenenado ya que, pese al acercamiento con Pionyang, se ve incapaz legalmente de ceder a sus demandas para que Kim y el resto de mujeres sean retornadas, una exigencia que por momentos ha amenazado con romper el deshielo iniciado este año.

Reformar la Ley de Seguridad Nacional requeriría un amplio apoyo de la oposición conservadora, algo virtualmente imposible a día de hoy. Además, las primeras enmiendas, caso de haberlas, nunca se centrarían en permitir la libre circulación de ciudadanos entre ambos países, afirma Kang Jung-woo, letrado especializado en seguridad nacional y militar.

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Las esperanzas de estos norcoreanos están pues depositadas en la posibilidad de que en la cumbre que los líderes de las dos Coreas, Kim Jong-un y Moon Jae-in, celebrarán entre el 18 y el 20 de septiembre se rubrique un acuerdo similar al alcanzado en 2000 durante la primera cumbre intercoreana.

En aquella ocasión, Seúl envió de vuelta a 63 espías y exprisioneros norteños que habían expresado su deseo de retornar. Es así como se siente Yang Won-jin, que a sus 90 años solo quiere una cosa: regresar al Norte.

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"Es ahí donde está mi corazón, con los ideales de la República Popular", cuenta sentado en el salón de la residencia que la Asociación de Apoyo para Prisioneros de Conciencia tiene en Seúl, donde comparte techo con otra decena de antiguos agentes infiltrados o soldados del Ejército Popular capturados, además de con la señora Kim.

Yang, nacido en el Sur pero instalado en el Norte al término del conflicto, se infiltró de vuelta en el Sur en 1955 en una operación militar y ya no pudo volver. Sería detenido cuatro años después y pasaría en la cárcel 29, hasta la llegada de la democracia a Corea del Sur.

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"Este es un tema humanitario, porque se están violando los derechos fundamentales de estas personas que solo quieren volver a su país", explica Kwon Wo-hon, director y uno de los fundadores de la asociación, que cobija a estos norcoreanos desde 1989.

Tanto Kwon, Yang y la señora Kim se aferran ahora mismo a la esperanza de que la inminente cumbre de Pionyang depare el ansiado acuerdo para repatriarlos. "Esta gente necesita volver a ver a sus familiares, sufren mucho y el tiempo sigue corriendo", subraya Kwon antes de insistir en que "a muchos no les queda mucho tiempo".