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Ligaya García se instaló en la mayor necrópolis de Manila siendo sólo una niña. Hoy, con 70 años, el cementerio sigue siendo su único hogar, donde han nacido sus quince hijos y 53 nietos y bisnietos, que conviven entre tumbas y panteones con otro millar de familias.

Varias generaciones se han criado y vivido en el North Cementery de Manila, la mayoría de sus integrantes se gana la vida como cuidadores de sepulcros que han convertido en sus hogares ante la carencia de vivienda digna en esta superpoblada capital, donde un tercio de sus 13 millones de habitantes viven en asentamientos informales.

"Aquí estamos más seguros. A las siete de la noche se cierran las puertas del cementerio y nadie puede entrar", cuenta a Efe Ligaya, que el pasado 5 de septiembre enterró a su marido en el mismo panteón donde ambos compartieron casi medio siglo de matrimonio.

Ligaya Garcia (i) descansa sobre la tumba de su marido en un cementerio en Manila. EFE/END

Cada noche Ligaya duerme en un fino colchón que coloca sobre la tumba en la que descansan los restos de su marido y sus padres, en esa sepultura familiar donde guarda sus escasas pertenencias, un televisor y las medallas escolares de su vasta prole.

"Sí creo en fantasmas, vivo rodeada de ellos, pero no les tengo miedo. Creo que nos protegen", relata en tagalo la matriarca de los García con una media sonrisa.

Varias generaciones se han criado y vivido en cementerios de Manila. EFE/END

En sepulcros colindantes habitan sus hijos -algunos cuidan panteones, otros pintan vasijas de barro para colocar flores a los muertos, otros regentan una pequeña tienda "sari-sari"- y sus nietos y bisnietos, que se entretienen jugando entre las tumbas al regresar de la escuela con sus uniformes impolutos.

"Aquí tenemos electricidad y agua. Ya incluso somos votantes censados y los políticos vienen al cementerio a hacer campaña", manifiesta su hija, Andrea García, desde el mostrador del "sari-sari" donde vende jabón, refrescos y comida enlatada a habitantes y visitantes del camposanto.

En esta superpoblada capital, un tercio de sus 13 millones de habitantes viven en asentamientos informales. EFE/END

Los García son afortunados, todos tienen un techo donde dormir cobijados en diferentes panteones que mantienen limpios y arreglados -ganan unos 100 pesos mensuales (1,8 dólares) por cada uno-, pero otros vecinos viven sobre tumbas a la intemperie.

Algunas familias han logrado instalar un techo de uralita sobre las tumbas que cuidan para guarecerse mínimamente de las frecuentes trombas de agua manileñas, como es el caso de Giselle Bautista, de 24 años y embarazada de ocho meses, que vive así con su marido y cuatro hijos de entre 3 y 8 años.

En el cementerio descansan cerca de un millón de muertos. EFE/END

Giselle se mudó al North Cemetery de Manila con 14 años desde las calles del peligroso barrio de Bulacan, pero su esposo es "nativo" del cementerio, donde trabaja de pintor de las coloridas tumbas de ese camposanto de 54 hectáreas.

"Antes era más seguro. Ahora con la guerra antidrogas hemos tenidos redadas policiales por la noche. Aunque estamos más protegidos, aquí también hay drogas y prostitución", se lamenta.

Algunas familias han logrado instalar un techo de uralita sobre las tumbas que cuidan para guarecerse mínimamente de las frecuentes trombas de agua manileñas. EFE/END

El cementerio, donde descansan cerca de un millón de muertos, es un barrio funcional: las familias viven en buena vecindad, se reparten las tareas de limpieza, distribuyen agua, hay una flota de bici-taxis para entrar y salir y, como en el resto de Manila, la música suena a todo volumen.

Con el reggaeton a todo el volumen que da desde el altavoz de su teléfono, Joseph Lopez entrena gallos con varios vecinos para las peleas de los domingos, en las que juntan algo de dinero para sobrevivir en las diminutas casas que una veintena de familias construyeron encima de los nichos de la mayor necrópolis de Manila.

A veces se gana unos pesos desenterrando los muertos de los nichos, donde no pueden permanecer más de cinco años a menos que la familia pague la cuota correspondiente.

En el cementerio descansan cerca de un millón de muertos. EFE/END

"El otro día sacamos este", declara mientras señala en el suelo un saco con huesos, desde el que asoma un cráneo, y el nicho vacío, sin lápida ni dueño.

Al otro lado de la ciudad, incrustado entre los lujosos rascacielos del distrito financiero de Makati, se ubica el South Cemetery, donde también conviven con los muertos unas 300 familias.

En el cementerio descansan cerca de un millón de muertos. EFE/END

Angilyn Pulga nació allí hace 32 años, como antes hicieron sus padres -que se casaron ahí mismo- y después sus dos hijos de 13 y 2 años. "Este ha sido mi hogar siempre. Aquí estoy bien, aunque no he conocido otra cosa", indica mientras planta unas macetas entre las tumbas que cuida.

Para ella, lo mejor de su hogar es que sus hijos están a salvo dentro de los rígidos muros del camposanto, los domingos participan en las actividades de la parroquia y pueden ir a la escuela cercana, aunque sueña con que "algún día ellos puedan tener un trabajo y una casa de verdad".