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Un año de marchas de protesta en Gaza ha dejado atrás un reguero de mutilados y heridos de bala: más de 6.500 según la OMS. 124 de ellos, la mayoría varones jóvenes, han sufrido amputaciones. Una lista que engrosará en breve Musa Mahmud Abu Ataye, adolescente de 17 años que no se arrepiente de nada.

"No, no estoy enfadado", narra a Efe mientras levanta el edredón que le tapa y descubre sus piernas, cada una vendada a una altura diferente sobre las heridas que ha dejado en su piel "una bala explosiva" disparada por los soldados israelíes apostados en la valla de separación.

La izquierda ha perdido el riego sanguíneo y será amputada pronto.

Un joven palestino se dispone a lanzar una roca contras las fuerzas israelíes durante las protestas semanales. EFE/END

El pasado 15 de febrero, Musa acudió a las protestas junto a su amigo Mohamed Abu Gabel, de 18 años, como hacían de manera habitual. Asegura que solo se acercó "dos o tres pasos" hacia la valla, a la que Israel no permite aproximarse, y defiende que era un manifestante "pacífico, desarmado".

El Ejército acusa al movimiento islamista Hamás de utilizar las protestas para dañar la valla de división y penetrar en su territorio para atentar contra la población civil, por lo que utiliza todos los medios necesarios para evitar que la población se acerque a la verja.

Cada viernes, esta tensión ha derivado en el lanzamiento de piedras, neumáticos ardiendo, cócteles molotov e incluso explosivos por parte de grupos de manifestantes palestinos, que son repelidos y dispersados por los soldados al otro lado con material antidisturbios y fuego real.

Además, los palestinos iniciaron un nuevo método de agresión, lanzando cometas o globos con material incendiario al otro lado de la frontera, que ocasionaron cientos de fuegos.

"Solo quiero estar bien, poder seguir con mi vida y encontrar un trabajo", pide Musa que, a causa de sus heridas, la invalidez y las visitas semanales al hospital ha abandonado los estudios.

Ahora pasa el día frente al televisor, justo ante su cama, en el salón de una familia de siete personas del barrio de Sheij ed Duan, a medio camino entre un vecindario y un campo de refugiados con viviendas de hormigón visto construidas desordenadamente, optimizando un espacio cada vez más reducido.

Un lugar sucio y feo, en el que la alegría la ponen los pocos árboles y flores que se abren camino entre el mortero en esta tierra agradecida y la risa de los incontables niños que juegan en sus calles.

Una de las sonrisas que se ven, un tanto burlona, es la de Mohamed, el chico que fue herido junto a Musa.

Soldados israelíes montan guardia durante las protestas semanales. EFE/END

"Estaba allí para reclamar nuestros derechos, como que abran las fronteras y levanten el bloqueo israelí. Queremos derechos sencillos, no es tan difícil", solicita, una consigna que repiten ellos y sus familias, sus padres, sus madres, que en estos casos y en los de muchos otros les alentaban a acudir a las manifestaciones a pesar del riesgo a pagar un alto precio.

Otros, como Odai, que también vive en el barrio, acudieron la primera vez y no volvieron, disuadido por la peligrosidad, y algunos como Tareq, otro gazatí recién licenciado, rechazan participar y opinan que, un año después y perdido el tirón inicial, los que acuden a las marchas son solo los simpatizantes de Hamás.

Mientras Mohamed juega con el móvil tras subir con destreza con las muletas las tres plantas desde el patio al piso, su tía, Isrin, se dice "madre, hermana" de "mártires", como consideran los palestinos a los muertos en el conflicto con Israel: luchadores por la causa palestina contra la potencia ocupante.

"En todas las casas, en cada familia palestina" hay mártires, alega Isrin, con los ojos encendidos de rabia y pena. Cree que un factor de la asistencia masiva a las marchas fue también que aquí "no hay mucho más que hacer, a dónde más ir", en un enclave donde el paro juvenil supera el 72%, según datos oficiales de Gaza, bajo un férreo bloqueo desde 2007.

Mohamed no piensa en el futuro. Se siente uno más entre los muchos jóvenes que masivamente acuden a las protestas cada viernes a veces en autobuses financiados por Hamás, al que algunos culpan de haber monopolizado una movilización que surgió como popular, fruto del esfuerzo de casi treinta facciones palestinas.

"Tenemos derecho a volver a nuestras tierras ocupadas. Cada hogar está afectado por la ocupación israelí", insiste en la penumbra, que no puede disiparse porque la electricidad escasea en el barrio, como en el resto de la Franja, donde hay ocho horas de suministro eléctrico por cada veinticuatro sin él.

Este sábado, que se espera una concentración multitudinaria para conmemorar el año de movilizaciones, Mohamed asegura que irá de nuevo junto a la verja, y espera que Musa, cojeando, le acompañe.

Serán unos de los tantos que marchen y lo harán convencidos de que, pese a todo, algún día sus protestas "lograrán sus objetivos".