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La precaria casa de los Victor fue la única de la calle que quedó en pie el martes, cuando el terremoto pudo incluso con la vecina catedral de Puerto Príncipe. Desde entonces esta familia, además de llorar a sus muertos, lucha por sobrevivir al hambre, los saqueos y falta de asistencia.

"Los designios de Dios son misteriosos. El quiso que nuestra casa aguantara mientras que otras mejor construidas se vinieron abajo", explica Eglide Victor, profesora de 26 años, mientras muestra su precaria vivienda en el corazón de Puerto Príncipe.

Supervivientes por milagro del sismo que devastó la ciudad y sembró la desolación a su alrededor, esta familia abandonó su domicilio por miedo a que hubiera otro terremoto terminara derrumbándolo y sepultándolos. Acabaron en un parque público pero se sintieron más desvalidos que en su propia casa y regresaron. "Para protegerla y protegernos. Hay mucha gente armada, muchos saqueos", explican los hombres de la casa.

Además, así están cerca de la catedral, donde el hermano mayor de la familia, Henry Claude, está todavía atrapado bajo montañas de escombros. "Ayer alguien habló con él ayer. Gritó su nombre desde donde estén. Dijo que están rodeados de muertos. Pero esta mañana no logramos que nos contestara", cuenta tristemente Eglide.

Desde el martes, el hogar de los Victor recibió a numerosos parientes y hoy casi 40 personas se hacinaban en este conjunto de casuchas de madera y hojalata que amenazan con derrumbarse en cualquiera de las réplicas del sismo, aún frecuentes.

La hermanastra de Eglide Victor, Marie Edithe Saint Juste, fue una de las primeras en pedir cobijo en su casa. Atrás, dejó a su esposo, sepultado entre las ruinas de su casa. "Sentí el temblor y reaccioné rápido. Salí de mi casa con mi hijo y corrí. Mi marido quedó dentro pero sé que murió. Caminé kilómetros hasta llegar a casa de mi familia. El espectáculo era terrible", recuerda resignada.

La familia ya recibió noticias sobre la muerte de otros parientes, numerosos amigos y vecinos. Sólo en su calle, los cadáveres retirados de los escombros superan el centenar pero el hedor a putrefacción es insoportable. "No todos fueron recuperados. No tenemos material para hacerlo", explica Eglide mientras observa la llegada de un camión de bomberos rusos.

La aparición de los primeros contigentes extranjeros de ayuda humanitaria ha cambiado el humor de la familia después de tres días de "total abandono". "La falta de electricidad es menos grave que el hambre, la sed y la falta de medicamentos, sobre todo algo para las infecciones. Estamos rodeados de muertos", explica Eglide.

Hoy, los hombres de familia se lanzaron a las calles a buscar comida y agua distribuida por alguna misión humanitaria. "Tengo esta bolsa de agua para todo el día, tengo que racionarla para mi hijo de tres años", indica Norberta Noiset, prima de la familia, mostrando su preciado tesoro.

"Teníamos muchas necesidades pero ahora tenemos todavía más, es inimaginable. Hoy no sé qué comeremos. Ayer sólo teníamos café y pan. Somos mucha gente que alimentar", añade Marie Edithe.

Cuando cae la noche, la familia se reune en el patio para dormir. Dicen sentirse más seguros que en el interior de la casa aunque las paredes podrían aplastarlos en cualquier momento. "Nuestra vida está en manos de Dios. ¿Marcharnos de Puerto Príncipe? No, nunca", concluye Eglide Victor.