•   PALICTAHUA, Ecuador / AFP  |
  •  |
  •  |
  • END

Dejando su suerte en manos de Dios, pero sin temer la muerte, campesinos conviven día a día con la furia del volcán Tungurahua, uno de los más activos de Ecuador, que desde 1999 dejó seis muertos, cientos de desplazados y varias aldeas destruidas.

“Somos de tierra y a la tierra tenemos que volver. ¿Qué miedo? Dios nos guarda”, expresó a la AFP Lida Hernández, una oriunda de Palictahua que se niega a abandonar del todo ese recinto donde, dice: “Está mi vida”, y que dejó de ser visitada por sus cinco hijos, quienes emigraron en busca de prosperidad.

Entre risas, la mujer de 78 años añadió que sus descendientes “no quieren volver a ser tierra (morir)”, por lo que se olvidaron de Palictahua, uno de los poblados que fue arrasado por los flujos de lava, lodo y escombros que descendieron bruscamente del pico del Tungurahua en julio y agosto de 2006.

“Durante ese período, se registró la mayor actividad del volcán con lahares (aludes) que pueden bajar a 85 km por hora y flujos piroclásticos (material incandescente) de hasta 800 grados centígrados que se desplazan a velocidades de entre 75 y 150 km por hora”, explicó un vulcanólogo del Instituto Geofísico.

Cuando sale el Sol, Hernández, a quien las autoridades entregaron una casa en la cercana localidad de Penipe, vuelve a su terreno para sembrar la huerta y alimentar sus gallinas y sus cuyes (conejillos de indias), a pesar de que el volcán de 5,029 metros de altura “está bravo”.