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PUERTO PRINCíPE / AFP

En medio de saqueos, el centro de Puerto Príncipe parece haber reanudado su vida normal, hasta el punto que a partir del jueves los haitianos pueden ir a una peluquería.

En una gran plaza próxima al destruido palacio presidencial de Champs-de-Mars, donde miles de haitianos han encontrado un refugio, un joven peluquero corta el cabello, en plena calle.

“Es la única cosa que puedo hacer para ayudar a mi familia: reanudar mi trabajo”, explicó Danache Metelus.

El peluquero reinició su actividad el jueves, en el mismo lugar donde se encontraba en el día del sismo. El precio de un corte de cabello: 75 gourdes, equivalente a dos dólares.

A cien metros de allí, en el barrio comercial, unos cincuenta haitianos saquean entre los escombros al supermercado “Topolino”. Varios hombres se pelean por productos de limpieza.

La llegada de la policía provoca el pánico. Suenan disparos. Uno de los saqueadores es detenido. La policía le pide que vacíe sus bolsillos y le golpea el trasero a palazos, mientras sus amigos se mueren de risa.

En una calle aledaña, otro equipo de policía dispara al aire para hacer huir a los saqueadores. Algunos aseguran que un ladrón fue herido por los disparos de la policía.

Colin Shiller, director de la central de telecomunicaciones de Haití, contempla el caos frente a su empresa derruida. “Espero un ingeniero para ver cómo podemos solucionar todo esto. No sé cuánto tiempo va a tomar”, dice.

Es la tercera vez que regresa a ese lugar, desde que el potente sismo sacudió Haití el 12 de enero. “La situación ha mejorado. Las réplicas disminuyeron, los ánimos mejoran”, dijo.

La lucha por ahuyentar saqueadores

Frente a él, un camión escoltado por la policía recupera los electrodomésticos de la tienda “Super home”. La operación se prolonga: tres policías se ponen a discutir.

Más lejos, un hombre sale de las ruinas con una caja. Lo abre y saca un pequeño coche rojo de juguete. A su lado, decenas de niños caminan estrenando gafas de sol. Uno de ellos aún lleva la etiqueta del precio que cuelga sobre su nariz. Para ahuyentar a los saqueadores, una decena de hombres armados con garrotes aseguran la entrada a una heladería. En el interior, ante las heladeras alimentadas por un grupo electrógeno, los haitianos hacen cola para comprar un helado.

“Nos pusimos a vender helados dos días después de la catástrofe. La gente que vive en las calles nos compra mucho. Vendimos muchos hoy, pero deberemos cerrar por falta de electricidad”, dice la cajera, Chale Delence. Colin Shiller, contempla la escena y asegura: “cada día que pasa es una nueva victoria. Haití recupera sus fuerzas”.