Jorge Eduardo Arellano
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Nueva Delhi / EL PAÍS
“Seguí a un hombre que me ofreció trabajo. A punta de pistola, dentro de una habitación de una casa rica, me sacaron sangre e inyectaron algo que me hizo perder la conciencia. Cuando desperté, tenía dolor en la parte baja del abdomen. Me dijeron que me habían quitado un riñón”. Así contó a los medios Mohammed Salim, una de las víctimas, el modo de operar de la red tráfico de órganos más grandes que ha sido desmantelada en India.

Unas 500 personas, según datos de la Policía, sobre todo gente pobre que buscaba trabajo, fueron engañadas para extraerles los riñones. Algunos estuvieron de acuerdo en vender sus órganos por unos 846 euros a los traficantes, que a su vez los vendían a un precio de 17,000 a 34,000 euros.

“Los clientes eran indios ricos, pero también gente de Líbano, Dubai, Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Arabia Saudí y Grecia”, según el comisario de la Policía, Mahender Lal. Esta semana, cuando se descubrió la organización delictiva, dos estadounidenses y tres griegos esperaban por un riñón nuevo.

Las operaciones clandestinas se llevaban a cabo en un quirófano dentro de una casa lujosa en Gurgaon, a 30 kilómetros de Nueva Delhi. 10 personas, entre ellos varios doctores, han sido detenidas. Sin embargo, el cabecilla del grupo, el cirujano Santosh Raut, con un pasaporte bajo el nombre de Amit Kumar, logró escapar a pesar de que ya había sido acusado en los 90 de tráfico de órganos en Mumbai, la capital financiera del subcontinente.

Por las dimensiones del caso, varios hospitales y muchos más médicos podrían estar implicados, según fuentes cercanas a la investigación. La sociedad india está conmocionada. Los medios de comunicación y los líderes de opinión exigen al Gobierno regulaciones más estrictas para los transplantes de riñón. La demanda mundial está en aumento, sobre todo en países ricos, donde los problemas de este órgano son más comunes debido en muchos casos a la obesidad.