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En una romería, por las empinadas callejuelas que conducen a la plaza central, los habitantes de Amagá llevaron ayer viernes sobre sus hombros los cuerpos de nueve mineros colombianos, de un total de 71, que se cree murieron en el estallido de la mina San Fernando.

Cientos de habitantes de este pueblo enclavado en las montañas del departamento (provincia) de Antioquia (noroeste de Colombia), se congregaron en el parque central, para asistir a la ceremonia católica que ofició monseñor Jaime Soleiver.

Los féretros con los cuerpos calcinados de Luis Fernando, Roberto, Hugo, Over Enrique, Wilson, Luis Carlos, Esteban, Jhon Jairo y Sebastián, tres de ellos primos entre sí, fueron colocados uno a uno de frente a la fachada de la iglesia San Fernando Rey de Amagá, mientras tañían sus campanas anunciando la ceremonia fúnebre.

Protegiéndose del sol bajo las copas de los árboles y de un par de carpas que se dispusieron, se apiñaron los habitantes de esta población que deriva en un 60% su subsistencia de las minas de carbón que proliferan en la región.

“Estamos aquí acompañándolos, porque es muy grande la tristeza que tenemos”, dijo a la AFP Edilia Martínez, una mujer de 56 años, que aunque no perdió en la explosión de la mina San Fernando a ningún pariente, refleja la tragedia que vive este pueblo de unos 27.000 habitantes.

“Sólo Dios es respuesta a lo que nosotros estamos viviendo”, dijo monseñor Soleiver, en un intento por mitigar el dolor de los familiares y los habitantes de Amagá, de donde son oriundos la mayoría de los 71 mineros que se encontraban en lo profundo de uno de los socavones, cuando, al parecer, gases acumulados provocaron la explosión la noche del miércoles.

Se teme otro estallido

Hasta ahora, los cuerpos de rescate han logrado recuperar 18 cadáveres de la mina de San Fernando en difíciles labores que se interrumpen frecuentemente por la acumulación de gases que hace temer otro estallido.

Las autoridades creen que en la explosión, que provocó varios derrumbes y altísimas temperaturas, murieron todos los mineros que se encontraban en ese turno.

Ayer viernes, la palabras del prelado no lograban mitigar el dolor de una joven viuda, que lloraba desconsolada, sentada en la primera fila a un costado de los féretros.

Al otro lado de la plaza, cuatro mujeres parecían absortas mirando hacia el horizonte con los ojos enrojecidos, mientras al pie de ellas, un joven ocultaba su rostro reclinado entre sus piernas y cubría su cabeza con las manos.