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Los cárteles mexicanos de la droga emplean la infraestructura de inteligencia del gobierno para la guerra que los enfrenta desde hace varios años por el control del territorio, según el periodista David Aponte, autor del libro "Los infiltrados" (Grijalbo, 2010).

"Han utilizado los servicios de inteligencia institucionales para combatir a sus adversarios, se han beneficiado de la estructura del gobierno", explicó Aponte, cuyo libro detalla los millonarios sobornos ofrecidos por el narcotráfico a sus informantes.

En los últimos cuatro años, los diferentes cárteles han intensificado sus rivalidades y provocado una sangría que alcanza los 30.000 muertos, una contienda en la que no han dudado en utilizar la inteligencia proporcionada por sus infiltrados.

Una de las historias que se narra en el libro es la de Édgar Bayardo. Mando de grado medio en la Policía Federal y protegido del fiscal general, Bayardo funcionaba en realidad como un topo para el cártel de Sinaloa, considerado el más poderoso del país.

Usaba la tecnología de la Secretaría de Seguridad Pública -que comparte bases de datos con Estados Unidos- para tratar de rastrear a los capos del clan rival de los Beltrán Leyva y venderle así esa información a su patrón de Sinaloa, Jesús "El Rey" Zambada.

La doble vida de Bayardo fue descubierta, pero el policía pasó a ser testigo protegido ("El Tigre") a sueldo del Gobierno, hasta que fue asesinado a tiros en una céntrica cafetería de Ciudad de México en diciembre de 2009.

Aponte recoge en su libro otros casos recientes de corrupción en altos mandos, como los de varios responsables de la fiscalía antinarcotráfico -así como el ex zar antidrogas- que servían en realidad al cártel de los Beltrán Leyva.

El colmo del cinismo
"El cinismo llegó a tal grado que (los narcotraficantes) entregaron un maletín a tres o cuatro calles (de la fiscalía), ante los ojos de todo el mundo", apuntó.

La llamada Operación Limpieza, servida en bandeja al Gobierno mexicano por el estadounidense gracias a un testigo protegido -un infiltrado descubierto en su embajada en México- traspasó a las planas de los periódicos sobornos mensuales de cientos de miles de dólares. Hasta casi medio millón en un caso.

Más de un alto funcionario servía a distintos amos; lo único que importaba era que quien tocara a su puerta no escatimase en billetes. "Para algunos no hay más fidelidad que el dinero y el poder", opinó Aponte.

No sólo los despachos están infiltrados, también las fuerzas que combaten directamente al crimen organizado. Policía Federal, Ejército y Marina apenas comparten información para evitar fugas.

La Marina mexicana "es la institución menos infiltrada"
Según Aponte, la Marina "es la institución menos infiltrada". Los marinos han acabado en menos de un año con dos importantes capos: Arturo Beltrán Leyva, "El Barbas", líder del cártel que lleva sus apellidos, y Ezequiel Cárdenas, "Tony Tormenta", cabeza del sanguinario cártel del Golfo.

En ambos casos, se consiguió evitar que los narcotraficantes advirtieran los operativos en su contra, eludiendo sus escudos de seguridad sin que los informantes pudieran avisar. También en ambos casos, los capos decidieron vender cara su piel y fallecieron acribillados.

Los controles de confianza que aplica el Gobierno a policías, militares y funcionarios -que han derivado en la expulsión de cientos de agentes en los últimos años- no son todo lo efectivos que deberían, remarcó el autor de "Los infiltrados".

El recién detenido alcaide del penal federal de Puente Grande, Francisco Gómez Meza, por ejemplo, tenía una doble certificación de confianza: la de México y la de EE.UU.

La cárcel que dirigía es bien conocida en México por su poder corruptor: de allí huyó el poderoso líder del cártel de Sinaloa, "El Chapo" Guzmán, en 2001, tras comprar al director y decenas de trabajadores.

Otro caso destacable mencionado por Aponte es el del ex secretario de seguridad del central estado de Morelos Luis Ángel Cabeza de Vaca, que en sus días en el poder llegó a poner un helicóptero para facilitar la huida de Arturo Beltrán Leyva.

"Es apenas la punta del iceberg", valoró sobre las detenciones de infiltrados. "Estamos viendo como está saliendo la pus", concluyó.