•   MADRID / EL PAIS  |
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Estados Unidos apenas se inmuta ante la retórica antiimperialista del presidente ecuatoriano Rafael Correa, sus desplantes diplomáticos o sus viajes a Irán, Venezuela y Cuba. Tampoco le suponen catástrofes insalvables el fin de las operaciones antidroga de sus aviones desde la base ecuatoriana de Manta ni el enfrentamiento del Gobierno con las petroleras estadounidenses.

Pero sí hay una decisión de Correa que ha hecho saltar las alarmas en Washington: la de eximir de visado a todo el mundo. En junio de 2008, Ecuador puso en marcha la llamada política de “puertas abiertas”. Ningún extranjero necesitaba visado para entrar y permanecer en territorio ecuatoriano hasta 90 días.

Para Washington, esta disposición abrió un enorme punto de acceso hacia su territorio de decenas de miles de inmigrantes cubanos, chinos y otros asiáticos, una cifra desconocida de sospechosos de terrorismo del este africano, Pakistán y Afganistán; y de nuevas bandas de narcotraficantes. Y aunque la medida fue corregida -ahora se exige visado a los nacionales de una decena de países-, Ecuador es un coladero desde que tiene una de las políticas de visados más laxas del mundo.

Los cables del Departamento de Estado dan cuenta de la crisis que supuso la medida desde el mes siguiente a su entrada en vigor y recogen la enorme preocupación no sólo de la Embajada de Quito, sino también delegaciones como las de Panamá, Costa Rica, El Salvador o Nigeria. En un cable de julio de 2008, la ex embajadora estadounidense en Quito, Linda Jewell, relata que le transmitió su inquietud al entonces ministro de Gobierno, Fernando Bustamante (actualmente congresista del partido de Correa, Alianza País). “Bustamante respondió que él también estaba preocupado por el asunto, pero que era muy poco probable que Correa cambiara de idea”.

La sucesora de Jewell, Heather Hodges, se entrevistó un mes después con Bustamante e insistió sobre el tema. El ministro “señaló que Ecuador mantenía una visión humanitaria de la inmigración, que el Gobierno quería evitar la criminalización de la migración y que el presidente Correa creía firmemente en la libre circulación de las personas en Ecuador y el hemisferio”. Hodges replicó que entre junio y septiembre de 2008 habían entrado el doble de chinos a Ecuador que durante todo 2007 y que no iban precisamente a hacer turismo a Galápagos, sino a Tulcan (en la frontera con Colombia) y otros puntos de salida del país hacia el resto de América, y en especial hacia EU.