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Lenta, descoordinada, pero inexorablemente, los mexicanos empiezan a alzar la voz. La situación de violencia que vive el país --más de 15,000 homicidios en 2010, el doble que en 2009 y el triple que en 2008--, unido a la falta de resultados tangibles de la guerra contra el crimen organizado emprendida por el presidente Felipe Calderón desde que llegó al poder en 2006, está provocando la aparición de una serie de colectivos ciudadanos que reclaman, cada uno a su manera, el fin de la violencia.

El más reciente, ¡Basta de Sangre!, está arropado por un grupo de intelectuales de izquierda, y es tal vez el más beligerante con el presidente de la República.

Sus promotores, el caricaturista Rius y el periodista Julio Scherer, adjudican al propio Felipe Calderón la responsabilidad del caos: “Porque tú eres el responsable de una estrategia fallida e irresponsable. Porque la persecución política y militar no puede por sí misma derrotar al narcotráfico. Porque en esta falsa guerra sólo se ha conseguido encarecer la droga y abaratar la vida”.

De forma más moderada, aunque no menos tajante, otros grupos --México Unido contra la Delincuencia, Alto al Secuestro o México SOS-- reclaman al presidente Calderón y a los políticos en general que tomen medidas más rápidas y eficaces para frenar el continuo derramamiento de sangre: durante 2010 se produjo una media de 40 asesinatos diarios, sin contar los secuestros o el muy alarmante aumento de las extorsiones telefónicas.

Tarde --ya lleva cuatro años de mandato--, pero de forma decidida, el presidente mexicano ha decidido bajar a la calle para escuchar, sin filtros, lo que la sociedad civil tiene que demandarle.

En una serie de encuentros por todo el país llamados Diálogos por la Seguridad, Calderón se sienta junto a los líderes ciudadanos y escucha sus propuestas.

“No se atacan las causas”
El miércoles, en el Distrito Federal, quienes le reclamaron tenían la autoridad moral escrita en sus nombres. El ejemplo más claro, Isabel Miranda de Wallace.

La presidenta de Alto al Secuestro consiguió ella sola localizar y detener uno a uno a los secuestradores y asesinos de su hijo, luchando no sólo contra los criminales, sino también contra un sistema policial y judicial corrupto. Ahora se dedica a luchar por los demás y a decirle muy alto a Calderón: “No se están atacando las causas de la violencia, sino sus efectos. No se está combatiendo la pobreza y la desigualdad…”.

El presidente, encuentro tras encuentro, se siente obligado a defenderse con un argumento repetido: los responsables de la violencia son los criminales, y no las autoridades que los enfrentan.

En esa línea, hay quienes, como el escritor Héctor Aguilar Camín, ven con preocupación que las iras ciudadanas por la situación de violencia se vuelvan contra los políticos y casi nunca contra los narcotraficantes.

“No hay una condena moral sistemática contra los asesinos, que son los responsables de la sangre y de las ejecuciones y de los decapitados. ¡El Gobierno no mató a esos muchachos (los 13 adolescentes asesinados en febrero en Ciudad Juárez), los mataron esos hijos de p…! Reclamémosle al Estado ser tan ineficaz con la seguridad que está obligado a dar. Pero los hijos de p… son los hijos de p…”.

Cuatro años después, 34 mil 600 muertos más tarde, los mexicanos empiezan a levantar la voz: ¡basta de sangre!