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El régimen del presidente egipcio Hosni Mubarak, acorralado por protestas masivas que el jueves no daban señales de menguar, agitó la amenaza de un golpe de Estado y polemizó con Estados Unidos, su tradicional aliado, que también le reclama acelerar las reformas.

Miles de manifestantes, en abierto desafío al toque de queda, volvieron a pasar la noche en la plaza Tahrir de El Cairo, convertida en el bastión de la rebelión que desde su estallido, el 25 de enero, se extendió a varias ciudades.

Desde la madrugada, los manifestantes gritaban "El pueblo quiere que el régimen caiga"; muchos llevaban fotos de los "mártires" caídos durante los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, que dejaron unos 300 muertos, según la ONU y la ONG con sede en Nueva York Human Rights Watch.

Ejército se planta en el Museo Egipcio
Los tanques del ejército seguían apostados cerca del Museo Egipcio, aledaño a la plaza. Cientos de personas que rodearon el miércoles el Parlamento y la sede del gobierno, situados frente a frente, pasaron la noche a ambos lados de la calzada, bajo carpas de plástico. El jueves, las dos entradas de la ruta que lleva al Parlamento estaban bloqueadas.

El ministro de Relaciones Exteriores, Ahmed Abul Gheit, jugó el miércoles la carta del miedo, advirtiendo sobre el riesgo de un golpe.

"Si hay caos (...), las fuerzas armadas se verán obligadas a defender la Constitución y la seguridad nacional de Egipto. Estaremos en una situación muy peligrosa", dijo Gheit.

Llaman a la moderación
El presidente estadounidense, Barack Obama, alentó por su lado al Ejército egipcio a "seguir demostrando la misma moderación que a lo largo de los últimos días", informó la Casa Blanca.

El portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, criticó además la timidez de las reformas propuestas por el gobierno egipcio como respuesta a la ola de descontento que desde el 25 de enero exige la renuncia de Mubarak. "Está claro que lo que el gobierno ha impulsado por el momento no ha alcanzado aún el umbral mínimo para el pueblo egipcio", dijo Gibbs.

El canciller Gheit replicó, acusando a Estados Unidos de injerencia. "Cuando ustedes hablan de cambios rápidos e inmediatos a un gran país como Egipto, con el que siempre han mantenido las mejores relaciones, ustedes le imponen su voluntad", denunció.

Fin inmediato provocaría el caos
El vicepresidente egipcio, Omar Suleimán, había afirmado el martes, tras las protestas más masivas en dos semanas, que un fin inmediato del régimen "significaría el caos".

Otras protestas fueron señaladas en los últimos días en ciudades del sur. En El Jargo, la policía dispersó el martes a balazos una manifestación, hiriendo a un centenar de personas, cinco de las cuales murieron el miércoles, según el último balance de los servicios médicos.

Al enterarse de la muerte de los manifestantes, los habitantes enfurecidos incendiaron siete edificios oficiales, entre ellos dos comisarías, un tribunal y la sede local del PND (el partido oficialista).

En Asiut, los manifestantes bloquearon una vía férrea y cortaron con neumáticos quemados una carretera que conecta el norte y el sur.

El régimen intentó todo tipo de respuestas para contener la ola de protestas: desde la represión a las concesiones políticas, pasando por la apuesta del desgaste.

La comisión encargada de sugerir enmiendas a la Constitución -formada el martes por el propio Mubarak- propuso que seis artículos polémicos sean cambiados, entre ellos el que versa sobre las condiciones muy restrictivas de candidatura a la elección presidencial.

30 años en el poder

Mubarak, de 82 años, en el poder desde 1981, prometió al iniciarse las protestas no volver a presentarse en las elecciones de septiembre, y Suleimán abrió un diálogo con sectores de la oposición, que abarca desde grupos democráticos hasta los Hermanos Musulmanes.

Pero todo eso no logró menguar la determinación de la calle, que sigue reclamando que el mandatario se vaya de inmediato.

La presencia en las protestas de los Hermanos Musulmanes -el grupo opositor más articulado- causa cierto temor en capitales occidentales sobre el riesgo de que el movimiento sea tomado por islamistas.

Un dirigente de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Mursi, dijo que el objetivo "por el momento" no es la toma del poder.

"Los Hermanos Musulmanes no buscan el poder. No queremos participar por el momento (...). No queremos presentar un candidato a la presidencia" en las elecciones de septiembre, afirmó.