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Mientras el pánico nuclear provoca escalofríos en todo el planeta, un puñado de medio centenar de valerosos hombres y mujeres permanece firme ante el monstruo de Fukushima, combatiéndole armados con agua de mar. Ante acontecimientos terribles, a menudo, los seres humanos encuentran dentro de sí una valentía que quizá en la vida cotidiana dudaron tener. Un grupo de ingenieros, técnicos, bomberos y operarios -muy conscientes del nivel de radiación y no obligados al sacrificio por una dictadura brutal- se interpone entre el desastre y el resto del mundo. En la madrugada del miércoles tuvieron que ser evacuados por unas horas debido al alto nivel de radiactividad.

Los nuevos problemas sufridos por la central nuclear japonesa elevaron el martes la radiación a niveles dañinos para la salud. La empresa gestora de la planta decidió entonces evacuar la mayoría de los técnicos que intentaban mantenerla bajo control. De los 800 trabajadores que permanecían hasta entonces activos en la instalación, se quedó atrás un retén de unos 50.

Su esfuerzo consiste fundamentalmente en bombear agua de mar en los reactores fuera de control para contener el calentamiento de los núcleos. El terremoto y el tsunami inutilizaron los sistemas de refrigeración ordinario y de emergencia. Por tanto, actualmente se utilizan unas 14 bombas que han sido desplazadas hacia la planta.

El retén de técnicos, embutidos en trajes contra la radiación, desempeña las tareas externas en turnos, para reducir la exposición individual. En las pausas, se refugian en la central operativa, que goza de una particular protección contra la contaminación radiactiva. Las explosiones que afectan la planta van complicando aún más la tarea. Una quincena de técnicos han resultado heridos a causa de ellas. TEPCO, la compañía que opera la central, informó el martes de que barajaba empezar a utilizar también helicópteros para echar agua a uno de los reactores.

El escenario recuerda cada vez más el desastre de Chernóbil. Al amanecer del 26 de abril de 1986, poco después del accidente, unos 600 hombres y mujeres trabajaban desesperadamente para enfriar el reactor y contener la radiación. De ellos, 28 murieron a los pocos días.

Entre 1986 y 1987, 226.000 personas, en su mayoría militares, fueron enviados por la URSS a trabajar en labores de contención en un radio de 30 kilómetros de la central. El número de víctimas causada por ese accidente es todavía objeto de controversia. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud limitó a medio centenar las muertes inmediatas, y a unas 4.000 los previsibles fallecimientos prematuros por cáncer. Otras instituciones elevan el balance mortal a decenas de miles.

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