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La intervención de las tropas de Arabia Saudita contra los manifestantes de Bahréin revela la existencia de una brecha diplomática entre Estados Unidos y su gran aliado árabe, una fractura que no hace más que crecer desde el comienzo de las protestas en la región.

Riad no advirtió a Estados Unidos del envío de más de 1.000 soldados al pequeño reino de Bahréin, donde las fuerzas de seguridad asaltaron ayer miércoles a manifestantes --que desde el 14 de febrero piden reformas y la dimisión del gobierno-- matando a tres contestatarios chiítas y dos policías.

Ante la violenta represión llevada a cabo por la dinastía sunita, la Casa Blanca anunció que el presidente Barack Obama había manifestado su “profunda preocupación” a los reyes Abdalá de Arabia Saudita, y Hamad de Bahréin, en conversaciones telefónicas.

Un portavoz del Pentágono indicó el martes que Estados Unidos no había sido informado de los proyectos saudíes, pese a que el secretario de Defensa Robert

Gates había visitado Manama la semana pasada.
Por otro lado, responsables estadounidenses informaron que Washington estaba al tanto pero que no había sido “consultado” sobre la operación llevada a cabo por Riad junto a las monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

Según los analistas, este camuflaje revela la acidez de los dirigentes saudíes frente al apoyo brindado por Estados Unidos a la democratización de los países árabes.

No están en la misma onda

“Es evidente que Estados Unidos y Arabia Saudita no están en la misma longitud de onda”, estima Simon Henderson, del Instituto de Washington para la Política en Medio Oriente.