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  • EFE

La discapacidad no les borra la sonrisa ni las ganas de mostrar su talento a un grupo de artesanos del barro de El Salvador que, lejos de lamentarse por sus minusvalías físicas, se crecen ante la adversidad y con una actitud envidiable, se sienten parte del eje productivo de la sociedad.

Con las primeras luces del día, llegan al taller con el habitual saludo de pulgares alzados y arrancan la faena entre cerámicas y pinturas, mientras se va calentando el horno que da firmeza al blando material que previamente moldean con sus manos.

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La Asociación Cooperativa del Grupo Independiente Integral Pro Rehabilitación (ACOGIPRI) nace en 1981, poco después del comienzo de la guerra civil salvadoreña (1980-1992), a través de una iniciativa de jóvenes, entre los que se encuentran ciegos, sordos, mudos o discapacitados intelectual, e incluso por heridos por la represión militar.

"La cooperativa se origina en un primer momento como un taller-escuela, a raíz de que no habían fuentes de trabajo para personas con discapacidad. Éramos aproximadamente 18 jóvenes" comenta a Acan-Efe Fátima de Solís, directora de la asociación.

Transcurre la mañana y el olor a barro húmedo inunda el taller, en el que se encuentra el tornero mudo Héctor Solís, esposo de Fátima. Héctor no habla, pero no es difícil entender su lenguaje de señas mientras asigna tareas a los miembros del equipo, formado por Orlando, Nelson, Roberto, Edgardo y una colaboradora japonesa, de reciente incorporación, llamada Tomo.

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"Estoy acá desde 1984 y me siento muy bien" expresa escuetamente Edgardo Molina, quien de sus 50 años de vida, ha dedicado 34 a preparar el barro que posteriormente será moldeado.

Mientras Edgardo prepara una treintena de bolitas de barro, Nelson Gómez, quien también cuenta con medio siglo de vida, hace una pausa en la decoración de piezas para revisar lo que se ha horneado el día anterior y clasifica las que tienen imperfecciones, ya que no se ponen a la venta.

En la sala principal se encuentra Roberto Ramos, de 53 años, elaborado pequeños cuencos con un barro especial que asemeja al chocolate. Detrás de Ramos se sitúa el veterano del grupo, Orlando Manzúr, quien a sus 61 años, ha perdido casi por completo la visión, discapacidad que delatan sus leves choques contra las paredes que luego compensa con su amplia sonrisa.

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"Trato de que ellos estén involucrados en todos los momentos del trabajo, que expresen lo que les gusta o no" reitera Fátima, quien también es interprete de lenguaje de señas y apoyo fundamental para el equipo.

Gracias a fondos propios, donaciones nacionales y extranjeras los artesanos lograron capacitarse durante las décadas de los ochenta y noventa en el Centro Nacional de Artes de El Salvador, cuna de muchas expresiones culturales, donde se les permitió aprender de lleno el trabajo en barro y torno.

Entre 1988 y 1989 surge Shicali (del nahuat: fruto del morro) como taller de formación para la producción de artículos de barro, y en 2000 se establece Shicali Cerámica, como nombre con el que se bautiza la marca que comercializa todos los diseños en barro que realizan con sus manos este grupo de humildes artesanos.

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Y tras tan provechoso aprendizaje, lograron obtener un terreno y, con un diseño propio, ellos mismos se construyeron la casa en donde funciona actualmente la sala de ventas de artesanías y el taller de producción.

La mayor parte de sus clientes son restaurantes, instituciones, turistas y miembros del cuerpo diplomático residentes en El Salvador.

También han logrado concretar pedidos con la vecina Guatemala. El Consejo Nacional de Atención Nacional a la Persona con Discapacidad (CONAIPD) es su estudio de junio de 2017, registra una población de 264.634 personas con discapacidad en El Salvador.