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Después de acostumbrarse a caminar -como al año de nacer- se suele olvidar lo fácil que es la vida con dos piernas. A sus 37 años, Mirsa Catalán, una mujer con una sonrisa honesta y cegadora, está volviendo a aprender de nuevo enfrentando, día a día, los retos de vivir con una prótesis en Guatemala.

“Uno, dos, tres...”, cuenta en voz baja para levantarse de una acera. Sus pies se mueven ágilmente mientras toma impulso y se apoya en un pequeño bastón cobrizo de mediana altura. “Sentarse también es parte de la terapia porque luego tengo que levantarme”, asegura mientras eleva la comisura de los labios.

Hace unos dos meses que los médicos del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) le colocaron una prótesis en la pierna izquierda y ya se mueve con una soltura envidiable en sus zapatillas azules. Un vehículo la embistió cuando circulaba en su moto y los dedos de su pie se quedaron atrapados entre el amasijo de hierros. “Se aplastaron”. Después empezó la gangrena y “hubo que amputar”.

Lo dice sin miramientos, sin pudor, mientras sigue la terapia con el grupo, una decena de personas en su misma situación. La mayoría perdió alguna de las extremidades en un accidente de tráfico. Solo en la capital, en 2017 se registraron 10.354 colisiones, la mayor parte de ellas por abuso de velocidad o el uso del teléfono.

Un proceso largo

Pero ahora no es el momento de mirar atrás, sino de caminar hacia el futuro, con paso lento pero seguro. Ha sido un proceso complejo: desde el trauma inicial de sufrir una amputación hasta la adaptación y construcción de la prótesis, hecha a medida y con mimo.

En un pequeño taller, ubicado en el Hospital de Rehabilitación del Seguro Social -un centro de espacios abiertos y verdes en el que suena la música de Ricardo Arjona-, una decena de trabajadores pule cada detalle en silencio. “Todo tiene que encajar perfectamente. No hay espacio para el error”, explica Giovanni, el encargado, a Efe.

Primero realizan un molde en yeso, según las medidas de cada uno de los amputados. Cortan la plancha. La plastifican. La hornean. Y después unen las piezas que compran fuera para terminar puliendo cada detalle.

Una prótesis puede llevar hasta una semana de trabajo, dice Giovanni, mientras uno de los trabajadores mide un zapato negro con flores de una niña. “Todo tiene que ser en equipo” para adaptarlas a diferentes terrenos y que puedan sentirlas como suyas.

Este es el único centro de amputados de toda Guatemala y él único público de toda Centroamérica. Su directora, Karina Rodríguez, indica que los pacientes más comunes son gente joven por accidente de tráfico o personas mayores por enfermedades como la diabetes.

Pasan entre tres a ocho meses en el hospital. Primero hay que preparar el muñón, hacerle un “colchón”, insesibilizarlo y fortalecerlo. Luego viene la terapia. Caminar por rampas y senderos angostos o mantener el equilibrio. Pero también es muy importante la parte psicológica y emocional.

Para eso hacen “encuentros” con pacientes ya dados de alta. Son personas que han tenido una inclusión social “exitosa”, que han vencido a los estigmas: “No hay mejor manera de que vean que la vida sigue” que haciendo vínculos.

Mantienen sonrisa

Ninguno en este centro pierde su sonrisa. Tampoco Alberto Marroquín. Es bombero voluntario, tiene 56 años y hace unos meses en una caída también perdió una pierna.

Ataviado con su uniforme de paciente -”Hospital IGSS. Amputado”- cuenta a Efe que en la estación de servicio donde estaba de turno el pasado 23 de agosto se cayó. Tuvo una fractura, pero su diabetes provocó una gangrena.

También “hubo que amputar”. “Fue inesperado”, asegura este hombre con más de 30 años de servicio a la comunidad. Lleva solo 15 días con su nueva pierna, es “difícil” pero no imposible y solo piensa en reincorporarse al trabajo de nuevo: “Ser bombero voluntario se trae en el corazón.

Esto no es impedimento para no continuar”. De reojo y con una sonrisa tímida en la cara lo mira Ilsen. Es el más joven del grupo. A él otro accidente de tráfico le intentó cortar sus sueños, pero no lo logró. Ahora practica por diferentes terrenos con su segunda prótesis. Hace solo una semana que la lleva, pero parece que ha nacido con ella.

Neutras o de colores, las prótesis de estos guatemaltecos están hechas a mano. El movimiento es tan perfecto que la ausencia de la extremidad es casi invisible. Están ganando independencia, calidad de vida y autoestima.

Están borrando los límites. “Me gustaría tener mi pierna”, asegura Ilsen. Pero sabe que ya no se puede volver atrás. Por eso ha decido pasar página. Se ha sobrepuesto al dolor y busca su mejor inspiración para recuperar, cuanto antes, su vida.