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Víctor Aguilera, de 38 años, intentó ingresar ilegalmente a Estados Unidos, pero fue descubierto y deportado a su natal Honduras. Simultáneamente, cientos de sus compatriotas partían en caravana por la misma ruta que él siguió meses atrás.

“Voy a estar un par de días (en Honduras) y me voy de regreso”, afirmó a la AFP el hondureño de mediana estatura, barba y bigote afeitados, vestido con camisa blanca y pantalón de mezclilla, una sudadera amarrada en la cintura y anteojos oscuros.

Víctor aterrizó en un vuelo del Servicio de Inmigración de Estados Unidos en el aeropuerto de San Pedro Sula, 180 km al norte de Tegucigalpa, a donde todos los días llegan dos aviones con deportados. 

Mientras llegan los deportados, entre 300 y 400 hondureños cruzan la frontera con Guatemala cada día al iniciar la arriesgada caminata migratoria.

Según la titular de la Dirección General de Protección al Hondureño Migrante, Liza Medrano, “este año hasta el 31 de marzo se reportaba el retorno de 19,605 hondureños” desde Estados Unidos.

Sistema saturado 

“No tengo la evidencia, pero (creo) que estamos llegando al quiebre del sistema migratorio institucional de Estados Unidos”, dijo a la AFP Ricardo Puerta, experto en el tema.

“Está saturada en estos momentos la institucionalidad migratoria” estadounidense. “Las redadas que se hacen en la frontera llegaron al tope”, subrayó Puerta, un cubano de nacimiento con ciudadanía estadounidense y hondureña.

Citó como ejemplo que los 678 centros de detención de indocumentados, incluyendo bases militares, “están topados” porque ya no caben más y están saturados los tribunales, que arrastran una mora judicial de 1.8 millones de casos.

Añadió que la saturación se produce por caravanas que cambiaron “el sistema de coyotaje por goteo”, mediante el cual los migrantes viajaban individualmente o en pequeños grupos.

Víctor viajó “por goteo”. Partió con su esposa e hija de 3 años en septiembre pasado. Ellas recibieron asilo en Estados Unidos, pero él no.

“Tuve que salir huyendo de Sula (municipio del noroccidental departamento de Santa Bárbara). El 20 de septiembre nos entregamos los tres (a la migración) pasando el puente de Reynosa. Mi mujer y mi hija ganaron el caso (en la Corte), les permitieron el asilo, pero a mí me deportaron”, lamenta el hondureño.

Ante las caravanas con miles de migrantes que comenzaron a salir de Honduras y El Salvador, el presidente Donald Trump envió miles de soldados a la frontera con México.

El tema migratorio se convirtió en foco de un pulso político de Trump con la oposición demócrata en Estados Unidos.

Indiferente a los conflictos en Estados Unidos, Víctor afirma que se va porque “aquí no se puede vivir, vienen amenazas de todos lados, uno no sabe si son pandilleros o policías los que extorsionan”. 

La puerta giratoria 

En tanto, Mario Castillo (48), quien llegó en el mismo vuelo que Víctor, fue capturado en su segundo intento por regresar a Houston, donde antes vivió por 15 años.

“Me tuvieron 15 días en unas hieleras. Nos tratan como si no fuéramos humanos: durmiendo en el piso sucio, los demás pasan por encima de uno”, reclamó el hondureño del departamento noroccidental de Santa Bárbara, en alusión a una prisión con aire acondicionado excesivamente frío.

Pero mientras Víctor y Mario llegaban deportados, Carlos Danilo Carbajal (19) y Róger Quintanilla se sumaban a unas 1,000 personas que partían de San Pedro Sula.

“En Honduras hay gran crisis y mucha delincuencia, (los gobernantes) solo se preocupan por ellos”, lamentó Carlos, quien ha trabajado ocasionalmente como ayudante en un taller de mecánica en el caribeño puerto de Trujillo. “No se halla trabajo y cuando hay es solo para pasar”, subrayó.

Róger en cambio rechazó a los miembros de la Pandilla 18 que quisieron reclutarlo. Logró entrar a Estados Unidos el mes pasado, pero lo capturaron y después de pasar 31 días encerrado, fue deportado.

“Nos agarraron los (miembros) de la patrulla fronteriza en El Paso, Texas, en medio del monte íbamos ocho. Vamos a volver a intentarlo”, dice como pensando en voz alta.