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Hace cuatro años en San José de Costa Rica, tuve que frotar mis ojos y sacudir mi cabeza para estar seguro que era él. Seguía siendo tan pequeño como siempre y su físico de mini-Goliat, obviamente no era el que vi en Indianápolis 1987, La Habana 1971, y que mostró en Mar de Plata encontrándome yo en Buenos Aires con la Selección de Beisbol en 1995. En esos tres Panamericanos consecutivos, Orlando Vásquez obtuvo nueve medallas. ¿Se imaginan ese sostenimiento a lo largo de ocho años? Un monumento a la perseverancia y el nivel de rendimiento. Le quitaron las tres de Indianápolis al dar positivo por uso de un diurético que necesitaba, y que en nada lo fortalecía. Así que seguí considerándolo un ganador de nueve medallas.

Las desviaciones lo llevaron a terreno peligroso y tuvo que someterse a tratamientos viajando en una montaña rusa. El tiempo fue pasando con algunas señales de restablecimiento, y de pronto, estaba en la lista de pesistas competidores en los Juegos del 2013. No podía creerlo. Ahí estaba en el Gimnasio San Francisco Dos Ríos, levantando sus brazos, tratando de ver al público con sus ojos humedecidos y su corazón acelerado, pensando seguramente a sus 43 años: dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, que no siente.

Parecía gritarnos: Hey mírenme, aquí estoy recuperando apenas una pequeña parte del tiempo perdido. Y después de la multiplicación de esfuerzos, mostraba con su mirada rejuvenecida, las medallas de plata en arranque -89 kilos- y en envión -111 kilos-, en lo que fue un corajudo retorno de los escombros y al mismo tiempo, su despedida de las competiciones. Titulé: Vásquez es un “resucitado”.  

Fue convencido por Miguel Niño y ayudado por Juan Sosa, para ingresar al centro de rehabilitación en La Dalia, Matagalpa, en busca de un milagro después de tanto padecer y haber desaparecido, como si hubiera sido tragado por un embudo de vertiginosos giros. Era algo absurdo imaginarlo ganando dos medallas más, las primeras de Nicaragua en ese evento que lo vio comenzar a consagrarse en 1986, en Guatemala. “No sé como pasó, pero de pronto, sintiéndome en la soledad después de haber visto pasar mis mejores días, comencé a flaquear sin poder contar con la mínima fuerza de voluntad para detenerme frente a la adicción. Y no hubo forma de parar”, me dijo en San José sobre el agudo problema que atravesó, quien fue el abanderado de Nicaragua en el desfile inaugural de estos Centroamericanos.

“Un día, tirado en el parque, pensé: ¿qué estoy haciendo aquí?  No, no puedo seguir. Tengo que hacerlo por mis hijos, por mi esposa que tanto se fajó sin permitir que se rompieran las esperanzas. La familia que tanto había golpeado, volvió a importarme, y fui donde Miguel Niño en busca de un apoyo. Tuve la suerte de encontrarlo y me sometí a una rehabilitación en Matagalpa. Fue así como he logrado salir del hoyo, volver a querer vivir, entrenar, competir, y aquí estoy”. Recuerdo cuando en San Telmo, en Buenos Aires 1995, Carlos García detuvo un show de tangos para presentarlo a la asistencia y colgar sobre su hinchado tórax, tres medallas Panamericanas recién obtenidas, certificado de su grandeza como atleta. Me parece que fue hace un siglo. Indiscutiblemente, el mejor atleta amateur pinolero en el repaso de todos los tiempos.

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