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La medallista olímpica Michele Richardson entró por primera vez a una piscina a regañadientes. No le gustaba el agua helada ni quería aprender a nadar. Tampoco le interesaba seguir los pasos de sus hermanos (varón y mujer) mayores, quienes desde adolescentes destacaban a nivel centroamericano en esa disciplina.

Michele se corría para no entrar a la piscina. Hasta que un día, quién sabe con qué estrategia, su hermano Enrique, abanderado de la delegación nica en los Juegos Olímpicos Montreal 1976, la metió en el agua. Luego aprendió a nadar, y su padre supo que la niña era rápida. Era un pez vela en potencia. A los seis años estaba ganándole a niñas mayores que ella. En 1978, los hermanos Richardson salieron del país rumbo a Estados Unidos por la insurrección que ya se cernía sobre Nicaragua. Frank Richardson, el padre de Michele, un señor que habla sin el mínimo tapujo y no ahorra sonrisas, cuenta la historia de aquella época desde su oficina, en la Ferretería Richardson, donde guarda pósteres de la atleta olímpica, fotos, y hasta un cartel sobre los medallistas hispanos que han representado a los estadounidenses.

“Mi hija estaba con su abuelita en Miami, entonces conseguí a un nadador de un equipo de la Universidad de Miami para que la llevara a nadar. Era por paga… Allí siguió ganando…”, recuerda.

Después, sus padres también se fueron al exilio. Se trasladaron a Memphis, y de ferretero, el papá de Michele pasó a ser vendedor de hamburguesas. Ella seguía nadando.

En esta parte de la historia, Frank Richardson cuenta la verdadera versión del porqué Michele no formó parte de la delegación nicaragüense en los Juegos Olímpicos de 1984, celebrados en Los Ángeles, California. Un asunto que Michele prefiere no abordar.

“Yo fui miembro del Comité Olímpico en la época de Somoza y conocía a todos los miembros que se quedaron aquí. Sabía que había una gran competencia en México, una competencia por edades. Sabía que con los tiempos que tenía mi hija, ella podría ganar medallas de oro en la categoría infantil A”, cuenta.

“Les escribí (a los del Comité Olímpico), les dije: ‘Tengo a mi hija así, no sé si el Comité quiere mandarla a México, a los juegos Centroamericanos y del Caribe’, donde participaban más de 20 países. Entonces hubo una gran polémica, que ese apellido (sonaba) extranjero, que no. Cuando dijeron que no a través de una carta firmada por Moisés Hassan, presidente del Comité Olímpico, yo le dije en broma, si querés ir a las Olimpiadas tenés que ir por Estados Unidos, porque Nicaragua no te quiere”, prosigue. Frank Richardson aún conserva la carta firmada con el puño y letra del entonces presidente del Comité Olímpico Nicaragüense.

Un mes después de aquella plática, Michele le dijo que quería practicar dos veces al día. “Yo le dije: ‘Si vos me levantás, te llevo. Despertame, halame un dedo del pie. No voy a cometer el mismo error que con mis otros dos hijos, a quienes les exigía mucho’. De mañana ella nadaba en una piscina techada y yo me dormía en el carro. De repente empezó a hacer tiempos nacionales, y la federación de Estados Unidos me la agarra y la manda a Rusia, a París, a Hawái. En ese entonces me pasé a Miami de nuevo y se metió al equipo de la Universidad de Miami”.

Posteriormente, Michele se enfrentó a verdaderos monstruos en esa disciplina, y cuando llegó la hora de clasificar para participar en los Juegos Olímpicos de 1984, su padre no la acompañó. Estaba muy nervioso y mandó a Enrique, el hijo mayor, con una videograbadora en manos. No hubo tal grabación. A Enrique le temblaban las manos. Michelle había clasificado en los 800 metros libres.

“Yo sabía que una vez llegando al equipo americano (estadounidense), ella ganaba medalla, algo, bronce, algo (en los Juegos Olímpicos). No iban las alemanas porque boicotearon. Los monstruos de Alemania del Este no iban”.

Michele recuerda que fue mucho más dura la competencia en las rondas clasificatorias, que en los Juegos Olímpicos.

“Quedó en segundo lugar en las clasificatorias. Se la llevaron a Los Ángeles a un campo de entrenamiento. Apenas tenía 14 años”, cuenta el papá.

Lejos de las piscinas

Hoy, Michele Richardson es una sicóloga, de 45 años, que tiene tres hijos y se ha especializado en asesorar a jóvenes estudiantes. Ya no nada porque no le gusta el agua helada, pero aún conserva el cuerpo de deportista, aunque no como ese que tenía en sus tiempos de nadadora y que su padre describe sin ningún adorno: “Era pura deportista gringa, de esas machonas que toman cervezas y hablan malas palabras”.

Hoy, Michele parece una mujer dulce. La célebre atleta se convirtió en Los Ángeles 1984, en la única nicaragüense con presea olímpica, al obtener la plata en los 800 metros libres.

Hace dos semanas Michele se fue con sus hijos de vacaciones a Estados Unidos. Estando allá le propusieron que fuese la abanderada de la delegación nicaragüense en los Juegos

Olímpicos de Londres 2012. Para ella ese fue un sueño cumplido, y por eso, mientras el presidente Daniel Ortega le entregaba la bandera azul y blanco, lloró de emoción.

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