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Me sorprendió que la ceremonia de hoy conocida como la Gala Olímpica, en la que recibirán reconocimientos los mejores atletas del 2017, estuviera dedicada a la memoria de Itsvan Hidvegi, un húngaro bendito para nuestro atletismo y también para la natación, con enorme incidencia en nuestro olimpismo. ¿A quién se le ocurrió?, pensé. Fue Emmett Lang, el presidente del Comité Olímpico Nacional, quien decidió revitalizar el recuerdo de Hidvegi colocándolo abrillantado sobre el tapete esta noche. Cómo me alegra, pese a las múltiples contradicciones en las que me vi envuelto con él. Y me alegra, porque nunca voy a olvidar que tuvo mucho que ver con mi formación en el periodismo deportivo, lo que aprendí a su orilla cuando apenas era un inútil estudiante de ingeniería. 

Fue directo al grano

Conocí a Hidvegi antes de bachillerarme, en 1964. Fue el hombre que le dio significado e identidad a nuestro atletismo en el concierto Centroamericano. Con una disciplina ejemplar y funcionando como factor de motivación, él llegaba todos los días al Estadio Nacional antes de las 5:00 de la mañana, y trabajaba con una perseverancia impresionante tratando de moldear a un grupo de atletas de pista y campo. No se enredó: seleccionó a un grupo de 30 o más, para concentrar su trabajo en busca de resultados lo más pronto posible. Se percató de la escasez de lanzadores de bala, disco, jabalina y martillo, y consiguió por lo menos tres en cada especialidad. Se interesó también por los saltos y actividades como el pentatlón y el decatlón, fijándose en Carlos Noguera y Donald Vélez.

Sabía que con sprinters y fondistas se tenía que trabajar más a fondo, y moldeó, entre otros, a Danilo Hidalgo y Juan Argüello como velocistas. Su ojo clínico le permitió convertir a Rodolfo Argüello en campeón de los 800 metros y sacar el mayor provecho de la versatilidad de Sergio Rubí. Trabajó con dos familias legendarias, Porras y Larios, y para nuestro discreto nivel de competencia, obtuvo petróleo. Antes del aterrizaje de Hidvegi no éramos nada en pista. Todo lo existente era producto de los escolares, en aquel tiempo con suficiente agitación por las rivalidades. Hidvegi extendió sus alas hacia la natación y dejó huellas. Amaba lo que hacía y naturalmente a sus atletas, pese a la dureza para exigirles. No hay un formador permanente con sus características en este país. Lo más impresionante es que no era un especialista cultivado. Vino como dramaturgo.

El gran atrevimiento

Fue Hidvegi quien inventó la participación de Nicaragua en unos Juegos Olímpicos, algo que a ningún otro se le hubiera ocurrido en el terruño… Se ganó la confianza, el respeto y admiración por parte del Dr. Julio Miranda, miembro del Comité Olímpico que presidía Adonis Porras, un alto militar del somocismo. Obviamente, la vinculación entre ellos llegó a ser muy estrecha. El húngaro hizo la propuesta para organizar una delegación que nos representaría en los Juegos de México en 1968, y la presentó el Dr. Miranda, quien hizo ciertos agregados. La gestión directa de Adonis Porras con Anastasio Somoza Debayle, quien había sido el primer presidente del Olimpismo nicaragüense --casi sin darse cuenta-- por una iniciativa de Carlos García en 1959, fructificó, y Nicaragua se preparó sin ruido para estar en México 68. En ese  momento comenzó a tejerse otra historia en el deporte. Ese húngaro, bendito para nuestro atletismo, se casó con una pinolera y, viviendo fuera, entró al Salón de la Fama en 1995. Murió en Miami. Emmett Lang se acordó de él en el momento apropiado, lo colocó sobre el tapete de recuerdos imperecederos, y será homenajeado hoy. ¡Qué bueno!