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Estos Juegos Centroamericanos del 2017 quedarán mejor grabados en el disco duro de nuestra memoria, que el Mundial de Beisbol de 1972. En los dos casos quedamos en tercer lugar, pero el evento que acaba de concluir, ha sido más grande en todo, en inversión, organización, realización, movilización, incidencia en diferentes sectores, y sobre todo, en el espectacular salto al presente con proyección hacia el futuro. Quienes vivimos estos Juegos, nunca los podremos olvidar. Casi, casi, un salto de la nada –Costa Rica 2013- a la cercanía de lo glorioso. Cierto, aquel era un Mundial de Beisbol único, con 16 equipos, y estremeció al país, pero ahora se trataba de casi 4 mil atletas de siete países, involucrados en 28 deportes. Uhh, tamaña exigencia, y se cumplió.

Después de aquel ruidoso doble salto registrado en los años 1986 y 1990, nos deslizamos en 1994 y comenzó la pérdida de brillo en 1997. El repunte del 2006 con un subliderato no fue tomado en serio por la extraña forma en que se desarrollaron esos Juegos con sedes en cinco países, de acuerdo a la conveniencia de cada uno como local en ciertas especialidades, provocando muchas ausencias. Nicaragua terminó cuarto en el 2010 en Panamá y cayó hasta el sexto lugar en el 2013 en Costa Rica con 15 de oro, 27 de plata y 71 de bronce, para un total de 113. Regresamos a casa con la sede en el bolsillo por cuarta vez, un sabor amargo por el pobre rendimiento, el reto de las instalaciones y el compromiso ineludible de conseguir aquí en casa, una elevación significativa.

La armada azul y blanco

Casi 700 atletas en pie de lucha y una mejor preparación, garantizaban la mejoría, sin poder medir la longitud ni la altura del salto por la falta de referencias precisas y el desconocimiento del armamento de los rivales. Tendríamos que esperar tener a mano pistas suficientes. Se fijó el objetivo de superar las cifras de 1990 en Tegucigalpa, el total de 147 medallas y las 59 de oro, y lograr un impacto como el de 1986, cuando llegamos a sorprendernos nosotros mismos, llegando incluso a barrer en las pruebas de velocidad pura en atletismo con marcas estupendas, algo fuera de la imaginación. Me emocionó ver el día inicial de los eventos de pista y campo, a toda la generación del 86 en el palco principal rodeando a la hoy dirigente, Xiomara Larios.

Nuevos deportes hicieron posible el gran salto. El billar, con 10 de oro y el brillo de Karem García, fue muy incidente en la progresión lograda, los sorprendentes 4 oros del remo, otros 4 en fisicoculturismo, deporte que fue de exhibición en 1990, y 2 del boxeo femenino, sumaron 20. Con 216 medallas, 58 de oro, 77 de plata y 81 de bronce, el gran reto es el sostenimiento. Evitar volver a deslizarnos tanto, lo que implica fuerte inversión en adiestradores y en fogueo, compitiendo constantemente para poder medir el nivel. Si eso no se consigue, el futuro estará bajo amenaza. Entre las preocupaciones quedaron el atletismo, un deporte que ha sido capaz de proporcionar 28 medallas y el tenis de mesa, totalmente desaparecido, después de haber llegado a aportar 8 y 9 medallas, 5 de oro. Hay que aprovechar la espectacularidad del salto dado en este 2017 para asegurar la proyección.