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Ya están lejos las épocas en que los detentadores de los poderes ocultos llevaban una existencia acética o comunitaria, regulada por rígidas normas y con uniforme especial.  El ocultista del siglo XXI es una persona corriente que por cierto, sabe menos que sus antiguos maestros. Podemos encontrarlos en cualquier parte, en el autobús, en la panadería y no reconocerlo.

En resumen, un individuo normal semejante a muchos otros, pero con una particular sensibilidad hacia todas las cosas y las personas que le rodean. Deseoso de establecer un buen equilibrio entre él y el mundo exterior, el sensitivo estará muy atento a sus propios hábitos, incluso a los alimenticios. Muchos textos orientales resumen la dieta  ideal para quien se proponga  fines inmateriales, en una sola e importante regla: “comer duro, seco y crudo”.

Además del oxígeno y del nitrógeno que respiramos, de los hidratos de carbono, los lípidos y las proteínas contenidas  en el alimento que ingerimos, introducimos en nuestro organismo Prana, la energía sutil que circula en el universo para nutrirnos y recargarnos.

Los alimentos muertos
El secreto de la buena salud física y mental de la vida misma, tiene su origen  en dos simples y elementales  funciones que en Occidente parecemos haber olvidado: una respiración abdominal lenta y profunda y una larga y cuidadosa masticación.
El alimento duro y seco obliga a una masticación correcta y a una buena salivación, lo que permite obtener Prana en mayor cantidad; el alimento crudo, natural y no alterado por el proceso de cocción, conserva más tiempo las propias energías vitales y transmite  directamente un alimento que traspasa lo material.

Los cereales, alimentos vivos porque contienen en sí una semilla de vida capaz de germinar después de años son entre todos los productos alimenticios más ricos en Prana.  

Luego les siguen  en orden inversamente proporcional a su velocidad de putrefacción, las legumbres, frutas y hortalizas, la miel, la leche y sus derivados, clasificados en la India como alimentos “sattwici”; es decir, tan buenos para el cuerpo como para el espíritu.

La carne, en cambio y con ella el tabaco, el alcohol, el azúcar blanca, los productos químicos y los alimentos conservados, resultan ser alimentos muertos, totalmente faltos de energía, y, por tanto, potencialmente nocivos.

Sin pretender alimentarnos como los pueblos orientales, y dentro de los límites impuestos por nuestra tradición, de todos modos resulta oportuno introducir gradualmente en la mesa el agradable gusto de los cereales integrales, de las verduras sobre todo crudas, de las frutas y del yogurt.  

Todas las escuelas esotéricas han estado siempre de acuerdo, si no en eliminar  totalmente la carne como en Oriente, al menos en limitar su uso. Los templarios, grandes maestros de lo oculto, lo admitían no más de tres veces por semana.

Hay que dar presencia, en estos casos, al pescado o al pollo (especies más distantes del hombre, en la escala evolutiva, que la vaca o el cerdo), evitar el uso de envasados o de carnes en conserva. La carne incrementa el grado de acidez en la sangre, mientras que las verduras aumentan la producción de ácido carbónico: una dieta vegetariana disminuye el ritmo respiratorio y aumenta la presión de ácido carbónico en los pulmones  dilatando los vasos  que de esta forma, aportan al cerebro una mayor cantidad de oxígeno.   

TOME NOTA:
*Textos de consulta de la profesora MAGNOLIA, parapsicóloga.  Te ayuda a resolver tus problemas en el amor, contra envidia, mala suerte, trabajos y negocios.  Lectura del Tarot y las cartas del trabajo.  Surtido de esencias esotéricas de efecto verdadero.  Consultas confidenciales de lunes a sábado de 9 de la mañana a 6 de la tarde, en el Bo. Santa Ana, de la iglesia Santa Ana, media cuadra a abajo, casa #2010.  
Teléfono: 2266-2262
Móvil: 86990842. Managua.

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