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Una mañana de principios de otoño Andrei Mongush y sus padres empezaron los preparativos de la cena, escogiendo entre el rebaño una oveja y tumbándola sobre el lomo en una lona fuera del cercado.

La familia Mongush vive en la taiga siberiana, justo al norte de las estepas infinitas. Su morada se encuentra más allá del horizonte si se mira desde Kizil, la capital de la República de Tuva, en la Federación Rusa. Están cerca del centro geográfico de Asia, pero desde el punto de vista lingüístico y personal habitan una zona fronteriza, un lugar entre el progreso y la tradición.

Históricamente los tuva son pastores nómadas que trasladan su aal (campamento de yurtas) y sus ovejas, vacas y renos de pasto en pasto al ritmo de las estaciones. Los padres de Andrei, que han regresado a su aal rural tras haber trabajado en la ciudad, hablan tuva y ruso. Andrei y su esposa hablan además inglés, que aprenden por su cuenta pegando papelitos con el nombre de los objetos en su moderna cocina de Kizil.

Cuando pregunto a los universitarios de Kizil por palabras tuva intraducibles al inglés o al ruso, proponen khöömei, porque es un canto tan relacionado con su entorno que solo un nativo puede entenderlo. También sugieren khoj özeeri, el método que siguen para matar ovejas. Si el hecho de sacrificar ganado se puede considerar una muestra de cercanía entre humanos y animales, el khoj özeeri es una versión singularmente íntima de esa proximidad. En la lengua de los tuva, khoj özeeri no significa solo matanza sino también bondad, humanidad, una ceremonia que permite a una familia matar, desollar y despiezar una oveja, salar el cuero, preparar la carne y hacer embutidos con tanto esmero que la operación se completa en dos horas, con ropa de fiesta y sin derramar una gota de sangre.

El tuva es una de las muchas lenguas minoritarias del mundo. Los siete mil millones de personas que pueblan la Tierra hablan alrededor de 7,000 lenguas. Si el reparto fuese equitativo, cada una de ellas tendría un millón de hablantes. Pero en lingüística las cosas no son equitativas. El 78 % de la población mundial habla las 85 lenguas mayoritarias, mientras que las 3,500 más minoritarias están repartidas entre apenas 8,25 millones de hablantes. Así, mientras que el inglés tiene 328 millones de hablantes nativos, y el mandarín, 845, los hablantes de tuva residentes en Rusia suman solo 235,000.

Los lingüistas creen que en el transcurso de este siglo podrían desaparecer casi la mitad de las lenguas vivas del mundo. Más de un millar se consideran seriamente en peligro o en situación crítica, el paso previo a su extinción.

En esta época de globalización y homogeneización, ni las fronteras nacionales ni las naturales protegen ya las lenguas habladas en zonas remotas de los idiomas que dominan la comunicación y el comercio mundiales.

La influencia del mandarín, el español, el inglés, el ruso, el hindi y el árabe parece llegar hasta la última aldea, donde compiten con el tuva, el yanomami y las lenguas altaicas en una guerra que se libra casa a casa.

¿Cómo reprochárselo? La llegada de la televisión, una ventana abierta a la sociedad de consumo, es aún más irresistible. La prosperidad habla inglés, o eso parece. Como dijo un lingüista, “una lengua es un dialecto con un ejército”. El famoso aforismo sobre lengua y poder… Lo que no dijo es que hay ejércitos mejor equipados que otros.

La intrusión del ruso dominante en Tuva es evidente en las competencias verbales de las generaciones de mediados del siglo XX, cuando entre los tuva se estilaba hablar, leer y escribir en ruso y no en su lengua vernácula.

Con todo, el tuva es una lengua sólida en comparación con las más precarizadas, algunas de las cuales han reducido su número de hablantes a un millar, a un puñado, o incluso a un solo individuo. El wintu, una lengua indígena de California, o el siletz dee-ni, de Oregón, o el amurdak, una lengua aborigen del Territorio del Norte australiano, apenas conservan uno o dos hablantes competentes, los que dominan la lengua, o semicompetentes.

Cuando los individuos de una comunidad que se expresan con una lengua concreta desaparecen y solo queda una persona, esta se enfrenta a una soledad “inexpresable”.

Ante la magnitud de la extinción lingüística moderna, los expertos se apresuran a catalogar y descifrar las lenguas más vulnerables antes de que se pierdan para siempre. Tales circunstancias llevan a los lingüistas a plantearse cuestiones como su valor y utilidad. ¿Encierra en sí misma una lengua un saber útil e irreemplazable para el resto de la humanidad, o es beneficioso solo para sus hablantes nativos?

¿Existen aspectos culturales destinados a perecer si se traducen a una lengua dominante? ¿Qué conocimientos únicos e inesperados pierde el mundo con la desaparición de su diversidad lingüística?

Afortunadamente el tuva no está entre las lenguas amenazadas del mundo, pero pudo estarlo. Desde la desintegración de la Unión Soviética se ha estabilizado. Hoy cuenta con un “ejército” bien armado: la televisión no ha llegado todavía, ni la moneda, pero hay un periódico y un buen número de hablantes, 264,000, algunos en Mongolia y China. El tofa, en cambio, una lengua siberiana vecina, solo conserva unos 30 hablantes.

¿Por qué unas lenguas prosperan mientras otras declinan o mueren?

Entre los aka de Palizi, una minúscula aldea rural encaramada en la ladera de una montaña de Arunachal Pradesh, el estado más al nordeste de la India, fui testigo de las consecuencias lamentables del deterioro de una lengua. Llegué a Palizi después de cinco horas conduciendo a través de la selva por pistas de montaña donde solo cabe un coche. La única calle de la aldea está flanqueada por casas construidas sobre pilotes. Los lugareños cultivan el arroz, el ñame, las espinacas, las naranjas y el jengibre que consumen, matan sus propios cerdos y cabras y construyen las casas en que viven. Su aislamiento se traduce en autosuficiencia, que se hace evidente en la aparente falta de un término aka para referirse al trabajo en el sentido de empleo remunerado.

Hablar aka, o cualquier lengua, es sumergirse en su carácter y su modo de ver las cosas, comprender el pensamiento que articula. “Yo veo el mundo a través del cristal de esta lengua”, me dijo el padre Vijay D’Souza, Director del colegio jesuita de Palizi cuando visité el lugar. Un motivo por el que la Compañía de Jesús abrió la escuela fue su preocupación por la fragilidad de la lengua y la cultura aka y su voluntad de trabajar por ellas (si bien las clases se imparten en inglés). D´Souza es del sur de la India y su lengua materna es el konkani. Cuando llegó a Palizi en 1999 y empezó a hablar aka, ese lenguaje lo transformó.

“La lengua modifica tu modo de pensar, tu cosmovisión”, me dijo un día en su despacho, abierto a un pasillo por el que los niños corrían hacia sus clases. Un ejemplo: mucrow. En la lengua nativa de D´Souza, la palabra equivalente sería un insulto, pues significa “viejo”. En aka significa algo más. Connota respeto, deferencia, afecto. Un aka podría dirigirse a una mujer llamándola mucrow para subrayar su buen hacer en la vida pública de la comunidad, y “una esposa aka llama mucrow a su marido con cariño, aunque sea joven”, dice D’Souza.

Lugares con gran diversidad lingüística

Los lingüistas han identificado muchos puntos calientes lingüísticos (análogos a los puntos calientes de biodiversidad): lugares con una gran diversidad lingüística y un elevado número de lenguas amenazadas. Muchos de ellos están en los lugares más inaccesibles, y a menudo más inhóspitos del planeta, como Arunachal Pradesh. El aka y las lenguas vecinas han perdurado porque este estado indio ha sido durante mucho tiempo región fronteriza de acceso restringido y, por tanto, territorio vedado a los foráneos. Ni siquiera otros indios pueden entrar sin un permiso del Gobierno federal.

En consecuencia, las frágiles microculturas de la zona se han librado de intromisiones, no han tenido mano de obra inmigrante, ni modernización, ni tampoco intrusión lingüística.

Buena parte de la vida pública de Palizi se regula mediante la repetición de historias mitológicas que actúan como fábulas ejemplarizantes destinadas a prescribir determinados comportamientos. Pero los jóvenes ya no emulan a sus mayores aprendiendo la versión formal del aka ni las historias que gobernaban su vida. Incluso en esta región remota abandonan su lengua materna, seducidos por el hindi de la televisión y el inglés de las escuelas. Hoy hay menos de 2.000 hablantes de aka, lo que la ha colocado en la lista de lenguas amenazadas.

Grandes revoluciones

La lingüística ha experimentado dos grandes revoluciones en los últimos 60 años, aparentemente en extremos opuestos de la disciplina. A finales de la década de 1950 Noam Chomsky postuló las propiedades universales del lenguaje. Propuso que hay unos principios gramaticales comunes a todas las lenguas, y que la estructura gramatical de una lengua es conocida “intuitivamente” por sus hablantes nativos. La segunda sacudida fue un súbito interés por las lenguas minoritarias y amenazadas, y se refiere a la variedad de la experiencia lingüística. A los lingüistas de campo como David Harrison les interesan más las idiosincrasias que hacen que cada lengua sea única y las influencias que la cultura puede ejercer sobre la morfología de una lengua. Alrededor del 85 % de las lenguas del mundo no se han documentado, apunta Harrison. Entenderlas enriquecerá sin duda nuestra comprensión de lo que es universal a todas ellas.

El lenguaje conforma la experiencia humana, nuestra cognición misma, pues clasifica el mundo con objeto de dar sentido a las circunstancias que nos rodean. Esas clasificaciones, resultantes de describir los fenómenos de nuestro entorno tal como los percibimos, pueden ser amplias (el aka divide el reino animal entre especies que se comen y que no se comen) o extremadamente sutiles. Los pastores de renos todzhu del sur de Siberia manejan un sofisticado vocabulario para referirse a los renos; un iyi düktüg myiys, por ejemplo, es un semental castrado de cuatro años.

La actual pérdida de la biodiversidad en la Tierra es más que una buena metáfora de la extinción de las lenguas en el mundo. La desaparición de una lengua nos priva de un conocimiento tan valioso como ese futuro fármaco milagroso que puede perderse cuando se extingue una especie. Las lenguas minoritarias, en mayor medida que las dominantes, ofrecen claves para descifrar los secretos de la naturaleza, porque sus hablantes tienden a vivir cerca de la fauna y la flora que los rodean y su discurso refleja las diferencias que observan. Cuando las comunidades pequeñas abandonan su lengua y adoptan el inglés o el español, se produce una enorme fractura en la transferencia del conocimiento tradicional entre generaciones: acerca de plantas medicinales, cultivo de alimentos, técnicas de riego, sistemas de orientación, calendarios estacionales.

 

Fuente.- National Geograaphic España

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