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Vi morir a Brasil en menos de media hora como un sonámbulo en la soledad, sin saber adónde ir, sin una protesta, sin un quejido, sin una tentativa de sobrevivir, seguramente atormentado en su incapacidad actual, por los recuerdos de su grandeza futbolística. Parafraseando a García Márquez, anoche Brasil se acostó sin despedirse de nadie, y se echó a morir, tan espantado como nosotros.

No se trata de que hicieron falta Neymar y Thiago Silva, sino que Brasil, brutalmente demolido por cinco goles en menos de treinta minutos, cuatro de ellos en solo seis, se hundió de forma estrepitosa, como si el Vesubio hubiera estallado a la orilla de sus esperanzas calificadas como encendidas, disputando el pasaporte hacia una final largamente soñada.

FUERA MÁSCARAS

Todas las dudas sobre Brasil aparecieron juntas, se agigantaron y erosionaron en una catástrofe insospechada que estremeció el planeta fútbol. Fue algo así como un ¡fuera máscaras!, con Brasil mostrándose desnudo, quedando expuesto a una agresión implacable, acuchillado por esos siete goles, y reducido al agónico y efectivo disparo del desfondado Oscar, con el balón gimiendo de dolor, impulsado a las redes.

Una destrucción histórica por 7-1 que incluyó el gol 16 de Miroslav Klose en Copas, tumbando al brasileño Ronaldo de la cima, y que provocó asombro cuando el ataque alemán marcó cuatro goles en apenas seis minutos, entre el 23 y el 29, después de la estocada de apertura asestada por Müller en el 11, colocándose a uno del líder en la Copa, que es el colombiano James Rodríguez con seis, ya de regreso a casa.

FUE UN INFIERNO

¿Qué fue lo que vimos en ese corto trayecto en el cual Brasil estuvo saltando de un círculo a otro, en el infierno que nos grafica Dante en su Divina Comedia? Algo insólito que provocó un shock. Brasil, acribillado mientras trataba de borrar ese 1-0 establecido por Thomas Müller, al tomar un balón enviado por Toni Kroos desde la esquina, que descendía en una zona del área frente a la cabaña de Julio César, extrañamente despoblada. Su remate de derecha realizado tan impunemente, resultó ofensivo, y por supuesto, doloroso.

Y después, el diluvio. Gol de Klose producto de un doble remate que retorció a Julio César en el minuto 23; gol de Kroos con zurdazo dentro del área en el 25, desde la frontal; otro gol de Kroos en el 26, rematando entre el terrible desconcierto de la defensa brasileña; y el gol de Khedira, fusilando al enloquecido arquero en el 29, estirando la ventaja 5-0, con la multitud tambaleándose, groggy, intentando sujetar con sus gargantas, los acelerados latidos de sus corazones angustiados.

ALARGUE DE LA TORTURA

Deshilachado en sus pretensiones, Brasil salió a buscar cómo dar una leve señal de vida en el inicio del segundo tiempo, y llegó a disponer de tres posibilidades claras de anotar, pero Neuer estuvo preciso y los delanteros auriverdes, con sus nervios a punto de derretirse, fallaron, permaneciendo en cero.

Los goles de Schurrle en el segundo tiempo, materializando desbordes consecuencias de tranquilas contraofensivas, fueron lacerantes, y aumentaron 7-0. El orgullo del fútbol brasileño estaba debajo de la alfombra de la antigua grandeza, grotescamente masticado. El gol de Oscar fue sollozante en una mala hora.

Sin ideas en el centro del campo, con una defensa agujereada, una ofensiva desconectada, un centro delantero inexistente, y David Luiz corriendo de un lado a otro en medio de la catástrofe buscando a qué aferrarse, Brasil murió sin despedirse de nadie. En ese momento, solo quedó el dolor, el caos y el shock.