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Sufrimiento. Tensión y más tensión. De pronto alegría, felicidad y descontrol. El cuerpo vuelve a respirar. Únicamente en un país tan futbolero como Argentina se puede pasar de un extremo de sensaciones a otro en tan solo milésimas de segundo.

Es feriado en el país. Como cada 9 de julio, se celebra el Día de la Independencia, que conmemora 198 años de la firma del Acta en San Miguel de Tucumán. Pero esta vez, la máxima fecha patria quedará largamente relegada. Juega la Selección, la semifinal de la Copa Mundial de Fútbol Brasil 2014, ante Holanda. Y el país no habla de otra cosa.

La calle está desierta. En familia o amigos, la población vibra frente a un televisor. El momento tan ansiado llegó. Luego de 24 años se logró superar el escollo de los cuartos de final. Con un plantel que ilusiona, a pesar de que algunas de sus figuras no estén en su nivel, la expectativa es máxima. Tras un primer tiempo convincente, el juego decae en el segundo. El cansancio tanto físico como mental de una temporada extenuante en sus clubes se hace sentir a la hora de levantar los pies, de correr. Lionel Messi, el mejor del mundo, es un ejemplo de ello. Y la gente pegada al televisor, grita…

Pero es ahí cuando emerge otra cosa, eso que en Argentina genera tal vez mayor reconocimiento: eso que en el país se conoce como “huevos” y que tiene en Javier Mascherano su máxima expresión.

La ansiedad y la angustia van en aumento. Tras noventa minutos carentes de goles y treinta suplementarios en igual tónica, llega la definición por penales. La calle sigue desierta; aún más. No vuela un papel…

El arquero Sergio Romero, cuestionado en la previa al torneo por su poca actividad en Mónaco, ratifica su convincente actuación en el certamen. Con cada gol albiceleste desde los doce pasos, el estruendoso grito es unánime: “¡Gol!”, tras las ejecuciones de Messi, Ezequiel Garay, Sergio Agüero… Enfrente, “Chiquito” Romero comienza a hacerse “inmenso”. En su partido número 53 con el seleccionado, a tres de convertirse en el guardameta récord (superando al mítico Ublado Fillol), tiene su consagración. Con sus atajadas ante los remates de Vlaar y Sneijder, el país resuena aún más fuerte. A pesar de las estériles conversiones de Robben y Kuyt, dejó la definición servida. Y una vez más, le tocaría a un emblemático “veterano” de tres Mundiales, como Maxi Rodríguez, la pelota decisiva. No termina de ingresar y el alarido se hace sentir como nunca en todo el país: “¡Gol!” Argentina vence 4-2 en penales y clasifica a la final. Delirio generalizado.

Inmediatamente, las calles se transforman. Casi de forma imperceptible y solo compresible para un pueblo futbolero, se inundan de mareas de gente. Los bocinazos, bombos, cornetas y platillos retruenan. Cada ciudad es una fiesta. Los canales así lo reflejan. En cada centro, el pueblo olvida al menos hasta el domingo su cotidianeidad. Todo es festejo. La ciudad de Buenos Aires --por citar un ejemplo-- se traslada al ya desbordado Obelisco, el punto emblemático de celebraciones argentinas. Cientos de miles --posiblemente millones con los recuentos definitivos-- desafían el frío de la noche porteña. El calor interno lo puede todo. Esa temperatura corporal que exhibe cada uno entre bailes, cantos --gastadas típicas a los brasileños, clásico rival deportivo--, y llantos… Una verdadera fiesta se adueña del paisaje, esa que copará toda la noche.

24 años después, el país vuelve a vivir un sueño. Argentina a la final. Nuevamente, la poderosa Alemania espera. Con la emoción y el sufrimiento de siempre, pero la ilusión y la energía como nunca, el corazón de todo el país estará el domingo en el Maracaná.

2 titulos ha ganado Argentina en la historia de Copas Mundiales. El primero en 1978, en casa, y el segundo en México 86.