Jorge Eduardo Arellano
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Bogotá / EL PAÍS
Desde el ventanal del apartamento de Luis Eladio Pérez se ven los cerros que enmarcan Bogotá. Pero este hombre de 55 años, que pasó seis años, siete meses y 18 días en las cárceles de las FARC, quisiera tener en su lugar un paisaje de edificios y cemento. Los árboles le recuerdan su tortura. Pasó cuatro años encadenado del cuello, con un candado, amarrado a un árbol; sólo lo soltaban para ir al baño. “Nos llevaban como yo llevo a mi perro”.

Su pesadilla empezó en Nariño, al sur del país, en 2001. No se ha curado aún del “ardor de ver la claridad”. Permaneció mucho tiempo escondido bajo los árboles. “Casi nunca pude tomar sol; no nos dejaban buscar sitios abiertos porque podían detectarnos desde el aire. De noche, sólo nos permitían hacer fuego dos horas para secar la ropa; se cocinaba con gas para evitar el humo”.

Han pasado apenas 8 días de su regreso a la libertad y no ha podido dormir. Le cuesta comer. “No imaginan lo difícil que es aterrizar de nuevo en la realidad”, susurra.

Un día lo levantaron al amanecer: “Vamos en lancha, esta vez va acompañado”. Vio a dos mujeres y reconoció a una: “Era Ingrid Betancourt, habíamos sido colegas en el Senado. Nos abrazamos con emoción y estuve hablando ocho horas seguidas, río abajo.


El engaño a Ingrid
En aquel momento yo llevaba dos años solo; ¡hablaba con los árboles!”. Era agosto de 2003. Ingrid y Clara Rojas llevaban un año largo secuestradas. “(A Ingrid) La habían engañado. Estaba entusiasmada, pensaba que iban a liberarla. Incluso le hicieron una despedida, con whisky”.

En aquel momento empezó una larga y “bella amistad”, aunque les separaron en julio del año pasado. “Por Ingrid y por mi familia estoy vivo”, reconoce. Ella lo cuidó cuando estaba enfermo, le metía azúcar a la boca cada vez que le daban crisis de diabetes. “Hasta la ropa me lavaba... Yo también le ayudaba en lo que podía”.

Juntos intentaron una vez escapar. Fracasaron. A los cinco días, se entregaron a los guerrilleros y luego empezaron los castigos. Y fue Ingrid la que le comunicó la muerte de su madre. “Nos habían quitado las radios, pero ella logró esconder una. Fue muy duro; sobre todo reprimir el dolor para que los guerrilleros no se dieran cuenta”.

Ingrid, dice, es conciente de que es la joya entre los canjeables. “Lo asume con tristeza”. Cuenta que es una mujer fuerte, muy disciplinada, hace ejercicios todos los días. Y hacían ejercicios de memoria. Usaban dos libros, los únicos que tuvieron permanentemente: Ingrid, la Biblia; él, El Quijote. Los leyeron muchas veces, “para que la memoria no se anquilosara”.

Tras la separación forzosa, volvieron a verse hace poco cuando se cruzaron, él ya de camino hacia la libertad. Le sorprendió mucho verla tan desmejorada. “No se qué le pasó; en los cinco minutos que hablamos no tuve tiempo de preguntarle”. Desde julio, Betancourt comparte campamento sólo con policías y militares, y la convivencia con ellos ha sido siempre muy difícil.


Militares secuestrados no la quieren
La guerrilla se ensaña contra Ingrid y los militares no la quieren, sostiene Luis Eladio. Además, abundan las peleas propias de convivir 24 horas al día en condiciones extremas. Él asegura que hubiera preferido vivir su cautiverio solo, “hablando con los árboles”. Cuando hay peleas, cuenta, la guerrilla empieza a disparar al aire.

“Los castigos son encadenarlos, amarrados el uno al otro y darles un solo plato para comer”. A los carceleros --casi todos muy jóvenes--, los jefes guerrilleros les inoculan “resentimiento” contra los rehenes: “Les decían que nosotros éramos los oligarcas, los burgueses, los responsables de que el país esté tan mal”. Ello les hacía “inmunes” a su dolor. Además, los espacios de acercamiento eran contadísimos: “Nos regalaban leche en polvo, sal, cambiábamos a veces cigarrillos”. Poco más.

Luis Eladio no tuvo nunca oportunidad de charlar sobre política con un mando fariano: “Uno se siente una mercancía; Ingrid decía que había que tener mentalidad de maletín. No se puede preguntar: ‘¿Vamos a dormir aquí?’, ‘¿La marcha es larga?’ Nadie responde. Cero comunicación”, dice.

Paradójicamente, uno de los guerrilleros que más lo odiaba le dio la mano en uno de los muchos momentos difíciles. “El pasado 31 de diciembre estaba mal. Ya no veía posibilidades de salir. Llamé al comandante y pedí que me dejara enviar una carta a mi familia. Pero la carta era de despedida. Él lo entendió. ‘Tranquilo’, me dijo, ‘tomémonos un vino’. Y trajo una botella.


La fórmula para resistir
Este tipo que me odiaba se sentó conmigo a tomar: ‘Qué le pasa, tranquilo, tómelo con calma’, me repetía. ¿Su fórmula para resistir? “No guardar rencor ni acumular amargura por las constantes humillaciones y maltrato”. “¿Para qué ponerme bravo con muchachos que cumplían órdenes, que habían buscado una opción de vida a través de la guerrilla?”, se pregunta. Y añade otro elemento clave para sobrevivir: “No ser rodillón ni claudicar.

Protesté por la mala comida, por maltrato, hice huelgas de hambre...”. El ingrediente principal fue, sin embargo, el humor: “Yo era la alegría del campamento; trataba de contribuir para escapar de la rutina de pensamientos como ‘¿Vamos a salir vivos?’ Aquí, uno piensa en la vida. Allá, en la muerte”.