•   CIUDAD DEL VATICANO / AFP  |
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El teólogo italiano Giovanni Franzoni, quien fue abate de la Basílica de San Pablo Extramuros, testimonió en 2007 en el Vaticano contra la beatificación de Juan Pablo II, a quien no le perdona el “doloroso aislamiento” del obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980 por paramilitares mientras oficiaba misa.

Usted forma parte del grupo de teólogos e intelectuales que critican la beatificación el primero de mayo de Juan Pablo II. ¿Cómo nació esa iniciativa?

“Además de querer manifestar nuestra condena a la represión del pensamiento teológico católico, quedé personalmente afectado por el aislamiento que sufrió el obispo Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador. Yo vivía en Managua, Nicaragua, trabajaba en el Centro Valdivieso, y una monja me confió que había encontrado en Madrid a Romero de regreso en 1979 del Vaticano, destruido, afligido tras la audiencia con el Papa. Decía que nunca se había sentido tan solo como después de ese encuentro. Fue siempre un moderado, pero el hecho de que los campesinos que podían tomar posesión de la tierra tras la reforma agraria la encontraran con gente armada, lo indignó. Por ello puso a disposición la emisora de la diócesis, donde se denunciaban todas las atrocidades y violaciones de los derechos humanos, la matanza de sindicalistas salvadoreños. Inclusive, el asesinato de un colaborador suyo cercano. Llevó toda esa documentación al Vaticano.

El Papa fue frío, tomó la documentación y la puso de lado mientras comentaba: He dicho mil veces que no me traigan tantos documentos que no logro leer, y lo exhortó: “Trate de estar de acuerdo con el gobierno”. Eso lo dejó consternado, lo destruyó.

Los escuadrones de la muerte no podían matar a un obispo que estaba en el corazón del Papa. Lo podían matar sólo si estaba aislado, abandonado”.

Las objeciones
¿Cuáles son las objeciones que usted hizo oficialmente al Vaticano?
“Como la congregación para la Causa de los Santos anunció que se podían enviar pruebas a favor y en contra de la beatificación de Karol Wojtyla, yo resolví con otros teólogos e historiadores enviar, con una carta certificada, documentación al vicariato de Roma, con lo que considerábamos los límites de su pontificado. Después de un año y medio me convocaron oficialmente. Hice siete objeciones fundamentales.

En 27 años de pontificado, tras viajar por todo el mundo, llegué a la conclusión de que no había hecho nada para aclarar el papel de la mujer en la Iglesia. Ignoró la teología feminista. Otra cosa que me golpeó fueron los tráficos financieros del Vaticano. El papel de monseñor Paul Marcinkus, Presidente del Instituto para las Obras Religiosas (IOR), quien fue protegido. El pontífice violó gravemente la virtud de la prudencia y de la fuerza.
El Tribunal vaticano fue respetuoso conmigo y me pidió que no publicara nada hasta que se concluyera el proceso”.

¿Entre las objeciones figura la forma como trató los casos de pedofilia?
“No. Es el octavo punto. El caso estalló luego. Juan Pablo II es responsable de haber protegido al arzobispo de Viena, Hans Hermann Groer, su amigo personal, quien tuvo que renunciar a pedido de los otros obispos. Un caso único. No fue procesado, dimitió simplemente”.

¿Cree en los milagros?
“Podría responder que sí, pero que no hay que sacralizarlos. También podría responder que no, no creo en los milagros. En el Evangelio se dice que Jesús multiplicó el pan y los peces para dar de comer a la gente, y que la gente lo siguió contenta. Después les dijo: ‘Ustedes me siguen porque les doy de comer, síganme por mi palabra’. Demolió así el milagro.
El milagro es ambiguo. Se pueden enviar señales para golpear nuestras emociones y fantasía con hechos excepcionales, pero son fructuosos si sirven para cambiar. Si sustituyen al pan que hay que comprar es algo ridículo”.

¿Ve más sombras que luces en el pontificado?
 “Se mezclan dos figuras: el Papa como hombre y el Papa como político. En el documento que envié al Vaticano le reconozco una actitud humana, como en la segunda guerra del Golfo, cuando invitó al número dos del régimen de Irak en el Vaticano, un acto fuerte, y haber clamado por la paz. Yo personalmente estoy en contra de estas canonizaciones, creo que es algo arcaico, cuentan las persecuciones del primer siglo, los mártires. Esta fábrica de santos, para los que hay que demostrar un milagro, no lo sé. Para mí son santos los que han intentado apagar el reactor de Fukushima, en Japón, sabiendo que morirían. Ellos sí son santos”.