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El líder de la red terrorista acusó de espionaje a Abdul Hakim, un mes después de la voladura de las Torres Gemelas y ordenó torturarlo. Tras entrenamiento a seguidores, se les hacía firmar el “compromiso religioso de cada uno, su moral, la voluntad para hacer cualquier cosa que se les dijera y su forma física”. Su cuarta esposa, y el premio a su cuñado de ser suicida en un atentado.

Osama bin Laden ordenó en octubre de 2001 el encarcelamiento de uno de los fundadores de Al Qaeda, tras pensar que se urdía un golpe contra él dentro de la organización, según reveló un preso recluido en Guantánamo. En los papeles filtrados por WikiLeaks, consta que el veterano miembro de Al Qaeda, Abdul Hakim Bujari, nacido en Arabia Saudí en 1956, fue acusado de ser un espía y sometido a torturas antes de ser encarcelado en la prisión afgana de Sarpuza, según el testimonio del propio Hakim Bujari y de otros cinco presos.

La hoja de servicio de Bujari dentro de la organización terrorista parecía intachable: había participado en la guerra afgana contra la Unión Soviética a principios de los 90, había combatido ‘posiblemente’ en Bosnia y había intentado sumarse a la yihad de Chechenia, según se describe en su ficha carcelaria. Tenía conocimientos de inglés porque había estudiado dos meses en Reino Unido en 1979, y tres años más tarde había recorrido miles de kilómetros en Estados Unidos haciendo auto-stop. Era un personaje respetado dentro de la organización, con acceso abierto a Bin Laden. Pero un mes después de los atentados del 11-S cambió su suerte.

Uno de los presos de Guantánamo contó a las autoridades del penal que el delito de Bujari consistió en haber transferido fondos a Jumaboy Namagani, líder del Movimiento de Uzbekistán. Aunque esta organización mantiene lazos estrechos con Al Qaeda, la entrega del dinero no debió gustar a Bin Laden. ‘La transferencia se efectuó sin conocimiento de Osama bin Laden, quien creyó que se estaba organizando un golpe contra él’, se indica en la ficha de Bujari.

Casi nadie lo veía
Los papeles de Guantánamo han revelado que Bin Laden, antes de convertirse en el hombre más buscado del mundo, ya extremaba al máximo las precauciones para evitar atentados. Muy pocos de los 779 presos de Guantánamo tuvieron contacto directo y regular con el líder. El yemení Abdel Rahman Ahmed Said Abdihi fue uno de ellos. Pudo presumir de haberse sentado con Bin Laden en más de diez ocasiones. ‘Ese es un número inusualmente alto cuando se compara con la mayoría de los presos de Guantánamo’, señala su ficha. Otros reclusos se limitaron a oír al líder por los altavoces cuando arengaba a los participantes en algún curso de combate. Al entrar en un campo de entrenamiento, solo sus guardaespaldas y el jefe del campo estaban autorizados a portar armas de fuego.

Firmaban como compromiso religioso
El proceso de selección de la gente de confianza lo había depositado Bin Laden en el preso yemení de Guantánamo Walid Mohamed Salij bin Attash, quien se encargaba de entrenar a los guerrilleros en el combate cuerpo a cuerpo dentro de las instalaciones del elitista campo de Mes Aynak. Concluido el curso, Attash redactaba informes sobre cada asistente y se los trasladaba a Bin Laden. En cada ficha aparecía el ‘compromiso religioso de cada uno, su moral, obediencia, la voluntad para hacer cualquier cosa que se les dijera y su forma física’. ‘Basándose en esos datos, Osama bin Laden escogía a los participantes que necesitase para cada operación’, se indica en uno de los papeles de Guantánamo.

Los más fieles, o mejor ‘entrenados desde el punto de vista religioso’, le prometían lealtad (bayat). El juramento no era algo que un miembro de Al Qaeda pudiera tomarse a la ligera. En muchos casos implicaba esperar a convertirse en mártir en cuanto Bin Laden lo ordenase. El preso Ramzi bin al Shinbh, coordinador del 11-S en Alemania, fue convencido tras una cena con el líder de Al Qaeda y otros terroristas del 11-S. Dos días después de la cena, solicitó un encuentro con Bin Laden, le juró lealtad y ‘declaró que dar la vida por la causa era aceptable’. El líder le ordenó que regresara a Alemania y le dijo que ya se le darían instrucciones precisas.

Le ayudan a escapar a tres de sus esposas

Una vez superadas todas las pruebas, Bin Laden podía encomendar a su equipo la seguridad de su propia familia. En la ficha del yemení Salim Ahmed Salim Hamdan, conductor y chofer de Bin Laden, se detalla cómo este se encargó de la huida de tres esposas de Bin Laden en plena guerra: ‘Después que empezara el bombardeo de Estados Unidos en Kandahar se distribuyeron material de primeros auxilios y armas automáticas entre las familias de los guerrilleros, y estas fueron llevadas a refugios fuera de Kandahar. Bin Laden ordenó que las mujeres y las familias se marcharan a Pakistán y los hombres regresaran a Afganistán para la lucha. En algún momento de noviembre, el detenido y el hijastro de Bin Laden, Muataz, también un miembro del personal de su seguridad personal, facilitaron la huida de tres esposas de Bin Laden hacia Afganistán.

El grupo dejó Kandahar y viajó a través de Argandab hacia la frontera con Pakistán. Una vez allí, el detenido y Muataz entregaron el grupo a otro militante, que acompañaría a las mujeres hacia Queta, en Pakistán’.

El premio: ser suicida
Con el correr de los años, Bin Laden se vio rodeado de un buen número de yemeníes, país de origen de su familia, en los que depositó su confianza. La proximidad entre ellos y Bin Laden terminó a veces unida con lazos de sangre. El guardaespaldas preso yemení Abdel Malak Abdel Wahab al Rabí, le presentó al líder a su propia hermana, quien terminaría convirtiéndose en la cuarta esposa de Bin Laden.

Al Rahbi era uno de los ‘siete o diez’ guardaespaldas que tenía Bin Laden antes de huir a las montañas de Tora Bora, uno de los pocos a los que se le permitía moverse por las instalaciones cercanas al aeropuerto de Kandahar, donde Bin Laden vivía. Su admiración por Osama era plena. ‘El detenido es sospechoso de haber escrito una carta, datada el 30 de agosto de 2000 y dirigida a Osama bin Laden, solicitándole permiso para luchar en el frente de Cachemira y pidiéndole perdón por si no ha estado a la altura de las expectativas de Bin Laden’, contaba su ficha.

Bin Laden premió a su cuñado asignándole el puesto de suicida en un atentado. Finalmente, el plan se frustró, y el cuñado terminó en Guantánamo. Después de nueve años recluido, Rahbi es uno de los 172 presos que aún permanecen en el penal. La mayoría de ellos (87) son yemeníes. Están considerados presos de alto riesgo, poseen cientos de expedientes disciplinarios y no han mostrado signos de arrepentimiento.