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La jornada inicia a las 7 de la mañana, cuando la primera ronda de niños lleva a Saturnino Sánchez a los semáforos del Ministerio de Gobernación, bajo el beneplácito de sus familiares. Una vez allí, fingen ser sus nietos y sirven de intermediarios para ablandar el corazón de los conductores.

“Una ayudita para el cieguito”. Ese es el lema que estos niños han aprendido de memoria, con el objetivo de obtener algunos ingresos extras.

La siguiente ronda de relevo llega a las 11 de la mañana, cuando “un nuevo nieto de Saturnino” aparece en escena y continúa con el teatro. Los conductores se detienen impactados y contribuyen con 5 o 10 córdobas al bolsillo de la singular pareja.

Los otros actores se presentan a las 2 y a las 5 de la tarde, respectivamente. Todos rondan entre los 10 y los 12 años, y siguen con el mismo parlamento.

“Así ellos ayudan”
Los padres de estos niños aseguran que esta es una forma de que sus hijos sufraguen algunos gastos del hogar.

“Yo le presto a mis dos hijos para que lo acompañen a los semáforos, con varios vecinitos más, porque en vez de estar en la casa sin hacer nada, es mejor que se ganen un dinerito para los frijoles”, dice María Esther González, mamá de Karla Yaoska.

Pero no solo Saturnino ha recurrido a esta idea para obtener un guía que reciba las dádivas que inspira la lástima, varios discapacitados usan la misma estratagema para obtener ingresos que van entre los 150 y 200 córdobas al día.

Lucía Figueroa Velázquez, una invidente de 49 años, inicia a trabajar a las 10 de la mañana, con la ayuda de uno de sus vecinos, un joven de 17 años que se encarga de recolectar las generosas contribuciones de los transeúntes.

“Él me acompaña para recolectar y contar el dinero,  y siempre le doy una ayudita para sus gastos”, explica la señora Figueroa.

Cultura de subsistencia
Según explica Gustavo Adolfo Rueda Sánchez, tesorero de la organización Adifin (Asociación de Discapacitados Físico Motores de Nicaragua), esto es parte de una cultura de vida que responde a la situación de extrema pobreza en la que viven las personas con discapacidad.

“Nosotros hemos identificado este problema desde hace mucho tiempo, pero cuando nos acercamos a estas personas para ayudarlas siempre nos preguntan cuánto vamos a pagarles a cambio de que abandonen esta forma de vida, porque muchos ganan hasta 5 mil córdobas al mes”, asegura Rueda.

Y es que es más fácil vivir de la caridad que aprender un oficio que les permita salir de la pobreza, ya que aunque estas personas tienen una discapacidad, pueden desempeñar ciertas labores.

“Nosotros como asociación queremos que estas personas se empoderen y comprendan que tienen otras alternativas, de forma tal que se conviertan es gestores de su propio desarrollo”, explica Rueda.

Amparados en esta idea, la organización está promoviendo un nuevo marco jurídico que garantice una educación inclusiva e integral, el respeto a los derechos civiles y mecanismos de cumplimiento.

“Estamos trabajando en la difusión de dos leyes: la Ley sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y la Ley de Pensiones de Gracia para la Discapacidad Severa. Con estas se pretende lograr que las empresas tengan un 2% de su planilla ocupada por personas discapacitadas, garantizar una pensión equivalente al salario mínimo y el acceso a la educación”, asegura Rueda.

En Nicaragua, el 10.3% de la población es discapacitada. Eso equivale a 600 mil personas. De este total, solo el 0.02% van a la escuela. Esto significa que la mayoría son analfabetos funcionales que han buscado en las calles nuevas formas de sobrevivir.

Mientras no tengan acceso a una educación de calidad seguirán recurriendo a estas singulares formas de ganarse el sustento en una sociedad que no los ve como personas integrales, sino como sujetos que dependen de la bondad ajena.