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Expuestos al peligro de las calles y a merced de las inclemencias del tiempo, muchos niños se ganan la vida en los semáforos. Sirven de lazarillos, limpian vehículos y venden tortillas, actividades que les han sacado temprano de la edad de la inocencia en aras de crear un nuevo contingente de trabajadores.

El trabajo infantil tiene un origen económico que se bifurca en seis aspectos fundamentales: aumento en el costo de la vida, falta de trabajos e ingresos familiares, núcleos supernumerarios, padres sin oficio o con salarios bajos y un pobre nivel de escolaridad.

Según explica Fanny Acevedo Correa, Directora de Inprhu (Instituto de Promoción y Desarrollo Humano), “estas familias mandan a sus hijos a las calles para completar el presupuesto y cubrir los gastos”.

“Los padres de estos niños han naturalizado la violencia y eso es grave, porque está profundamente arraigada en su pensamiento. La responsabilidad protectora de los progenitores ha sido sustituida por la visión del niño como objeto y no como sujeto de derechos”, señala Vicenta Membreño, Coordinadora del Programa de Formación de Recursos Humanos del Inprhu.

La otra consecuencia del trabajo infantil es la creación de un hábito en el que el niño se siente reconocido a través de lo que aporta.

“Los niños terminan asumiendo responsabilidades que no les corresponden, porque que a medida que la espiral económica-afectiva disminuye, el trabajo aumenta. Esto genera un ciclo interminable”, añade  Membreño.

Modelo familiar
Danilo Medrano, Director Ejecutivo de Tesis (Asociación de Trabajadores para la Educación, Salud e Integración Social), explica que las familias de estos niños, por lo general, son hogares encabezados por madres solteras, que deben llevar ingresos, y consumen alcohol y drogas, entre otros.

“Los niños que trabajan en los semáforos sufren una doble discriminación social, la de su familia y la de la sociedad en la que están inmersos. Esto es caldo de cultivo para el desarrollo de jóvenes con un fuerte resentimiento social que puede conducirlos a la delincuencia”, señala.

Danilo Medrano explica que combatir el trabajo infantil debe ser parte de una agenda compartida.

“El Estado tiene que articular y doblar esfuerzos con las ONG y con los medios de comunicación para darle solución a esta deuda pendiente con la niñez. Esa es la única forma de limpiarse la cara tras años de abandono e irresponsabilidad”, señala Medrano.

Programa Amor con poco presupuesto
En aras de paliar esta situación de explotación infantil, a partir de 2008 el gobierno del actual presidente, Daniel Ortega, impulsó un proyecto de fortalecimiento familiar encaminado a garantizar un empleo digno a los padres con bajos ingresos.

No obstante, según el IV Informe Complementario sobre el cumplimiento de la Convención sobre los Derechos del Niño presentado ante las Naciones Unidas por la Codeen (la Federación Coordinadora Nicaragüense de Organismos No Gubernamentales que trabaja con la Niñez y la Adolescencia), el programa ha tenido un escaso nivel de intervención por una drástica reducción presupuestaria que pasó de US$26.8 millones en 2005 a US$8.8 millones en 2009.