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Tres de ellos se confiesan homicidas. Pero piden que el periodista anote “muy claramente” que eran casi niños cuando mataron. Como si estuvieran de nuevo ante el juez que los condenó a presidio por sus actos, los tres dicen que nunca quisieron lastimar a nadie.

Todos están claros del debate que hay afuera sobre el aumento de penas para menores transgresores y se declaran inconformes con la opinión generalizada.

“No pueden juzgar a un menor como un adulto, eso sería injusto. Nos quitan la oportunidad de cambiar”, dice Naún Ernesto, quien fue condenado a tres años de prisión por homicidio. Entonces cumplía los 16 años. De aquella pena, cumplió 18 meses en presidio y hoy está cerca de cumplir los 20 años.

Naún es parte de un grupo de jóvenes reclutados en un programa de rehabilitación del Centro para la Prevención de la Violencia, Ceprev.

Johan casi no logra recordar un año  de su adolescencia en que no haya ido a parar a alguna celda preventiva. Protagonizó robos violentos, y le cuesta decir con todas sus letras que fue cómplice en un atraco que terminó en otro homicidio.

“Estaba chatel”, dice. “Hoy lo pensaría dos veces, estoy arrepentido y me alegra tener otra oportunidad”, agrega.

En el Ceprev, Johan ha aprendido a valorarse más y a valorar a la gente que lo quiere. “Uno se compone por la jaña (su novia Paola) y por su roca (su mamá)”, explica.

Vienen de familias disfuncionales

“Es que vea, un chavalo puede estar pasando por un mal rato en la casa. Uno sufre y se jala, ahí es donde agarra mañas y cae en el mal camino”, razona Johan.

Todos estos jóvenes han crecido en familias disfuncionales, con padres violentos y alcohólicos, y creen que ello los afectó duramente.

A Pablo le incomoda que le digamos “Pablito”. Es bajo, moreno y aún conserva su cara de adolescente. Estudia, dice. “Ahí vamos, más o menos”. Cobró notoriedad en el Experimental México, cuando una patrulla policial lo llegó a sacar del aula en febrero de este año, por haberle robado un celular a dos estudiantes del colegio Villa Libertad. Tiene 17 años y ya sabe lo que es pasar por una celda preventiva, tildado como “elemento peligroso”.

Eberth advierte que toda la vida le ha costado hablar mucho. En octubre de este año cumplirá 18. Espera que la vida no le devuelva la experiencia amarga de estar en prisión. Pasó ocho días en una celda preventiva en la delegación de Villa Venezuela. La causa: a plena luz del día atracaron a un ciudadano en el barrio Lomas de Guadalupe. “Éramos tres y le caímos duro. Le sacamos la cartera”, cuenta.

Dos horas después lo sacaron de su casa. La mamá alegó la ventaja de la edad, pero los policías no la oyeron. “Me arrastraron”, se quejó. “Me ‘agüevé’, porque me decían que iba para La Modelo, pero sé que me perdonaron, por eso estoy aquí”, afirma.  ¿Estás aprovechando esta nueva oportunidad? --le preguntamos. --“Pues sí, ahora nada de robar. Aquí me están ayudando”, responde.

¿Y ustedes qué piensan de los que mataron al joven universitario? ¿Creen que les debe caer el peso de ley?
“Pero claro”, se adelanta Johan. “Nada de perdón, debe haber castigo, pero como dice la ley, porque también debe verse que es para ayudarlos, para reformarlos, pues”.

Si fuera un hermano, un amigo de ustedes el asesinado, ¿pensarían lo mismo?

“Es que es venganza, eso nada deja. Es venganza  lo que parece que quieren. No, no, algo llevó a esos bróderes a robar. Claro, mataron y eso no se hacen man, pero algo los llevó a eso”,  responde Eberth.