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Jimmy José Belli Padilla creció en una familia marcada por el alcoholismo, el abuso infantil y la miseria. Hoy, 11 años después, puede decir que ha ganado la batalla de una forma peculiar: vendiendo periódicos en los semáforos de la capital.

Tiene la tez marcada por las inclemencias del sol tropical de Nicaragua, los ojos negros y vivaces. El cabello ensortijado trata de ser doblegado por una gorra que hace mucho ha dejado de ser efectiva, y su expresión revela  un ser tímido y reservado. Habla poco, contesta con monólogos y no hace el menor intento por mantener la conversación.

Viste de forma sencilla, camisa, jeans y una chaqueta verde, y su vehículo es una bicicleta que le permite recorrer distintos puntos de la capital donde ya tiene una fiel clientela, sobretodo en la zona del Colonial y Rubenia.

Nadie que lo viera pensaría que Jimmy es más que un simple vendedor de periódicos, porque está a un paso de convertirse en licenciado de la carrera de Administración de Empresas.

Una niñez marcada por el abuso
La vida de Jimmy se vio marcada 11 años atrás, cuando tenía 13 años de edad y todavía pensaba en canicas y juguetes. Estaba en su casa jugando con una pelota cuando escuchó los gritos de su madre, anuncio inconfundible de que su padre había llegado, pero Jimmy ya estaba acostumbrado a lo mismo.

Pleitos, golpes y ofensas surcaban el ambiente cuando su padre llegaba a casa tras su parranda diaria, con un olor a ocre, sudor y perfume barato, perturbando su inocencia infantil y llevándolo a un estado inhóspito de miedo e impotencia.

Ese día, tal como era su costumbre, Jimmy corrió a esconderse debajo de la mesa, temblando por el recuerdo de la faja que le fustigaba la carne cuando su padre perdía los cabales.

Pero ese día fue diferente. Jimmy necesitaba dinero para comprar unos cuadernos, y cuando pensó que su padre se había cansado de gritar y despotricar contra todos, se acercó con su carita infantil.

“Papá, necesito dinero para comprar los cuadernos de la escuela”.

No había terminado de espetar la pregunta cuando el brazo de su padre se descargó con violencia sobre su cuerpecito, y la sangre fluyó en pequeños surcos que se extendieron sobre sus piernas.

“¿Qué te has creído?, que te voy a mantener toda la vida. Ya estás grande para seguir en la escuela. Es hora de que te hagás hombre y salgás a ganarte la vida como yo.

Las lágrimas se desparramaron como dos pequeñas cataratas, no tanto por el dolor de la golpiza como por las palabras de su padre, quien le vaticinaba un futuro incierto.

Miró a su alrededor, y por primera vez su casa se reveló mustia y vacía. Vio el techo de zinc, el piso de tierra, los colchones en el suelo, la estufa de leña, las moscas pululando por doquier, y entonces comprendió que tenía que salir de allí a como diera lugar.

Tomó su bicicleta y se fue al taller de su padre, quien para ese entonces se dedicaba a vender periódicos. Pidió unos cuantos y se fue a venderlos a las calles, con la única idea fija de que terminaría sus estudios a como diera lugar, así tuviera que recorrer a pie toda Managua pregonando la información que sacaban las rotativas.

Ese día, con 13 años de edad, Jimmy perdió la inocencia de su infancia. Ya no hubo más llantos ni contemplaciones, ni juegos en las calles con sus amiguitos del barrio.

Inició una nueva vida marcada por el trabajo duro en los semáforos de la capital, lugar donde ganaría los ingresos necesarios para terminar el bachillerato y, años después, costear sus estudios universitarios en el Alma Máter Tomás Ruiz.

La vida en las calles
Pero, vivir en las calles no ha sido fácil. Jimmy ha tenido que desarrollar mucha astucia para hacerle frente a los delincuentes, a quienes como el mismo dice, es mejor tenerlos de amigos que de enemigos.

¿Es peligroso estar en las calles?
No cuando te conocen. Los delincuentes no te hacen nada porque saben que no hay mucho que puedan robarte. Por eso yo siempre los saludo de forma natural, para que no crean que les tengo miedo.

Pero las calles son un lugar inhóspito para un vendedor de periódicos. Los buses, los taxis y los carros no respetan a nadie, y más de una vez el sonido de un claxon lo ha salvado de una muerte segura.
 

Un ingreso eficaz
Muchos podrían pensar que los márgenes de ganancia para quienes deambulan por las calles ofertando periódicos es insignificante, pero para la familia de Jimmy, los 2,000 córdobas que le genera esta actividad ha salvado a sus padres y a sus dos hermanos de la miseria.

“Yo gano 1.30 córdobas por cada periódico que vendo. En un día regular puedo vender hasta 100 periódicos, pero si falta otro vendedor la cifra se duplica”, explica.

El paso a la universidad
Cuando Jimmy cumplió 19 años, decidió estudiar economía en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), pero sus sueños se vieron cortados en pedazos cuando reprobó la asignatura de matemáticas.

Jimmy llevaba varios días tratando de estudiar, pero el alcoholismo de su padre se había recrudecido al punto que no había nadie que llevara ingresos a su casa. “Como el hombre de la casa”, Jimmy había asumido un doble turno, y en vez de trabajar de las 5 y 30 de la mañana a las doce del mediodía, había continuado la venta hasta las 6 de la tarde.

Eso provocó muchas inasistencias que le pasaron la factura meses después, cuando no pudo resolver los ejercicios del examen. Eso provocó que no cumpliera con los requisitos básicos para hacer el examen de admisión: no tener pendiente ninguna asignatura del último semestre de cuarto año y del primero de quinto.

El golpe fue mortal para su autoestima. Jimmy cayó en una profunda depresión, pero decidió considerar el ingreso a una universidad privada. Revisando anuncios y tarifas asequibles a su bolsillo, encontró la universidad “Tomás Ruiz”, y se presentó en las instalaciones.

Para su desgracia, no ofertaban la carrera de Economía, pero sí la de Administración de Empresas, la segunda en su lista de opciones, ya que siempre había querido tener su propia empresa de venta de periódicos.

Los aranceles eran de 30 dólares, un poco altos para alguien que como él, debió asumir los gastos de su hogar, pero aun así se inscribió.

Las clases comenzaron, y un nuevo mundo se abrió ante él, un mundo donde el conocimiento sería el camino para no caer en las garras de la pobreza nunca más.

Su tabla de salvamento
Pero los costos lo ahogaban. Estudiaba con libros prestados y con fotocopias, pero aun así siempre estaba necesitado dinero. Para colmo su madre comenzó a padecer de muchos dolores por una artritis que la dejó recluida en una cama, matando poco a poco los ojitos negros de la mujer que lo trajo al mundo.

Jimmy estaba desesperado. ¿Cómo hacer para costear la universidad y pagar los medicamentos de su madre? Fue la única vez que valoró la posibilidad de abandonar los estudios por un tiempo, hasta que su situación económica mejorara.

Dicen que Dios aprieta pero no ahoga, y al parecer, en su caso el dicho no estuvo lejano de la realidad.
 

Un encuentro fortuito
Un día Jimmy estaba vendiendo periódicos en los semáforos del Colonial cuando la casualidad se convirtió en su aliada, y la vice-rectora de la universidad captó su imagen por el espejo retrovisor de su automóvil.

“Fue una suerte. Ella iba pasando por allí, me vio vendiendo periódicos y me llamó para preguntarme qué estaba haciendo bajo el sol. Yo le dije la verdad: vendiendo periódicos para pagarme la universidad”, recuerda este joven.

Al siguiente día Jimmy fue llamado a la dirección y recibió la buena noticia de que iba a recibir una rebaja en sus aranceles de 10 dólares, y los nubarrones de los días pasados parecieron dispersarse para dar lugar a un rayito de luz.

Contra la pena y la marginación
Pero la vida de Jimmy no ha sido fácil, porque para muchos, su oficio es mal visto y peor comprendido.

“Es triste decirlo pero mucha gente se aparta de mí cuando sabe a lo que me dedico. Creen que el que vende periódicos es un ladrón. Esto es un trabajo como cualquier otro, exige esfuerzo, dedicación y compromiso”, explica.

Tal vez por eso en la universidad no tiene muchos amigos de su edad, ya que para Jimmy las discotecas y los bares no se ajustan a las limitaciones de su bolsillo. Además, son lugares que dejan una rendija al vicio y la corrupción.

“Muchos dicen que yo tengo mentalidad de viejo pero lo que pasa es que no me gustan esos lugares. No quiero que me pase lo mismo que a mi papá”, comenta con la voz entrecortada.

Y es que en verdad, el alcoholismo de su padre ha sido una cruz difícil de cargar, ya que ha perdido la cuenta de las veces que ha tenido que peinar las calles y los bares del barrio Hialeah tratando de encontrarlo.

El día más feliz de su vida
Pero hasta para un joven con tantas limitantes como Jimmy, han existido momentos de alegría y satisfacción. El mayor de ellos fue el  28 de febrero de este año, cuando terminó su último examen de la asignatura de Producción.

“No lo podía creer. Cuando entregué el examen sentí un júbilo indescriptible. Por mi mente pasaron tantos momentos difíciles, noches sin comer ni dormir, golpes, gritos, burlas de quienes se decían mis amigos, decepciones amorosas, todo en una vorágine de pensamientos que culminaron en ese momento en que todos mis sacrificios, valieron la pena”, recuerda este joven de voluntad indomable.

 

El Amor

Pero no todo en el Universo de Jimmy está completo. Hay un vacío en su corazón que aún no ha sido llenado por nadie: una mujer que lo acepte como lo que es, un vende periódicos con ansias de superación.

“Es difícil que una mujer me acepte como lo que soy, porque la mayoría quiere lujos que yo no puedo darles, o se avergüenzan de tener un novio que se gana la vida en los semáforos. Pero espero que un día encuentre un alma que vea más allá de las apariencias y descubra que lo verdaderamente importante es invisible para los ojos”, asegura parafraseando las palabras del clásico El Principito.

El futuro
Jimmy ha recorrido gran parte del camino.  Ahora está ahorrando los 1,000 dólares que debe pagar para hacer su curso de titulación y obtener su diploma universitario. Confía en que las autoridades de la universidad nuevamente le tiendan la mano y lo ayuden a sortear esta nueva barrera económica.

Al paso que va, calcula que le tomará un año ahorrar todo ese dinero, pero no le importa, Jimmy sabe esperar, y hasta ya está planeando estudiar su segunda carrera.

“Por ahora estoy recogiendo el dinero para pagar el curso de titulación, pero después voy a cumplir mi sueño de estudiar Economía en la UNAN (Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua). Tengo la esperanza de conseguir un trabajo estable que me permita salir de las calles, pero si no lo logro, seguiré vendiendo periódicos para pagar la universidad”.

Pero los sueños de Jimmy no paran allí. También desea hacer un posgrado y una maestría.

“Yo sé que el límite de mis sueños es el cielo.  Trabajo desde los 13 años y nunca le he pedido un centavo a nadie para cubrir mis gastos”.

¿Te consideras una persona excepcional?
No, me considero una persona trabajadora y dedicada. Me tracé una meta en mi vida y no permití que nadie me dijera que no podía alcanzarla. Muchos me llamaron loco, pero hoy, nadie puede decirme que los tornillos sueltos en mi cabeza no produjeron frutos.