•   Corresponsal Miami  |
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Los llevan por montones hasta Brownsville, en Texas, después de haberlos sacado de las prisiones en el estado de la Florida. Allí los embarcan en un avión fletado por el gobierno norteamericano a sus países de origen: Guatemala, El Salvador, Honduras, Belice, Nicaragua y otros lugares.

No gastan en pasajes. Todo es gratis. Son los deportables, aquellos que el gobierno del tío Sam no quiere ver ni en pintura.

La tragedia que día a día experimentan en carne propia podría agregar muchas páginas a la Divina Comedia, de Dante. Pero el florentino no está vivo para incluirlos en uno de sus más dolorosos círculos.

Santiago Garmendia Álvarez, chinandegano, de 43 años, lo resumió a este reportero en una inesperada llamada telefónica.

“Oiga, periodista, ya estamos a punto de ser deportados. Aquí nadie nos quiere. Nos dicen que somos un montón. Yo, por lo menos, tengo más de un año de estar preso. Nunca nadie de nuestro gobierno dio la cara por nosotros. Usted debe saber, como periodista, que teníamos derecho a la defensa, que nos pusieran un abogado de oficio, pero nada de nada. Nos ven como una plaga. Aquí apestamos...” dijo.

Informes oficiales apuntan que cada 15 días, a lo sumo cada mes, alrededor de 100 nicaragüenses son deportados. Algunos hacen el intento de regresar. Pocos lo logran, aunque los peligros son muchos, llegando a los extremos de perder la vida.

La fecha para ser deportados se acerca para más de 100 nicas que se encuentran detenidos en cuatro centros de detención de la Florida.
Los que tienen record delictivo están recluidos en Krome. Con ellos el peso de la justicia es implacable.

También hay mujeres nicaragüenses entre ese grupo. Para ellos, los minutos hieren y los segundos matan.