• |
  • |

Ananda Krishna Escobar tiene 10 años, y es tan elocuente que en el futuro puede ser una gran oradora. Pero la pequeña no quiere hacer discursos ni hablar ante el público, sino bailar. Su sueño es ser una gran bailarina. Suspira al decirlo, y de inmediato cuenta sobre las habilidades de bailarín de su amigo Francisco Javier, un grandulón de camiseta verde fluorescente y leotardo negro, a quien le gusta beber gaseosa y bailar hasta caer rendido.

Krishna significa “la suprema personalidad de Dios”, cuenta la niña, antes de tomar el lápiz y escribir su nombre en la palma de su mano derecha. Ella conoce a Francisco Javier desde mayo de este año, cuando él se integró a las clases de baile cada sábado, y dice --levantando su índice derecho-- que “está impresionada por lo energético que es”.

Bajando los escalones, enfrente del aula donde reciben clases en uno de los recintos de la UNAN-Managua, Francisco Javier está sentado en una banca esperando a su mamá. Dice que ella anda en el supermercado comprando gaseosas.

El pequeño de 13 años tiene Síndrome de Down, y desde que entró a las clases de baile ha mejorado su lenguaje y movilidad. Sueña con bailar algún día en el Teatro “Rubén Darío”, y es el tercer hijo de María Auxiliadora Mairena, de 53 años, quien teje cuando el pequeño está en el salón bailando quebradita.

Quebradita, folclor, hula-hula
1, 2, 3. Empieza la música: Téngame comadre al niño un rato nada más, que quiero bailar bien este son… En fila india, más de 10 pequeñas cargan a sus muñecas en brazos, y se mueven hacia delante y atrás, izquierda-derecha, derecha-izquierda…

La profesora les indica que tomen una punta de sus faldas y la muevan hacia delante y hacia atrás. Todas acatan. María Alfonsina, de seis años, mueve su faldita con trencillas y carga a un oso verde. Una compañerita a su lado le indica que deben deshacer la fila y ubicarse en otro lado. La toma de la mano y no la suelta hasta que termina la canción.

María Alfonsina sonríe un poco mientras baila la pieza, y la señora que la cuida, Reyna Isabel Trochas, a quien le dice mamá, la ve desde lejos complacida. A la pequeña se le desprendió la retina recién nacida y está ciega. Sus padres la metieron al grupo de baile para que interactúe con otros niños. “Me gustan las mañanitas y Mamá Chilindrá”, dice la niña, quien ha mejorado su compostura y disfruta más de la música desde que ingresó al grupo.

En la fila de niños hay unos gemelitos inquietos que esta mañana olvidaron sus sombreros. Detrás de uno de ellos viene Ángel Gabriel, de seis años, un chiquitín hablantín que sabe manejar muy bien el sombrero. Dice su madre, Zuleika Alvarado, que el niño nació prematuro, y que a los cuatro meses ya no veía, pero no sabe las razones por las que perdió la visión.

“Yo aprovecho todas las oportunidades que se me dan. Aquí está becado y también va a Los Pipitos. Desde que baila tiene más confianza en sí mismo y se incorpora más a las actividades”, cuenta Zuleika.

Psicodanza
Verónica Arana creó la Fundación Psicodanza en 2006, con el propósito de que los niños participen de una terapia artística. En su grupo hay 45 niños, 11 son niños, niños y adolescentes con discapacidad, y entre el resto hay pequeños hiperactivos y otros que sufren de maltrato intrafamiliar. Hay dos grupos de clases, uno de niños y otro de adolescentes.

La psicodanza, que nació en Cuba como psicoballet, es un método psicocorrectivo para personas con necesidades educativas especiales. Arana, una de las precursoras de danza contemporánea en el país, aprendió esta metodología en la isla, y en su clase se ayuda de dos bailarinas y una psicóloga.

“La psicodanza permite que se levante la autoestima del niño. A veces tienen movimientos torpes y caminan en sucesión, por lo que se les corrige la postura, aplicando elementos dancísticos. Se les ayuda en la pertenencia a un grupo, eso les da otro estatus. Cada niño nuestro es único, nosotros no estamos creando bailarines, lo de nosotros es terapéutico”, explica Arana.

Según Arana, la diversidad del grupo contribuye a que los niños tengan “otra concepción de la discapacidad”.

21 de los niños están becados y hay benefactores que cada mes donan 20 dólares, 10 de estos son para el pasaje de los padres y de los niños, y los otros son para el pago de las maestras.

¡Quebradita!
É na sola da bota. É na palma da mão. É na sola da bota. É na palma da mão. Bote um sorriso na cara. La quebradita en portugués enciende los ánimos de los niños. Ananda Krishna brinca y brinca, igual que lo hace Diana. Francisco Javier tira el pañuelo hacia delante y hacia atrás. Alfonsina no baila esta pieza, Ángel Gabriel sonríe.

La bailarina Wendy Montiel se agita bailando delante de los niños. Ella está instruyéndolos porque Verónica Arana convalece después de una cirugía. El 3 de septiembre los niños se presentarán en la UNAN, en un espectáculo que han denominado “Función Terapéutica”. Allí bailarán “Na sola da bota” y “Comadre, téngame al niño”.

A las 11 de la mañana, la clase termina con unas indicaciones para las madres. Ananda Krishna acaba de ponerse un short sobre su licra rosada, pues sus padres ya la llegaron a buscar, pero ella insiste en contar lo que piensa sobre Francisco Javier. “Escúcheme, yo estoy impresionada, yo miro a Francisco y digo que en esta escuela los que tienen problemas pueden aprender. Es que Francisco ahora es mucho más energético y tiene más ganas de aprender”.