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Con piruetas y maromas, muchos niños han inundado los semáforos de la capital con la esperanza de duplicar sus ingresos y convertirse en el sustento de hogares disfuncionales.

La mayoría tiene entre 9 y 14 años, y parece no preocuparles los riesgos a los que se enfrentan en las calles, donde más de uno ha sido asaltado, golpeado o arrollado por un carro.

Realizan largas jornadas de entre 6 a 9 horas diarias, expuestos a las inclemencias del sol y la lluvia, a sabiendas de que si no llegan a casa con la cantidad de dinero estipulada por su familia, enfrentarán castigos.

Este es el caso de William José Pérez, de apenas 11 años, quien aseguró que aprendió a hacer los malabares viendo a un grupo de cirqueros, y ahora se ha convertido en la única fuente de ingresos de su hogar.

“A veces tengo que quedarme aquí hasta las 9 de la noche, porque si no llego a la cuota de los 300 córdobas, mi mamá me pega. Pero ella no lo hace porque sea mala, sino porque yo soy el hombre de la casa”, señaló José.

Y es que para muchos, el trabajo en los semáforos no es una obligación, sino un deber que ha desvirtuado el papel protector de la familia en detrimento de su niñez, debido a que proceden de hogares desintegrados.

Tal es el caso del niño Sergio Francisco Urbina, de 12 años, quien va a las calles para costear el alcoholismo de su padre.
“Mi papá me manda a trabajar porque es un borracho y necesita el dinero para comprar licor”, comentó Sergio.

Juan Gabriel Urbina, de 10 años, realiza su espectáculo con una sonrisa en los labios, ya que considera que lo que hace no es pedir limosna, sino “ganarse la vida”.

“Yo vengo aquí y le doy un rato de felicidad a las personas, y de paso ayudo a mi mamá, que es vendedora ambulante”, comentó Urbina, quien ha abandonado sus estudios en aras de triplicar sus ingresos. Su horario de trabajo es de las 9 de la mañana a las 7 de la noche.

Papel de la familia desvirtuado
Según María de Jesús Gómez Matus, Secretaria Ejecutiva de la Coordinadora Nicaragüense de Organismos No Gubernamentales que trabaja con la Niñez y la Adolescencia, Codeni, esto es fruto de la falta de políticas públicas para la erradicación del trabajo infantil.

“Estos niños son la radiografía de la alta tasa de desempleo que prima en el país, de la pérdida del papel protector de la familia, del bajo nivel de escolaridad de los padres, quienes en su mayoría son analfabetos, y de la falta de asignación de recursos para crear programas de reinserción escolar”, comentó Gómez.

En aras de paliar esta situación, la ejecutiva de Codeni considera necesario que el Estado impulse un trabajo de capacitación técnica con los padres, para que encuentren trabajos bien remunerados, una labor de sensibilización para romper el ciclo generacional, y un rol más beligerante a través del Ministerio de la Familia, Mifamilia.

Programa AMOR queda en el papel
Según el IV Informe Complementario sobre el cumplimiento de la Convención sobre Derechos del Niño, emitido por la Codeni y presentado en el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, el programa gubernamental AMOR, destinado a brindar a las familias alternativas de trabajo para evitar que envíen sus hijos a las calles, y dar atención a aquellos en circunstancia de vulnerabilidad, es aún utopía.

Según el documento, el programa AMOR ha sufrido drásticas reducciones presupuestarias, de US$26.8 millones en 2005 a US$8.8 millones en 2009, y carece de suficientes recursos humanos y técnicos, por lo que el organismo aconseja mayor inversión en la modernización y actualización del personal.

Además, estima necesario dotarle a dicho programa de mayores medios para cumplir con sus funciones en beneficio de los niños y de los adolescentes, así como de su núcleo familiar.