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José Dolores Almendárez clava sus ojos en el techo de la Sala de Neurocirugía mientras oye las palabras consoladoras de su hermano Gilberto Reyes.

Los dolores son insoportables, como si la bala todavía estuviera lacerando su piel e incrustándose en el quinto disco de su columna vertebral. Un doctor pulcramente vestido, entra en la sala atestada de enfermos, donde el aire está enrarecido por los malos olores y los rezos histéricos de muchos evangélicos.

El doctor le dirige una mirada hermética y le pide a su hermano que lo acompañe fuera del cuarto. Regresa 10 minutos después, 10 minutos que a José le parecen horas, y los ojos rojos de Gilberto ya le delatan la mala noticia.

 

La noticia fatal

“Mirá, hermano, yo sé que vos guardabas la esperanza de que una operación te ayudara a caminar de nuevo, pero eso no va a ser posible, los médicos coinciden en que el daño es demasiado severo”.

José no acepta el diagnóstico de los médicos ni entiende de riesgos ni de contratiempos. Solo quiere volver a jugar béisbol con su pequeño hijo de 11 años, correr a campo traviesa con su hija de cinco, y revivir su primer amor de la mano de su esposa.

“¿Que acaso no lo entendés? No me importa el riesgo, ¿no ves que estoy hecho un guiñapo? Quiero que me operen cuanto antes y arreglen esto que me hicieron”, gime con desesperación.

“José, los médicos no pueden operarte porque el daño es demasiado severo, tenés residuos de pólvora y de bala, y una cirugía puede matarte. Hermano, no hay nada que ellos puedan hacer. Lo siento”, murmura Gilberto.

José comienza a llorar como un niño. No puede creer que dos días antes estuviera preparándose para las fiestas de Santo Domingo, del cual era un ferviente devoto desde que tenía tres años.

Después, cuando su primer hijo nació con bajo peso y corrió el riesgo de fallecer, José le prometió al santo que todos los años le bailaría si le hacía el milagro de curarlo, y aun los más incrédulos tuvieron que reconocer que el niño mejoró inexplicablemente.

 

El día de la tragedia

La tragedia de José ocurrió el 10 de agosto mientras bailaba alegremente con las famosas vaquitas de Santo Domingo. De pronto escuchó una lluvia de gritos e insultos, y vio que se había desatado una trifulca frente a una tarima.

El silbido de una bala surcó el aire y se incrustó en su espalda como la aguja de un avispón. Los recuerdos posteriores a eso son como una nebulosa en su pensamiento, solo recuerda un dolor persistente que le quemaba el alma y el cuerpo.

Cuando despertó estaba en el Hospital “La Mascota”, y tras una cirugía fue transferido al Hospital “Lenín Fonseca”, con la esperanza y la fe de que la bala no hubiera provocado un daño irreversible.

Para su desgracia, el 12 de agosto, a las 9 y 12 minutos de la mañana, la vida se había encargado de darle la mala noticia.

 

Clama por justicia

Hoy, José se encuentra postrado en la Sala de Cirugía de Varones del Hospital “Lenín Fonseca”. Ha perdido la sensibilidad de la cintura hacia abajo. No tiene control sobre sus esfínteres, pero su mente aún está lúcida y clama por justicia.

“Yo espero que el peso de la Ley caiga sobre los responsables, porque tanto el Frente como la ALN se aprovechan descaradamente de las creencias del pueblo, y se burlan del fervor religioso para impulsar su burda campaña política”, aseguró José, quien ha visto en esta tragedia la destrucción de su vida.

 

Hijos a la deriva

José nunca fue un hombre de grandes aspiraciones económicas. Trabajaba como pintor de casas y hacía trabajos de albañilería y de fontanería, pero albergaba el sueño de que sus hijos fueran los primeros miembros de su familia en colgar un título universitario en la pared. Ahora, eso parece una utopía.

“Yo me pregunto, ¿quién va a asumir el pago de la educación de mis hijos si yo no voy a poder trabajar? ¿Los políticos que me hicieron esto? ¿Quiñónez? ¿La Juventud Sandinista? ¡No lo creo! Yo solo fui una baja necesaria, y conmigo se llevaron a toda mi familia.

La madre de José también tiene la angustia marcada en su rostro. No sabe cómo asumir esta nueva etapa en la vida de su hijo. Por ahora llora en silencio, y le pide a Dios las fuerzas para no quebrarse ante la injusticia del destino.

 

Se niega paso a END

Las dramáticas y dolorosas declaraciones brindadas por José Dolores Almendárez, se produjeron tras la negativa de la dirección del Hospital “Lenín Fonseca” de permitir el paso a la periodista de este rotativo.

Para ello, se tuvo que hacer uso de una estratagema en aras de llevar la voz de este hombre más allá de las fronteras de la intolerancia, la violación a los derechos humanos y la demagogia de políticos inescrupulosos.

“Daniel Ortega nunca debió enviar a sus vagos y delincuentes como grupos de choque, porque aunque él y Quiñónez estaban haciendo propaganda política, fueron los miembros de la Juventud Sandinista los que atacaron primero”, aseguró José.

A José le queda un camino largo y doloroso de recuperación física y moral, que le permita reencontrarse a sí mismo y aprender a vivir conectado a una silla de ruedas para siempre.