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La Concha está indignada. El informe policial que ubica al fallecido sacerdote Marlon Pupiro la madrugada del sábado en el centro recreativo La Borgoña, ha exaltado la rabia de la feligresía.

Los católicos no creen que el cura estuvo en ese lugar. No creen que él alguna vez visitó ese tipo de sitios. Aseguran que no trasnochaba. Están molestos, y la molestia los llevó a agredir a los policías que se encontraban en las afueras de la Casa Cural el domingo por la noche. 

Quisieron voltear la patrulla policial, “poncharon” tres llantas, gritaron, insultaron. El obispo auxiliar Silvio Báez tuvo que llegar a calmar los ánimos. Les gritó. Les habló del perdón. De la misericordia. De la justicia. De la impunidad. De la no violencia. Y les pidió que rezaran tres Ave María y se fueran a su casa. Tras el rezo también los invitó a escuchar una misa el lunes a las ocho de la mañana.

Ayer, la feligresía fue a misa y recorrió la ciudad detrás del Santísimo Sacramento. La tranquilidad regresó a medias a La Concha, pero la gente continúa escéptica. No conciben que el cura que ayudó a más de uno, fuese el mismo que estaba en La Borgoña a las 3:30 am. Y la Iglesia Católica está igual.

“Hay muchos elementos oscuros, hay muchas lagunas en la reconstrucción de los hechos. No queda claro que el móvil sea el robo, y el pueblo se da cuenta de ello. No se justifica un crimen tan horrendo por un simple robo de una camioneta. Se lo hemos dicho a la Policía, y la Policía nos ha comprendido y nos ha prometido que el caso sigue abierto”, expresó Báez

¿Qué lagunas? “De una supuesta salida de la Casa Rural en su camioneta y de una supuesta visita del padre a ese lugar. No vemos qué pudo haber pasado en ese lapso”, contesta monseñor.

A la par de la Policía, la Iglesia está investigando. Quieren corroborar si Pupiro frecuentaba ese lugar, y si de verdad lo visitó la madrugada del sábado 20 de agosto.

Ese sábado 20 de agosto

La taza de sopa de gallina de patio que se enfriaba sobre el comedor de madera en la planta baja de la casa cural de la Concha, estaba destinada a un cura que entonces yacía tieso en el asiento trasero de un vehículo estacionado en un parqueo del barrio “Edgard Lang”.

Era el sábado 20 de agosto, y nadie sabía a esa hora que el cura no regresaría a beber la sopa que le habían preparado para el almuerzo. Al sacerdote le fascinaba la sopa de gallina india, y el día anterior no había podido degustar esa misma comida, pues viajó a Managua a traer los boletines del colegio parroquial Monserrat. Le agarró el tiempo, y luego tuvo que ir a casar a una pareja de cursillistas.

La última vez que los feligreses de La Concepción vieron al padre fue durante el casamiento la noche del viernes. Antes de entrar a la Casa Cural, a media cuadra de la Casa San Pablo, adonde se casó la pareja, el cura compartió un trozo de queque con unos jóvenes y se fue a dormir.

Un vigilante vio salir su camioneta entre las 3:00 y las 3:30 am. El testigo no observó si el padre iba manejando el vehículo, pero sí que iban dos personasen la cabina.

José Ignacio Moraga Sánchez, de 70 años, fue el sacristán que acompañó al sacerdote Pupiro durante estos siete años. “Nacho”, como le llaman, no ha parado de llorar desde que supo que el párroco fue asesinado. Lo llora como se llora a un hijo.

El sábado 20 él llegó a la iglesia a las 5:00 de la mañana, como lo hace todos los días. Barrió el atrio, lampaceó la iglesia, y casi a las nueve de la mañana fue a desayunar frijoles con queso y café a la Casa Cural. El sacerdote Pupiro no estaba, y él no lo vio anormal, pues dice que el cura a veces madrugaba para ir a confesar a las comunidades cercanas. Pero había olvidado sus llaves. Y eso sí que era extraño.

La Casa Cural era un sitio inseguro. Jharib Cerda, de 22 años --cercano a Pupiro--, y otros amigos acompañaron al clérigo durante sus primeros días en La Concha. Hace mucho que el religioso regaló el perro boxer que tenía. Las puertas de la casa ni siquiera tienen pasador de hierro. Allí entran y salen los niños de la Escuela Monserrat, con la que comparte patio.

 ¿Y el padre?

La tarde del sábado el párroco tampoco apareció. Nadie lo vio raro. El domingo el padre no estuvo media hora antes de la misa, como acostumbraba. Tampoco estuvo a la hora de la misa y su camioneta no estaba. Todo el pueblo se extrañó.

Por la tarde, los feligreses se llamaron entre sí. ¿Dónde estaba el sacerdote? En la noche ya estaban orando. Algunos decían que su guía estaba secuestrado. Se aparecieron los primeros policías, preguntaron, preguntaron, indagaron y se fueron. La gente seguía orando. Escucharon una misa y muchos amanecieron en la iglesia.

¿Dónde estaba el párroco? Él estaba tirado en un basurero a la orilla de la Carretera Vieja a León. Su cuerpo, en estado de descomposición y desnudo, yacía envuelto en un colchón con una sábana de un motel. Y nadie lo sabía. El lunes se dividieron en grupos para buscarlo.

Aparece un cadáver: el párroco. Nuevos elementos: un motel, la visita a restaurante a la medianoche, un mesero llamado Yasker.

“¡Dejen de andar diciendo eso! ¡Lo tuvimos aquí ocho años y jamás fue un vago!”, grita una anciana en el parque de Sabana Grande, adonde el sacerdote Pupiro levantó una iglesia de casi 1 millón 300 mil córdobas, y adonde planean construirle una estatua.

Algunas madres de familia del colegio parroquial de La Concha han dicho que sus hijos identificaron a Yasker en las fotos circuladas por la Policía. Los niños lo habían visto en el parque. Otros en la iglesia. Pero Yasker no era ningún católico practicante. La gente lo identificaba más bien como un hombre trabajador.

 

Yasker, el mesero

Yasker es confeso. Dice que mató al cura y contó cómo, pero hay muchos cabos sueltos. Su madre, Miriam Tórrez, hipertensa, diabética, con enfermedades cardíacas y con una fractura en la pelvis, lamenta desconsolada que su hijo esté metido en este lío. “¡42 años trabajé. Mis alumnos saben lo que soy. Si mi único pecado fue que me saliera este hijo ingrato!”, exclama llorando.

El ataúd del estimado sacerdote salió de La Concepción hace una semana tan acompañado como llegó él hace siete años. Braulio Reyes, de Sabana Grande, no alcanzó en los cinco buses que salieron de esa comunidad el día de la vela. Pupiro, “El Gran Pupi”, el padre al que La Concha le reclama su honra murió.