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En 1973, un año después de que un terremoto de 6.2 grados en la escala abierta de Ritcher hizo sucumbir la mayoría de las grandes estructuras de la época y desaparecer el centro de Managua, se vio la oportunidad exacta para remodelar el tejido urbano que había predominado hasta la fecha, por lo cual se empezó a trabajar en un Plano Regulador para la Reconstrucción y el Desarrollo de la Capital, cuya población en ese entonces ni siquiera llegaba al medio millón de habitantes.

Un grupo de ingenieros de la Universidad Nacional Autónoma de México elaboró un estudio donde estableció las ventajas y desventajas del municipio y la propuesta de reconstrucción del centro de la ciudad. A pesar de los planes, no se logró, y según expertos, la falta de un punto central tiende a confundir y a ocasionar un desorden urbanístico.
En 1972 se estimaba que en Managua había 70 mil viviendas, de las cuales al menos 50 mil sufrieron daños estructurales, y una gran cantidad, de manera total.

Meses después que la falla Tiscapa se activara y destruyera la ciudad, el gobierno de turno decidió crear el Viceministerio de Planificación Urbana, Vimpu, que se centró inicialmente en instaurar una serie de reglamentos para reorientar la construcción de la ciudad, mientras los ingenieros mexicanos se encargaron de elaborar la propuesta para la construcción del nuevo “centro” de la capital.

Esta dependencia estaba presidida por el Ministerio de Vivienda y Asentamientos Humanos, ambas entidades se encargaron de presentar, en 1982, el Plan Regulador del Municipio de Managua, que aún sigue vigente y que faculta a la Alcaldía capitalina para aprobar desarrollos urbanísticos, pero en áreas que garanticen la seguridad a la ciudadanía y estén alejadas de zonas de riesgo.

Respetar límites
Managua es una de las ciudades más complejas que existen, según detalló el geólogo Dionisio Rodríguez, Director del Instituto de Geología y Geofísica, IGG, Ciego-UNAN Managua, por el nivel de vulnerabilidad que tiene, sobre todo a nivel geológico local.

El Plano Regulador de 1973 establecía claramente que por razones de seguridad los límites del “graben” o fosa técnica donde está ubicada Managua debían respetarse. Este está en el centro, entre la Falla Mateare, que se ubica desde el municipio del mismo nombre y va en dirección hacia Las Nubes, en El Crucero, extremo oeste de la ciudad.

Áreas que no se respetaron
El denominado respeto de la zona comprendía la no construcción cercana al sistema que pretendían utilizar como áreas verdes.

Las carreteras a Masaya y Sur eran consideradas áreas verdes, y de acuerdo con los expertos deberían mantenerse así, mientras que el ingeniero Rodríguez explicó que el terreno donde se encuentra el aeropuerto está afectado por la falla del mismo nombre, y que debido a esto, posterior al terremoto se había decidido que las zonas cercanas no se urbanizarían. Asimismo, se dejaría libre la zona costera del lago Xolotlán, para evitar problemas con las crecidas.

El exalcalde de Managua, Dionisio Marenco, señaló que Managua es una zona meramente urbana, pero debido a la agricultura impulsada en las partes altas se eliminó la cobertura vegetal y actualmente eso es lo que provoca las inundaciones de la capital, pues el agua pluvial baja de las sierras a velocidades de peligro: los 100 kilómetros por hora.

Por su parte, el director del Cigeo detalló que a pesar de la vulnerabilidad, “en Managua se puede vivir, todo es que se respete el terreno donde afectan las fallas y no se construya sobre ellas, o que se aleje la construcción de los trazos de fallas. Los estudios geológicos son la base para la planificación urbana”.

Planes posterremoto
Las propuestas de reconstrucción del centro de Managua comprendían la descentralización de la zona urbana, por lo cual se dividió en tres sectores: “Jean Paul Genie”, zona Oriental de Managua, y subcentro urbano “Rubén Darío”. La ciudad, entonces, según refiere Rodríguez, comenzó un crecimiento horizontal de Este a Oeste.

La zona costera quedaría libre, las zonas de las carreteras Panamericana, Sur y Masaya serían exclusivamente de áreas verdes. “Las fallas geológicas serán aprovechadas y se transformarán en jardines que albergarán áreas de por lo menos 50 metros de ancho”, estimaban los ingenieros mexicanos. En cuanto a las zonas para construir, se estableció que para que hubiese un buen drenaje se tenía que buscar lugares ubicados a no menos de 50 metros sobre el nivel del mar.

El proceso de reconstrucción quedó en planos y la ciudad siguió creciendo, aún más para el triunfo de la revolución.