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Las extensas garras del proxenetismo y la trata de personas la persiguieron a lo largo de sus años. Logró escapar. Estos males ahora siguen a sus hijas, y, desafortunadamente, una de ellas cayó en la trampa. Ahora hace todo lo posible por proteger a sus retoños y alertar a otras madres y a otros padres de familia para que cuiden a los menores antes que sea demasiado tarde.

La mujer, a quien por medidas de seguridad llamaremos Esperanza, actualmente tiene 37 años, pero su camino para acumular estos calendarios ha sido difícil. Ella proviene de una familia muy pobre de uno de los barrios de la capital, por lo que a temprana edad tuvo que dedicarse a vender diversos productos para ayudar con el sustento del hogar, y así enfrentó muchos peligros en la calle.

Esperanza relató a EL NUEVO DIARIO que cuando cumplió ocho años fue enviada por su familia a vender tortillas en el municipio de Ciudad Sandino. En su recorrido encontró a un hombre que le ofreció comprarle todo el producto a cambio de que se midiera un calzón en su cuarto, pero ella no aceptó. Sin embargo, el pervertido insistió y la mandó a comprar a una pulpería, y cuando ella regresó él había metido la pana de las tortillas en su cuarto. “Me dijo que entrara a su cuarto a sacar mi pana, pero yo no quise y fui a decirle a mi mamá”, recordó.

Hasta en Migración
Cuando cumplió 12 años anduvo vendiendo cajetas y en uno de los barrios capitalinos, un hombre bien vestido, a bordo de una camioneta 4x4, le sugirió que dejara de vender y que mejor trabajara con él realizando spots publicitarios. “Él me dijo que entrara a su negocio --una venta de libros-- y que me quitara la camisa para enseñarle los bustos, pero le dije que no, ya que pensé que no se trataba de un trabajo noble, sino de una trata de personas”, aseveró.

A los 19 años, Esperanza fue junto a su mamá a la Dirección General de Migración y Extranjería en busca de su pasaporte porque tenía pensado viajar a Costa Rica, pero nunca imaginó que hasta en las instalaciones de una institución pública se infiltraran tratantes de personas, al acecho de sus probables víctimas. “Un señor se me arrimó diciéndome que él me daba un buen trabajo como modelo, que iba a ganar buen dinero en dólares y que me pagaría los trámites de pasaporte; yo lo amenacé con denunciarlo con la autoridad y él se fue”, indicó.

Su hija fue víctima
Esperanza tiene tres hijas de 17, 13 y 9 años. Cuenta que a la mayor, cuando apenas cumplió 13 años, le ofrecieron trabajo de mesera en Guatemala, pero que gracias a los consejos que les ha dado a sus retoños, han sabido esquivar la trampa. “Pero una vez me la engañaron. Una amiga de mi hija se la llevó a la Plaza de la Revolución el 19 de julio, y la metió en uno de esos bares donde unos hombres le habían dado drogas en una cerveza y luego habían abusado de ella”, dijo entre lágrimas la mujer.

Actualmente, tiene a su hija de 13 años, recibiendo enseñanzas en Casa Alianza, debido a que vecinos han intentado engañarla al ofrecerle becas académicas y objetos costosos para robarle su inocencia. “Ahora yo alerto a mis hijas de todos estos peligros de la trata de personas, y les digo que no le hagan caso a nadie y que me avisen cuando alguien les haga un ofrecimiento. Hago un llamado a todos los padres de familia para que cuiden mucho a sus hijos, y así no los dejen caer en esta trampa”, finalizó Esperanza.