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--¿A qué hora está conectada usted? ¿Podemos platicar? --pregunta el señor, alto, delgado, excesivamente sonriente, que carga su cámara digital Sony y toma fotos de improviso a los invitados.

Al instante, propone:
--Le voy a contar unos chiles de salón muy buenos.

El señor parece tener la poción de la eterna juventud, pero no quiere contarla. Solo dice que la clave es amar lo que se hace y mantenerse ocupado. Tiene 91 años y el vigor necesario para enamorar a cinco muchachas veinteañeras.

--¿Le gusta cantar?

--¡Claro que me gusta cantar… en el oído de una muchacha! dice coqueto y tierno.

Julio César Díaz Landeros es el señor. Podría conocérsele por ser hijo del famoso Adán Díaz, dueño de Foto Estudio Díaz, que retrató numerosos desfiles de la Guardia Nacional, a Luis Somoza Debayle en el féretro, o a Sandino, posando junto a su padre, don Gregorio, su madrastra América y su hermano Sócrates; por haber filmado la inauguración de la Academia Militar o por ayudar a resguardar los tesoros que son esas fotografías, pero él se empeña en ser conocido como un anciano vigoroso.

--¿Me puede dar su correo? --pregunta él de sorpresa.
--¿Tiene correo electrónico?
--Tengo cuenta en Facebook, en Skype, en Badoo, en Hotmail. Yo platico con todo el mundo --dice riendo, sencillo y sin alardes de tecnócrata.

Cualquiera pensaría que Julio César Díaz Landeros también es un gran contador de chistes, pero no. Realmente tiene todas esas cuentas. Las usa, escribe, chatea, cuelga fotos, y no olvida llenar ese espacio “acerca de mí”, donde los cibernautas se mercadean o se abren al mundo con actualizaciones de sus estados de ánimos y gustos.

“Me encantaría encontrar a una mujer de buenas costumbres y que pueda llegar a quererme como yo a ella, de cualidades excelentes, educada, mayor de 50 años, sin compromisos y que podamos identificarnos con pláticas preliminares para congeniar mejor”, es parte de su presentación en el Facebook.

El 27 de septiembre se levantó con un deseo y lo puso en su estatus de Facebook: “Quisiera conocer mejor a mis amigas”. Gran parte de su día lo ocupa en la computadora, a la que casi semanalmente le entra un virus porque él no discrimina ningún correo electrónico o solicitud de amistad. Su apertura al mundo cibernético puede costarles caro a sus equipos informáticos.

Pero, ¿cómo se identifica él con sus amigos en Facebook?: “Una persona mayor, seria, de buen carácter, viudo. Tengo hijos, todos profesionales, casados, y viven su propia vida; dos están en el extranjero. Yo vivo solo en mi propia casa y estoy jubilado”.

Padre de cinco hijos, dos de ellos ya muertos, viudo, Julio César Díaz Landeros tiene otra pasión: la electrónica. Frente a su habitación, adonde tiene una computadora bien equipada, pantalla plana y con grandes parlantes, está su laboratorio de electrónica. Allí hay una gran lupa y aparatos en partes que él arma, desarma y examina.

Un ocio que le permite conocer el funcionamiento de las nuevas cosas que no pertenecen a la época que vivió y cuando conoció el mundo, ese otro mundo antes de estas redes sociales y aparatos electrónicos.

Bailarín, cantor, enamorador…
Díaz Landeros nació el 24 de julio de 1920, el mismo año que se fundó el estudio fotográfico de su padre, adonde años más tarde trabajaron sus cuatro hermanas, todas ya fallecidas.

Este señor parece siempre risueño, camina lento y sin tambalear, lee sin lentes, y solo deja de sonreír cuando habla de la muerte de sus dos hijos, pero pronto recupera el ánimo y habla de su celular “que es más complicado que una mujer”, según dice.

--¿Cómo se llega a los 91 años con esa alegría?
--Yo acumulo juventud. Le pongo mucho amor a todas las cosas. Otra cosa: uno tiene que estar aprendiendo algo toda la vida, así uno se mantiene ágil y activo… ¿sabe?

--¿Ajá?
--Ya todos saben que voy a salir en el periódico. Se lo conté a mis hijos en el Canadá, a mis sobrinos que están en Brasil. Le dije a la Carmencita, que es arquitecta, a mi otro hijo que es especialista en corazón de niño… ¡Tengo un montón de familia por todos lados… solo necesito una compañera! Como dice la canción de Los Bukis: “Necesito una compañera, que me ame, que en verdad me quiera…”.

Don Julio César es un enamorador innato. No se esfuerza mucho por coquetear con la mujer que tiene de frente. Luce siempre permisivo, atento, dispuesto. Nadie pensaría que su agilidad es la de una persona de más de nueve décadas de vida. Nadie imaginaría que el señor serio, camisa a rayas, ojeroso, calvo, con grandes entradas de la foto de perfil del Facebook, es el mismo que insistentemente hace ver a su interlocutora la necesidad de una compañía femenina.

Y quien lo oye se lo imagina bailando swing, su música favorita, o tocando guitarra, o tocando piano, o bailando tangos.

--¿Qué le gusta bailar?
--Música suave, boleros, swing, jazz, tangos. Me siento feliz cuando bailo con una chica --contesta él.

A las 9:53 a.m. del 21 de septiembre, el correo tiene un anuncio: “Julio César Díaz Landeros aceptó tu solicitud de amistad”. El señor tiene una nueva amiga en Facebook y no pierde tiempo en escribirle. “Con el mayor gusto acepto tu invitación. Ojalá seamos muy buenos amigos”.

Él se autollama “León de montaña”, pero no precisa la razón de su apodo. En su casa tiene un león de peluche que lo acompaña en sus momentos de ocio. Tiene un montón de retratos de su familia, de sus nietos, de sus hijas, de su esposa. La casa parece una sala de exhibición de retratos antiguos, fotos lejanas en blanco y negro, rostros que ya son de otro mundo, paisajes que fueron historia, eventos que quedan en los libros y recuerdos antiguos, otro mundo, otro país, otra época.

--¿Cuándo va a venir? --insiste Díaz Landeros.
--¿Para qué?
--Para que platiquemos, nos ríamos y acumulemos juventud --insiste jovial.

Entre otras cosas, ahorita está enfocado en informarse de “cosas modernas”, pues es técnico electrónico, pese a que mucho tiempo, antes del triunfo de la Revolución Sandinista, organizó ferias en el Parque de Ferias La Piñata, frente a la UCA.
Antes de ponerle un punto final a este escrito, mi computadora da un aviso: nuevo correo electrónico. Es don Julio. Asunto: “Muy buenos consejos para acumular juventud”.

Lo lee en voz alta: “He aprendido que nadie es perfecto hasta que no te enamoras. He aprendido que la vida es dura, ¡pero yo lo soy más! He aprendido que las oportunidades no se pierden nunca, sino que las dejas marchar. He aprendido que cuando siembras rencor y amargura la felicidad se va a otra parte. He aprendido que una sonrisa es un modo económico para mejorar tu aspecto. He aprendido que no puedo elegir cómo me siento, pero siempre puedo hacer algo. He aprendido que todos quieren vivir en la cima de la montaña, pero toda la felicidad pasa mientras las escalas. He aprendido que es mejor dar consejos solo en dos circunstancias: cuando son pedidos y cuando de ello depende la vida”.

Los recuerdos históricos

La vida de su familia va ligada a importantes momentos históricos del país. Una foto de seis guardias somocistas vestidos de blanco en un desfile dominical va de la mano con otra de un féretro que, según Díaz Landeros, es del expresidente René Schick. En aquel entonces el Foto Estudio Díaz quedaba en la Calle 15 de Septiembre.

Recientemente, la sobrina de Díaz Landeros realizó una exposición con las fotografías tomadas en las décadas de los 40, 50 y 60, y con las cámaras fotográficas de la época.

Julio César Díaz Landeros respiró los aires de aquella Managua que quedó retratada en los álbumes familiares, y que murió en 1972 con un terremoto que sumió a la capital en dolor, fuego y destrucción.

Él no precisa las fechas de las fotografías. Parece que la memoria nunca ha sido su pasión, pues solo recuerda con especial interés cuando su padre lo mandó al acto de inauguración de la Academia Militar a hacer un filme. También recuerda el día cuando, siendo niño, su padre lo llevó a la toma de posesión de José María Moncada. Allí está la foto con la firma Díaz F en alto relieve, que aun usan en el estudio que dirige su sobrina.

“El estudio se interrumpió dos veces, en el terremoto de 1931 y en el de 1972, pero el estudio creció y creció. Venía mucha gente de Costa Rica a tomarse fotos”, cuenta nostálgico.

Y dice que “de la familia mía solo quedé yo de muestra. Yo tomé varias películas para cine, una de ellas fue la inauguración de la Academia Militar”.

Luego muestra las fotos colgadas en una pared de su casa, muchas de ellas tomadas en el estudio. “Antes de revelar las fotos, las pintaban con una pintura especial. Le preguntaban: ¿qué color de vestido quiere usted? Y así, según dijera el cliente, se lo pintaban. Si tenía arrugas se las podían quitar. Si quería un lunar, se lo ponían; si no le gustaba el lunar que tenía, se lo quitaban”.

Con razón muchas de las fotos parecen retratos, con retoques artesanales que ahora se hacen fácilmente con PhotoShop y otros programas de computadoras. Aquí, que huele a historia, se puede observar aún las viejas cámaras de fuelle, armazón de madera, trípodes de roble y visor de vidrio con cuarto oscuro integrado para manipular la cinta ahí dentro. Hay rollos de viejas cintas de películas, marcas ya inexistentes.

“Las fotos las retocaba una de mis hermanas, pero otros hacían las impresiones. En la exposición que hizo mi sobrina, que ahora tiene el estudio, mucha gente llegó a reconocerse cuando tenía 15 años”, dice.