Jorge Eduardo Arellano
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EL PAÍS
Segunda Parte

En la lista difundida por el juzgado del condado de Schleicher hay al menos cinco mujeres adultas y 14 menores con el apellido Jeffs. Muchos de los niños aseguraron a los agentes de Protección de Menores que no sabían quién era su padre.

Algunos no sabían ni cuál era su propio apellido. Según el testimonio de uno de los agentes que entraron en el rancho gracias a la orden de registro firmada por la juez Barbara Walthers, estaban aterrados. Protección de Menores habló con algunos de ellos, inspeccionó algunas viviendas y decidió que los niños debían ser llevados a un lugar seguro.

Según el acta notarial presentada por esta agencia ante el juzgado del distrito 51 de Tejas el pasado 7 de abril, ‘hay suficientes indicios para llegar a la conclusión de que los niños han sido víctimas de abusos sexuales en una o más ocasiones’.

Los agentes del Gobierno dijeron sin rodeos que Anhelo de Sión era un lugar donde ‘las menores residentes eran forzadas a prever y aceptar actos sexuales con hombres adultos tras haber sido casadas de forma espiritual con ellos’. Ése fue el calvario que vivió en sus carnes Sarah Jessop, la adolescente que tuvo la valentía de marcar el número de un centro de acogida de mujeres maltratadas el día 29 de marzo.

La llamada
El centro New Bridge, de la cercana localidad de San Angelo, recibió diversas llamadas en las que una voz susurrante se identificaba como una residente del rancho Anhelo de Sión de 16 años, obligada a casarse con un hombre de unos 50 al que identificó con nombre, apellido y fecha de nacimiento. Este hombre tenía otras seis mujeres, tres de ellas en el rancho. ‘Tuve una hija el año pasado. Tiene ocho meses’. Dependía de su marido para todo, era su sombra y su juguete. Cuando el esposo se enfadaba, la ‘golpeaba y hería’. Le daba puñetazos en el pecho. En una ocasión le rompió ‘varias costillas’. La violaba sin cesar, y, de nuevo, estaba embarazada, camino de su segundo hijo antes de los 17.

Volvió a llamar la noche del domingo 30, y comentó que estaba utilizando el teléfono móvil de otra persona. El profeta y sus compañeras le habían advertido de que más allá de Anhelo de Sión sólo había destrucción, ‘extraños que me cortarán el pelo, que me obligarán a tener sexo con muchos hombres’, dijo. De repente, algo cambió. O se arrepintió de lo que estaba haciendo o alguien la descubrió. El caso es que su tono cambió radicalmente. ‘Soy feliz, estoy bien, no quiero meterme en problemas’, dijo. Colgó entre lágrimas.


Todos los menores rescatados
Cuando el registro del rancho acabó la noche del miércoles, los agentes no habían encontrado a Sarah Jessop. Y a pesar de que fue su llamada la que tiró del hilo de los abusos y el incesto, los agentes de Protección de Menores no dieron ni un paso atrás. Decidieron que había suficientes indicios para demostrar que en el rancho había habido abusos repetidos a menores de edad. ‘Hemos entrevistado a todos los niños, y por las informaciones que tenemos podemos confirmar que hay otras víctimas que sufrieron abusos’, dijo el martes la portavoz de la agencia, Marleigh Meisner. Decidieron sacarlos del rancho urgentemente.


El recuerdo de los davidianos
Mientras los niños y las mujeres iban saliendo del rancho, en autobuses escolares y de línea, los hombres se quedaban dentro. Los agentes comenzaron a interrogarles mientras registraban todas y cada una de las instalaciones, a la búsqueda de Sarah Jessops y de material escrito e informático que sirviera como prueba para confirmar los abusos.

Hasta que llegó la hora de entrar en el templo. Fue entonces cuando los hombres rodearon esta instalación, con los brazos cruzados, impidiendo el paso a la Policía. A las siete de la tarde del sábado, los ciudadanos de Eldorado comenzaron a ver llegar las ambulancias. ‘En ese momento, todos pensamos en Waco y nos temimos lo peor’, explica el camionero retirado Charles Conn.

El suspiro duró poco. Los que entraron en el imponente edificio blanco de la secta de Sión descubrieron en su interior una cama deshecha, con las sábanas revueltas y cabellos de mujer enredados entre sus hilos, según la investigación de la Policía estatal. Un confidente anónimo reveló a los agentes que los ancianos de la secta casaban a las niñas en el templo y luego las forzaban a entregar su virginidad al marido inmediatamente, sin esperar un segundo.