Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

ENVIADO ESPECIAL, Amstetten

Christine R., la cuñada del monstruo de Amstetten que enclaustró a su hija durante 24 años, declaró el jueves en el diario austriaco 'Österreich' que Josef Fritzl fue encarcelado a causa de una violación cometida en 1969. “Yo tenía 16 años (AHORA, 56) cuando lo metieron en la cárcel. El delito me pareció repugnante, sobre todo porque ya entonces tenía cuatro hijos con mi hermana”.

Quince años después de aquella supuesta violación, Fritzl encerró a su hija Elisabeth en el sótano. Y diez años más tarde, en 1994, Fritzl llamó por teléfono a su esposa Rosemarie, de 68 años en la actualidad, y se hizo pasar por Elisabeth para pedirle a la esposa que adoptaran a Monika, la niña que había engendrado con ella. Rosemarie reportó aquella llamada a la Policía.

Y los agentes, con objeto de tramitar la adopción, rastrearon los antecedentes penales de Fritzl. Pero su expediente estaba limpio. Ahora, sin embargo, la Policía austriaca trata de arrojar más luz sobre los 73 años de Fritzl, desenterrando casos que llevaban lustros olvidados y que sucedieron cerca de los lugares que el monstruo de Amstetten frecuentó.


Lo reconoció por los ojos
Una mujer ha declarado que ella fue violada por Fritzl hace varias décadas. Asegura haberlo reconocido por sus ojos. La Policía también estudia ahora la violación y asesinato en 1967 de Martina Posch, una adolescente de 17 años. Alguien abusó de ella junto al lago Monsee y después la mató.

Los buzos de la Policía encontraron su cadáver desfigurado en las profundidades del lago. Fritzl tenía una posada a la orilla de aquel lago. “Ahora tenemos que comprobar si algunos objetos que tenía Martina el día en que la asesinaron se encuentran en la casa de Fritzl”, declaró Alois Lissl, jefe policial de la región de Alta Austria.

La investigación dentro de la casa no ha hecho más que empezar. Flitzl había amenazado a sus hijos del sótano con activar un supuesto mecanismo de gas por el que morirían todos en caso de que intentasen escapar. Eso explica, según la Policía, que Fritzl nunca llegara a ser atacado por sus rehenes. La Policía investiga ahora si ese mecanismo existía.


El misterio de la puerta
También investiga si la puerta de 300 kilos de peso y 1,60 metros de altura podía abrirse desde dentro, tal como Flitzl asegura. De los 35 agentes que desde hace una semana rastrean este bloque gris desde el que apenas se ve nada desde la calle, seis de ellos están centrados en desentrañar el mecanismo que hacía funcionar la puerta.

Mientras tanto, fuera de la casa continúa el circo mediático. La mayoría de los vecinos se niegan ya a hablar con la prensa. Otros cobran por alquilar sus terrazas y azoteas a los canales de televisión. Y hay curiosos que llegaban ayer, día de fiesta, con sus mejores galas de domingo y sus niños de la mano, desde más de cien kilómetros, para visitar la calle del crimen.

El monstruo de Amstetten parecía un tipo agradable con casi todo el mundo excepto con su esposa y su cuñada Christine. “Conmigo se metía diciéndome gorda. Decía que no le gustaban las mujeres gordas. Y yo le dije: ‘mejor ser gorda que calvo’. Después de eso fue a Viena y se hizo un implante de cabellos”.


Decía que hacía planos
Fritzl solía bajar al sótano todas las mañanas a las nueve. “Decía que estaba trabajando en planos de máquinas que vendía a una empresa. A mi hermana Rosi le tenía prohibido bajar allí. Ni siquiera le estaba permitido llevarle café. A veces también pasaba la noche en el sótano. Ahora sabemos por qué”.

Christine se refiere a su cuñado Josef Fritzl con el diminutivo de Sepp y a su hermana Rosemarie, de 68 años, con el de Rosi: “Mi hermana se casó con Sepp cuando tenía 17 años, no tenía formación ni profesión. Y él se aprovechó de eso durante 51 años de un modo horrible”.

Christine le tenía miedo, como toda la familia, según ella. “Era un déspota. Cuando entraba en una habitación todos los niños se callaban y se quedaban quietos, incluso si estaban jugando. Se sentía el miedo que todos tenían a los castigos. La única forma de escapar de ese ambiente era independizarse o casarse. Y todos se fueron yendo de la casa en cuanto alcanzaban la mayoría de edad”. “La mujer le tenía miedo”, confirma un vecino. “Si él le decía que se estuviera callada, ella obedecía inmediatamente”.

Cuando el tercer bebé de Elisabeth apareció en la puerta de la casa de Fritzl con una carta en la que Elisabeth pedía que la adoptaran, la cuñada le sugirió que buscara a la hija entre las sectas de la región y él le contestó: “No servirá de nada”. “Y con eso se acabó la discusión. Su palabra era ley”, señala Christine.

Fritzl había impuesto un aire marcial con su esposa Rosemarie y con los siete hijos que había tenido con ella. Pero eso no le impedía disfrutar de los chistes procaces, que celebraba con carcajadas estruendosas. “Era un poco violento oírlo reír, porque todos éramos conscientes de que hacía años que no mantenía relaciones sexuales con mi hermana”, relata Christine.