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Uno de los más talentosos periodistas que ha producido Nicaragua en los últimos cincuenta años, Horacio Ruiz Solís, falleció víctima de una complicación respiratoria el miércoles a las 9:45 de la noche en el hospital Médicos Unidos de Managua, a solamente cuatro meses de cumplir ochenta años.

Sobreviven al extinto periodista sus hijos Alan y Nora Horne, Richard y Ana Fodor Ingelido, Horacio y Aylin Ruiz, Alvaro y Luz Helena Peralta, Isela y Fernando Leal, Róger y Rosalba Jirón, Ronald, Margarita y Verónica Ruiz, así como 16 nietos y un bisnieto. La familia recibirá condolencias el viernes 16 de mayo a partir de las 6 p.m. en la a funeraria Don Bosco.

Su encuentro con Pedro

Cuando el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal regresó de México para ponerse al frente del diario La Prensa en 1948, descubrió el talento de Horacio, un humilde tipógrafo del periódico, al que poco después invitó a formar parte de la Redacción en virtud de su facilidad narrativa y descriptiva, y de la vasta cultura autodidacta que su memoria prodigiosa había acumulado hasta entonces.

En su posterior desarrollo como periodista, Horacio Ruiz enriqueció su formación intelectual con el aprendizaje de idiomas extranjeros --dominó Inglés y Francés-- y estableció contactos de trabajo con grandes medios internacionales de comunicación que publicaron sus escritos, como Le Monde, O Estado de Sao Paulo, El Diario de Las Américas, la agencia italiana ANSA y la France Press, de la que fue corresponsal en Nicaragua durante los años sesenta y setenta.

Profesor de Periodismo

También enseñó Redacción, Titulación, Diseño y otras materias en la antigua Escuela de Periodismo de la Facultad de Humanidades de la UNAN-Managua, donde se le recuerda como un profesor algo distraído, pero profundamente sabio y humilde, al que no le gustaba asumir posiciones doctorales ni utilizar la pizarra, pero a cambio, solía armar ruedas de pupitres y alumnos para explicar los secretos del Periodismo impreso hablando pausadamente, y trazando rayas sobre un periódico o una revista.

Horacio Ruiz Solís, veterano escritor de diarios y jefe de Redacción por varias décadas, a quien muchos de sus subalternos y alumnos llamábamos “El Maestro”, llegó a ser director ejecutivo de La Prensa en los años ochenta, hasta su separación del diario a finales de los años noventa.

Era realmente un mago en el manejo de los textos y los títulos a efectos de provocar sensaciones políticas entre sus lectores.

Tras ser retirado de La Prensa, ejerció durante varios meses la dirección del resucitado por Arnoldo Alemán diario liberal “La Noticia”, hasta poco antes de 2000, y luego, según su hija Ana María, siguió colaborando con noticias y reportajes para medios informativos extranjeros hasta unos días antes de su muerte, en la medida que sus cada vez más precarias condiciones de salud se lo permitían.

Don Horacio, como también le decían, era campeón para salvar ediciones “flojas” de periódicos en días de vacaciones, mediante el descubrimiento de elementos noticiosos perdidos en textos anodinos, y la elevación de éstos a primeras planas a través de una titulación certera, ágil, interesante y audaz.

Una crónica de antología

Entre sus muchos trabajos memorables, figura destacadamente la crónica sobre la noche del terremoto que destruyó Managua el 23 de diciembre de 1972, titulada “Un ensayo del juicio final”, cuya lectura todavía arranca lágrimas a los sobrevivientes del desastre, y aun a los que todavía no habían nacido cuando ocurrió el gran sismo.

En síntesis, Horacio Ruiz fue un gran artífice de la literatura periodística, donde con la misma facilitad escribía una noticia impactante que una crónica memorable, o un reportaje aleccionador lleno de datos, de hechos y con profundos enfoques personales que burlaban la objetividad sin anularla por completo.

Su estilo periodístico rompió el viejo estereotipo de que los lectores prefieren solamente los trabajos cortos, pues las crónicas y reportajes de Horacio, aunque algunas veces tremendamente largas, “no tenían desperdicio”.

Era así, por su gran virtud de atrapar al lector con una entrada impresionante, para luego dejar caer implacablemente datos y hechos hasta que, en la frontera del aburrimiento, introducía un elemento de misterio que volvía a despertar el interés del lector para terminar atrapándolo nuevamente con el impacto de las primeras líneas del párrafo siguiente, y así por el estilo, hasta llegar a los últimos párrafos, que cerraba, en nombre de todo el reportaje, con una conclusión lapidaria y memorable que incitaba a la reflexión.


Era un gusto leerlo
Maestro en el urdimiento de tramas periodísticas, don Horacio se permitía jugar con la atención de sus lectores, uno de los cuales, sentado en su silla de barbero a falta de clientes, me confesó una lluviosa tarde lejana, con un periódico en la mano: “Es un gran gusto leer a Horacio Ruiz”.

Esa afirmación, sin duda alguna, podrán comprobarla los lectores del presente y del futuro, mientras persista obstinadamente la huella de sus escritos legendarios en viejas revistas o amarillentos periódicos de Nicaragua y el mundo
“El más bello reportaje no se leerá jamás si carece de una buena entrada, y en caso de que la tenga, no dejará ninguna huella si le hace falta un cierre impresionante”, solía decir don Horacio, y algunos de sus discípulos, aunque con problemas de poca inteligencia, creo que aprendimos la lección.

Hasta pronto Maestro.