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Las Segovias, 1927. El General Augusto César Sandino, jefe del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, se hospedaba con su Estado Mayor en la casa de los padres de Blanca Stella Aráuz, en San Rafael del Norte.

Allí mismo estaba instalada la oficina telegráfica, donde él permanecía largas horas del día y hasta de la noche frente a la mesa en que se encontraba trabajando Blanquita, a como se le decía por respeto y cariño a la futura esposa.

Las conversaciones del General eran muchas por telégrafo, comunicándose constantemente con los diferentes frentes de batallas en varios departamentos del país. Entonces Sandino se oponía a la invasión militar de Estados Unidos a Nicaragua y combatía a las tropas extranjeras por todo el país. En ese contexto de guerra fue como se conocieron y se enamoraron.


ÉL 32, ELLA 18
El día miércoles 18 de mayo de 1927, el mismo día que el General Sandino cumplía 32 años de edad (nació en 1895), contrajo matrimonio con Blanca Stella Aráuz Pineda (nacida el 25 de mayo de 1909), en el templo de San Rafael del Norte.

Eran las dos de la madrugada de ese día; el ambiente estaba muy frío, oscuro y neblinoso. Para el General, el ambiente parecía estar de fiesta. Un grupo de damas y caballeros con indumentaria de montar, encaminaba sus ligeros pasos ora a la casa de la honorable familia Aráuz Pineda, ora a la iglesia, ora en fin asomadas a sus puertas, agrupadas en las bocacalles...

Algo sensacional iba a suceder. Parecía que el entusiasmo, la alegría o la curiosidad ponían en tensión los nervios o conmovían las fibras de todos los sentimientos.

Sonaron las dos de la madrugada y acto continuo, como estaba previsto, inició el desfile. Presidían el cortejo seis jóvenes soldados, trajeados con uniformes de montar.


Iba de botas altas y uniforme...

Llevaban sendos fusiles y pistolas. En el centro la novia; la elegante señorita llevaba entre sus manos una primorosa Virgen de los Desamparados, obra meritísima de fina porcelana, y a sus lados, otras damas con un Cristo.

Después, don Miguel Ángel Aráuz Pineda, de rigurosa vestimenta, llevaba del brazo a su joven y espiritual hermana menor, Blanca Stella Aráuz; pura, parecía porción de espuma emergida de un fondo encantador, caminaba despacio, velado el rostro por fino punto de seda, coronada de azahares, con exuberante montón de flores en la diestra, viendo apacible y dulcemente las miradas escudriñadoras de acompañantes y curiosos.

Junto a ella, el General Sandino, quien tenía sus armas al cinto. Su traje era uniforme de montar de tela de gabardina color café y botas altas de color oscuro, limpias y brillantes; un pañuelo de seda rojo y negro anudado al cuello y se tocaba con un ancho sombrero Stetson al estilo de Texas, inclinado sobre su frente.

Detrás venían, en dos prolongadas filas, la selecta e innumerada concurrencia, y a ambos lados de esta compacta muchedumbre, juntos encaminaban sus pasos a la santa iglesia parroquial.


Incienso y cirios
La iglesia la encontraron profusamente iluminada, luces brillantes, ornamentada de blancas gasas, de lucientes mantelerías ricamente bordadas, muchas palmas verdes y muchas flores. Se respiraba el olor del incienso y de los cirios que ardían.

El olor de las flores que adornaban el templo y los perfumes diferentes que llenaban el aire, le trajeron al General recuerdos de los días de su infancia en su natal Niquinohomo, Masaya.

El sacerdote Alejandro Mejía se presentó a la escena. Su vestimenta blanca y recamada de oro le daba aspecto de austero cenobita, y la ceremonia inició. Las palabras sacramentales de la liturgia católica eran escuchadas con deleite y beatitud.

Los invitó a la confesión, y así lo hicieron, con mucha sinceridad. Los padrinos y los novios se postraron de rodillas ante el altar.

Un Te Deum de sonoras notas se escuchaba abajo. Muchas evocaciones espirituales vinieron a su mente, y casi en éxtasis se oyó la música hermosa y clara de la Orquesta del Pueblo, compuesta por hermanos, primos y tíos de la familia Aráuz Pineda, quienes tenían voces angelicales y divinas.

“Eran la música y las voces a la vez tan dulces y tan sentidas, que pasaban como un suspiro de amoroso pecho o como el beso amoroso de un ángel acongojado y doliente”, pensó el General.

Todo terminó ya en el templo. Los nuevos esposos salen radiantes de placer después de jurarse amor hasta el fin de sus vidas.

Salieron de la iglesia, y en la calle, ya amaneciendo, se sentían como seres divinos. Les parecía que iban caminando sobre el aire. Afuera de la parroquia había diez bestias ensilladas. Eran del jefe de día y sus ayudantes, del Ejército Defensor. En la esquina de una calle, agrupados, los muchachos de su ejército los felicitaron a su pasada.

Llegaron a la casa de los suegros: lágrimas de regocijo y felicidad brotaron de los ojos de la madre, doña Esther Pineda Rivera, y de sus hermanas, Lucila, Isolina y Esther Aráuz.

Cuando entraron a casa de la novia se escucharon en todo el pueblo disparos de fusilería. Nadie les había pedido el consentimiento para ello, pero el matrimonio comprendió que era el entusiasmo de los muchachos, y no podía decírseles nada.

Por todas las calles se escuchaban entusiastas vivas, y desde ese momento les llegaron muchas felicitaciones de todos los frentes de guerra y de los rincones del pueblo.

A las tres de la tarde de ese mismo día fue la ceremonia civil, y con ésta el General Augusto César Sandino y la señorita Blanca Stella Aráuz estaban autorizados por Dios y el Estado para vivir unidos después que el amor había hecho de ellos un cambio de almas, nacidas quizá la una para la otra.

El salón principal estaba pleno de gente. La luz radiante parecía rivalizar con el brillo de tantos y tan bellos ojos; la elegancia del porte, la cordialidad y la alegría parecían infalibles y constantes.

El programa musical fue casi doblado por las repeticiones y ejecutado con el gusto y la maestría que sólo tienen los integrantes de la Orquesta del Pueblo.

El evento terminó a las 5:50 de la mañana del día siguiente, pero la concurrencia no estaba satisfecha, menos cansada, y vino después la musicalidad de la palabra del poeta Octavio Aráuz Pineda. Merecieron aplausos sus poemas y fueron tributados con largueza.

Ya clareaba el nuevo día, los rayos matinales asomaban en el oriente, los pajarillos piaban en el jardín vecino y todos fueron a acompañar a los amantes desposados al nido de amor que la fe y la constancia los hizo fabricar y disfrutar.

Dos días después el General tuvo que abandonar a su esposa y se internó en las selvas de Las Segovias, desde donde permaneció defendiendo el honor de la patria.


Matrimonio sufrió hasta la muerte
El matrimonio entre el General Augusto César Sandino y Blanca Stella Aráuz duró cinco años de penurias y dolores por la guerra y la lucha del guerrillero.

Según fotos y cartas recopiladas por la familia de Walter Castillo Sandino, autor de este documento, la pareja recorrió el país en tiempos de guerra, y fue ya cuando soplaban aires de paz, que ella falleció durante el parto de la niña Blanca Segovia, el dos de junio de 1933, en horas de la mañana.

En una carta que Sandino mandó el diez de junio de 1933 a María Cristina Zapata, Presidenta del Comité Interamericano de Mujeres, le contaba del dolor de haber perdido a su esposa por complicaciones del parto que trajo al mundo a Blanca Segovia Sandino Aráuz, hija única del matrimonio, y a quien Sandino habría profetizado que algún día capitanearía el movimiento feminista en Nicaragua.

“Con respeto y cariño he recibido sus enérgicas frases de condolencia por la desaparición de mi inolvidable esposa. No obstante el dolor que me embarga en estos momentos, reconozco en sus frases vibraciones de libertad. Me permito exhortar a usted a ser siempre la abanderada de los derechos emancipadores de la mujer nicaragüense.

“Mi esposa pereció en el parto a consecuencia de golpes recibidos al caer de una mula cuando nuestro Cuartel General se conducía a esta población (San Rafael del Norte) trayendo mis instrucciones de conservar la paz que culminó el dos de febrero del corriente año (1933)”.


Inicio de la leyenda
Antes, según averiguaciones de Castillo Sandino, la esposa del General había sufrido dos abortos espontáneos por las difíciles condiciones de vida en las montañas del país, donde el ejército del General Sandino combatía a las tropas estadounidenses que ocupaban el país desde 1926.

Ocho meses después, el 21 de febrero de 1934, en horas de la noche, Sandino murió fusilado por miembros de la Guardia Nacional, dirigida por Anastasio Somoza García, precursor de la dinastía de 43 años que dominó Nicaragua a sangre y fuego.


Así murió el General... y así nació la leyenda.