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El Lago de Managua se niega a morir --así opinan aquellos que encuentran en esta cuenca más beneficios que usarlo de cloaca-- como el pescador Javier Ortega. Para él, el Lago está más vivo que nunca.

Cada día desde temprano por la mañana, arrastra su pequeño bote azul, dentro de las grises aguas para ganarse el sustento. Javier tiene 22 años, y desde los diez, su oficio ha sido pescar en este lugar, donde dice nunca bañarse, pese a que remoja sus manos de vez en cuando en el agua, para que no se rajen por el uso de los remos.

En un día de trabajo que él califica como “bueno”, puede llegar a sacar hasta 30 docenas de tilapias y mojarras que vende en el mercado Oriental a un precio de 15 córdobas. Hay días “malos” en los que con costo saca diez docenas, pero dice sentirse agradecido con el Lago, mientras su remo se mueve sin cesar para hacer avanzar el bote, donde vamos de polizontes.

Las ráfagas de viento hacen que sintamos menos los rayos del sol quemando nuestra piel, pero también provoca que el hedor se haga más notorio, y alborota el oleaje lanzando pringas, que al secarse dejan manchas grises en nuestra ropa.

Los cauces de manjol

Aquí se va a sentir más el hedor, nos advierte Javier, pues estamos pasando frente a uno de los cauces de manjol.

Y es que los pescadores tienen dos formas de distinguir los cauces que ha diario ensucian el Lago. Están los “cauces de calle”, por donde desciende el agua de los cauces que surcan Managua, y se supone que son para drenaje pluvial, pero que todo el año lanzan al Lago agua y basura, y los “cauces de manjol” --que son la vergüenza de la capital-- por donde a diario drenan las aguas sin tratamiento, que arrastran las aguas domiciliares, excretas y todo aquello que se nos ocurra, que un poblador cualquiera de Managua, pueda tirar al caño cuando se baña, lava o asea su casa.

En esta parte, cuando pasamos frente al “cauce de manjol”, el agua cambia de color y se torna sumamente oscura, incluso las gotas no caen del remo fácilmente, podría decirse que el agua es pesada, sin meternos a cuestiones químicas.

Cuando le consultamos a Javier si considera que el Lago podrá ser saneado algún día --como anuncia la municipalidad de Managua que ejecuta un megaproyecto para ese fin--, se ríe y asegura que no lo cree, y que sería un problema para los 50 pescadores que a diario sacan peces de aquí, porque, “¿qué comerían los peces?”

El Lago esta vivo, dice Javier, hay montones de peces, hay lagartos del tamaño de mi bote que mide cinco varas, y lo que deberían hacer es mandar a limpiar las orillas. Para nosotros es más problema la basura, las bolsas, las llantas que lo otro, porque ponés el trasmallo y sale más basura que peces. Mientras dice eso, su remo desintegra sedimentos oscuros que se diluyen en el agua gris.

Sembrando y luchando

Otros que confían en la vida del Lago, son los hermanos Marco y Francisco Muñoz Hernández, quienes tienen alrededor de siete años cultivando en la playa del Lago.

Hemos limpiado como cuatro manzanas --dice orgulloso Francisco--, donde tenemos sembrados chagüites, pipianes, ayotes, y hasta el año pasado yuca, porque pasábamos cuidándola ocho meses, y apenas ya estaba de cosecha, venían los ladrones a arrancarla y casi uno tenía que agarrarse con ellos para que no se la llevaran.

Nadie nos daba trabajo, así es cuando uno está viejo, y por eso me vine a sembrar, comenta Francisco --mientras sonríe y deja ver una boca desdentada--, pero estamos esclavizados porque no podemos dejar solo, aquí nos roban todo. Estamos durmiendo casi en el suelo y en hamacas, porque se nos llevaron unas láminas de zinc y unos camastros que teníamos.

Marcos comenta que se turnan para salir, y que no es inusual ver a los ladrones bajando en la zona para repartirse botines. “Aquí uno esta sembrando y luchando porque lo dejen siquiera vender la mitad de las guineas que tiene cultivadas” dijo.

En la poza

¿Vos andas tortugueando? Le preguntan los hermanos Muñoz Hernández a Javier, y éste contesta que no. De inmediato dicen que hay una tortuga gigante en una poza, que es “arisca” y que se esconde cuando la quieren atrapar.

Caminamos a la poza en busca de la tortuga, y a nuestro paso nos encontramos con mucha basura, y en medio de unas plantas de chagüite, con un soldadito anaranjado, de juguete, que los agricultores citadinos nos dicen debe pertenecer a uno de los muchos niños que juegan en el lugar y se bañan en la poza, que no es más, que la caída de un cauce de calle, que las lluvias han profundizado.

Abordamos de nuevo el bote y dejamos atrás las garzas, piches y patos que alzan su vuelo cuando escuchan el remo. Antes de descender, Javier nos dice que se quiere jubilar, a menos que pueda comprarle un motor a su bote.

“El bote se lo compré en cinco mil pesos a un señor de Tipitapa, hice un préstamo, pero andar remando todo el día no me permite sacar lo necesario, con un motor podría encontrar más peces e ir más lejos en busca de pique”, concluye al bajar del bote, donde termina nuestro viaje.