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Quisieron una vez don Cleto Urbina y su esposa, Ana Rivas Pérez, ambos campesinos y dedicados a labores de campo y agro, heredar a sus 10 hijos e hijas una finca que con esfuerzo adquirieron en 1947.

Antes había que enseñarles a los vástagos el amor a la tierra, el cuido de la naturaleza, los secretos del suelo, el misterio de las lluvias y el tiempo para las siembras, el momento de los árboles, la profundidad de los surcos y la época de cosechas.

Todos unidos, como solían ser las familias campesinas de antaño, se dieron a la tarea de vivir del fruto de la tierra en esa finca plana que se fue nutriendo del ombligo y los cordones umbilicales de las generaciones de sangre de la familia Urbina Rivas, que fue creciendo y poblando los montes de la finca rústica que un día, de tanto trabajo y vigores unidos, se convirtió en una bonita aldea de parientes dedicados a las labores del campo.

“Mi padre nos enseñó todo sobre la tierra, era un hombre bravo al trabajo y de mano fuerte para criar al muchachero”, cuenta con voz pausada y cansada don Pedro Pablo --uno de los hijos mayores de don Cleto Urbina--, quien se esfuerza para recordar que sobre esas tierras que ahora se ven lisas y pelonas como mesas de billar, ya se verá más adelante por qué, él y sus hermanos y amigos de las fincas vecinas, aprendieron entre azotadas de padre severo y juegos de muchachos insolentes, los secretos de sacar vida de la tierra.

Enseñanzas de vida

“Dios guarde no hacerle caso a mi papa, eran pijiadas duras las que nos pegaba si no agarrábamos el paso con las tareas”, ríe con esfuerzo el señor, que nació en 1935 en el seno de una familia conservadora, ya que debe saberse que su padre fue simpatizante del Partido Conservador y adverso hasta la muerte del Partido Liberal de la familia Somoza, en el poder gracias a la política de sangre y fuego de su poderosa Guardia Nacional.

“Mi papa era enemigo de los liberales, y si podía, les volaba reata duro y tendido”, recuerda Segundo Antonio Urbina, hijo también de un don Cleto Urbina que insistía, día y noche, en inculcarles a sus hijos el conocimiento de la tierra para que mañana, cuando él ya no estuviera en esta vida, ellos fueran dueños de sus propios destinos.

“Mi tata no nos enseñó letras, pero nos decía: ‘Ya les di la vida, les dejo las tierras y les enseño a trabajarla ¿Qué más quieren, jodidos?’”, ríe con desgano y cierta nostalgia don Segundo, quien no logra explicarse si la desgracia les llegó por la mala suerte, por el bonito aspecto que iba cogiendo la tierra heredada, o por el antisomocismo de don Cleto.

Ofertas con pistolas en la sien

Lo cierto es que un día de mil novecientos sesenta y tanto, después de muchas lunas de estar viviendo en esa finca, en Esquipulas, llegó a la comunidad un abogado de aspecto ruin, en carro de lujo, maletín en mano, pistola al cinto y anteojos oscuros, a proponer la compra de la tierra en nombre de la familia Somoza.

Identificándose como agente corredor de bienes raíces, ofrecía pagos míseros para comprar tierras en nombre de Lilliam Somoza, hija de Anastasio Somoza García, y hermana del entonces jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza Debayle.

La explicación fue sencilla: la familia del poder compró la hacienda El Tambo, en los alrededores de Esquipulas, y urgía de comprar todas las tierras alrededor de la hacienda para incorporarlas en una sola finca, y advertía el comprador de arma al cinto, que la idea era crear una escuela de entrenamiento militar en la zona “para matar comunistas”.

Ya sabían ellos que a quien se negaba a venderle “al Hombre” le iba mal, y que las ofertas de compra en realidad eran ultimátum, dice a su modo de hablar don Pedro Pablo Urbina, quien recuerda junto al resto de sus hermanos, que tras las primeras visitas del personaje, se desató una intensa acción de chantajes, amenazas, presiones y hasta agresiones por parte de la Guardia Nacional contra la familia Urbina Rivas, para que ésta entregara las tierras a los coroneles de Somoza.

“Nos tiraron animales, rondaban en jeep, llegaban a buscar armas y disparaban de noche de largo para meternos miedo. A una gente que se opuso a venderle al lado de Nindirí les mataron al padre y después le quitaron la finca”, recuerda don Fermín Urbina, ya cansado del cuerpo y la mente por los 87 años encima.

A la guerra en defensa de la tierra

Don Cleto murió sin vender la tierra, y sus hijos y nietos, en defensa de la tierra heredada, se metieron a la guerrilla del Frente Sandinista, apoyaron los movimientos contra el régimen, colaboraron con los muchachos metidos a combatientes y volaron balas contra la Guardia Nacional.

“Toda la familia se metió a apoyar a la guerrilla, nos metimos a la guerra, pues. Nos mataron a dos muchachos, a Juan en la insurrección y a Francisco al inicio de la Revolución”, cuenta Reinaldo Esquivel Urbina, nieto de don Cleto y lisiado de guerra del Servicio Militar, en 1988, cuando un mortero le estalló cerca de la cara y le destrozó medio rostro, durante la ofensiva militar Danto 88.

Ahora, ya alejado de la guerra, a Reinaldo no le duele tanto haber arriesgado su vida y perdido un ojo, sino ver cómo la tierra por la que tanto han luchado, les fue arrebatada a punta de patadas, golpes de clavas, llaves de lucha libre y todo tipo de gritos e insultos, de una gente a la que ellos, simple agricultores, nunca habían visto hasta aquel agorero domingo 21 de mayo de 2006.

Ese día en horas de la tarde, varios vehículos de la Policía Nacional frenaron en los alrededores de la finca, y de ellos bajaron hombres armados que rodearon las casas y dieron la orden inapelable de abandonar la tierra.

¿Cómo podía estar pasando eso si ellos nunca vendieron, nunca fueron confiscados, nunca empeñaron, ni prestaron ni cedieron ni abandonaron la tierra desde que don Cleto la compró en 1947?
No hubo explicación de nadie, las órdenes fueron: salgan a las buenas o a las malas. Y como nadie que posee un bien podría salir a las buenas del terruño que tanto ha costado, fueron sacados por la fuerza.

“Fue horrible, esos policías eran unos perros, no respetaron ni a las mujeres ni a los viejitos, a todos los empujaban, y de eso una muchacha malogró a su criatura de cinco meses”, cuenta Josefa Urbina, una de las hijas de don Cleto Urbina y Ana Rivas.

La muchacha de quien se dice abortó, se llama Juana Mejía, de 24 años, y es compañera de vida de uno de los nietos de don Cleto. Cuenta ella que ese día a su hombre lo estaban golpeando para subirlo a la patrulla, y que ella se fue a ayudarle, y un policía de boina roja la apartó con tanta fuerza que la hizo caer de espaldas sobre un cerco”.

“Ya iba sobre los cinco meses cuando perdí al niño. Me dijo la doctora que se me cayó por el susto y la aflicción, porque a todos nos afligió cuando se llevaron presos a los muchachos”, dice ella, tímida y humilde, en este nuevo rancho a orillas de donde se levantan las construcciones incipientes de Residencial Vista Verde, lugar que otrora era el hogar de los herederos de don Cleto Urbina.

Tierra arrasada

A don Fermín, sacado a empujones del rancho, le duele mucho no haber tenido la fuerza para enfrentarse “a los ogros”. “Si he tenido fuerzas no me sacan vivo de ahí, pero así viejo y arruinado, ¿qué podía hacer?”, se queja con voz casi inaudible, para lamentarse ahora sí con más fuerza, de la destrucción de sus árboles.

“Ahí había plátanos, mangos, nancites, marañones, laurel, caoba, pochote, guanacaste, limones, aguacates… todito lo botaron, ni los cercos dejaron”, dice el señor, y no lejos de él, sobre una mecedora, doña Socorro Urbina, no puede dejar de llorar cuando recuerda las maquinarias demoliendo y soterrando para siempre el pozo que saciaba la sed de la familia.

“Lo machacaron varias veces al pobrecito”, cuenta con el rostro ensombrecido, mientras Reinaldo Esquivel retoma su historia, con indignación, para contar que aquel día la Policía del Distrito Cinco de Managua apaleó a los más jóvenes de la familia y los llevó detenidos, mientras los niños llorando y las mujeres corriendo, eran empujados a las afueras de la propiedad que empezaba a ser demolida con maquinaria pesada bajo la protección feroz de los policías.

En total, ocho personas, incluyendo dos mujeres, fueron golpeadas y llevadas detenidas a la Estación Cinco de Policía.

“Nadie sabía qué estaba pasando, amigo, yo pensaba que todo era una equivocación ¿Por qué nos sacaban como delincuentes? ¿Quién nos estaban jodiendo la vida de esa forma?”, se preguntaba iracundo Reinaldo.

La respuesta, gritada con desdén por civiles que hacían de abogados a la hora del desalojo, llenó de estupor, rabia y miedo a la ahora dispersada familia de agricultores: “Con el Ejército nadie se mete”. (Con la colaboración de Luis Galeano, Mauricio Miranda y Heberto Rodríguez).