Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

El País    

Las últimas cifras de maltrato publicadas por el Registro de Víctimas de Violencia Doméstica recogen 10,645 condenas firmes contra mujeres agresoras. Y hay más de 41,000 fichadas como maltratadoras. La cifra de denuncias desde que se creó este registro en 2004 no deja de crecer.

El año pasado ya fueron 11,604 y éste lleva 4,008. Son datos de violencia doméstica donde no se especifica si se trata de una mujer contra otra, contra sus padres, hijos. Pero hay hombres que se quejan de que lo que ellos sufren también es maltrato de género y de que nadie les hace caso. La Ley de Violencia de Género, con su diferencia de penas para hombres y mujeres, la ven como una agresión añadida. Como una medida que hurga en la desigualdad en vez de perseguir lo contrario.

Que hay mujeres que agreden no cabe duda. Y que matan. ¿Está el teléfono para hombres que ha anunciado el Ministerio de Igualdad destinado a estos hombres que sufren? En parte, quizá sí, pero en ámbito de la Igualdad prefieren no hablar de ‘hombres maltratados’, para que no se confundan las dos realidades, la violencia sobre las mujeres, mayoritaria y distinta, dicen, de la que puede afectar, por otros motivos a los hombres.


¿Es por defenderse?
Los expertos llaman a las conductas agresivas de las mujeres violencia a secas, y aseguran que, en muchos casos, se trata de mujeres que se revuelven ante un maltrato continuado, que se defienden. Eso es lo que le dicta su experiencia a Andrés Montero, Director del Instituto de Psicología de la Violencia, y a Miguel Lorente, que después de 20 años estudiando estos fenómenos, es ahora delegado del Gobierno para la Violencia de Género.

‘En estos casos suele tratarse de conflictos abiertos, rupturas de pareja, respuestas a un maltrato similar al que sufren’, dice. Hilario Sáez, de la organización Hombres por la Igualdad de Sevilla, pone otros ejemplos: ‘Existe también la mujer que en lugar de romper con la relación que no le agrada, lo canaliza en violencia’, que puede durar años. ‘Esto se da mucho entre mujeres de edad avanzada a las que la idea de un divorcio les resulta impensable, por ejemplo’. ¿Quiere esto decir que todas las mujeres son santas y que siempre que maltratan tienen una razón para justificarse?

Las mujeres mandonas
De ningún modo. ‘La historia tiene casos de mujeres que envenenaron a sus maridos para quedarse con sus propiedades o que son asesinas, sin más’, dice Sáez. Pero advierte que no se debe confundir eso con otra categoría, la de las mujeres mandonas o las que machacan a sus parejas porque quieren convertirlas en lo que no son ni fueron nunca. Esa típica frase de ‘no me gusta, pero ya le cambiaré yo’.

También Lorente establece alguna categoría. ‘Es cierto que hay maltrato psicológico, pero hay que demostrar que eso ha existido de forma continuada y que ha causado un daño, no basta decir ‘es que mi mujer nunca me deja ver el fútbol’. Porque a veces el jefe también nos machaca día tras día y no tenemos alteraciones psicológicas’.

Pero ahí están las denuncias y las condenas. Si esto fuera un debate en directo, aquí terciaría para apoyar esas cifras la ex decana de los jueces de Barcelona, María Sanahuja. Opina que, además, hay hombres que sufren en silencio porque no se atreven a denunciar. ‘Ellos tienen tanta vergüenza como tenían las mujeres tiempo atrás, y ahora mismo, que muchas no lo cuentan ni siquiera a su familia. Hace años, cuando llegaban mujeres a denunciar maltrato apenas se las atendía. Ahora les pasa a ellos, que sufren el mismo tipo de maltrato’, dice.

El asunto es peliagudo. Los que coinciden en muchas cosas, no se ponen de acuerdo en esto. Hilario Sáez rebate lo de la vergüenza. ‘Dicen que ellas ponen denuncias falsas pero nadie cuenta, porque esas cifras no están desagregadas, las que ponen ellos y no son ciertas. Y estoy seguro de que hay muchas, porque se lo recomiendan sus abogados. En 1966 se creó en Zaragoza una asociación de maridos oprimidos. ¡En 1966! Para que luego digan que los hombres no denuncian por vergüenza’.

Ahora los hombres tendrán un teléfono para ellos, como en Noruega, para exponer sus casos sin vergüenza. ‘No deben tenerla, los hombres también pueden llorar. No hacerlo parte de la misma base machista. Eso también tiene que cambiar’, dice Sáez.


Una esposa con fuerza de albañil
Íñigo, un vallisoletano que oculta su nombre real, habla de una ‘señora’ a la que rescató de un mundo sórdido, con infancia terrible y drogas en la juventud y de la que se enamoró ciegamente hasta casi perderse en los mismos vicios. Dice que siempre estuvo ‘amargada’ y que se casó para quedarse con el piso que él tenía en propiedad. ‘Me anulaba como persona, yo no valía nada, todo lo hacía mal; si limpiaba, mal; si cocinaba, mal’. Luego nacieron los niños y heredaron los malos tratos. En aquella casa volaban los ceniceros sobre la cabeza del marido, y los cuchillos, y también recurrió al veneno, dice Íñigo. Pero, a pesar de su fuerza física --la mujer ha sido albañil--, él conseguía escapar.

“Tuvimos los niños, pero nunca se portó bien, no tenía el rol de madre. Luego me obligó a hacerme la vasectomía. Tenía un esclavo a su servicio’.