•  |
  •  |
  • END

La historia reciente de Nicaragua está marcada por la violencia. Y en ella ha tenido cabida, como si fuera parte esencial de la mezcla del cemento con que se construyeron los grandes mitos, la sangre de los periodistas. Dos de ellos, Pedro Joaquín Chamorro y Bill Stewart, mejor dicho, sus torrentes sanguíneos, tuvieron que vaciarse en las calles de Managua para incendiar las catapultas que demolieron 43 años de poder de la familia Somoza.

El video se encuentra en el sitio de internet You Tube y es de corta duración. Apenas 25 segundos ya editado. Unos segundos menos, unos segundos más. La calidad de la imagen no es de la alta resolución a la que se acostumbra hoy día, pero se ve lo suficientemente claro para distinguir con detalles hasta el salto que da el cuerpo al unísono con el sonido seco del disparo.

Se ve al hombre tirado en el piso de una calle asfaltada. Hay sonido ambiente en el que no se distinguen las voces, sino apenas la respiración entrecortada y ruidosa del camarógrafo que filma la escena desde un sitio cercano de donde transcurre la escena, en que aparecen varios guardias, en un ambiente lleno de humo, que van y vienen alrededor de la calle en cuyo costado yace boca abajo un hombre que a lo lejos se ve que implora por su vida.

Sin piedad
No se ven señales de piedad en la actitud de los guardias, cuando el hombre gira su rostro hacia el soldado y le explica algo, mientras levanta una mano como diciendo: “Estoy desarmado”. En respuesta recibe una patada de bota derecha del militar que parece decirle con el golpe: “Cállese, hijo de puta”.

El guardia gira sobre sí y retrocede cinco o siete pasos. Alguien, otro militar, le dice algo que acelera el ritmo del soldado que ahora avanza decidido hasta donde el hombre espera en el suelo. Se le acerca. Demasiado cerca. Retrocede dos pasos y con una mano, la derecha, alza el fusil Garand.

Alrededor suyo, los otros guardias que ven la escena, igual se apartan, como si quisieran evitar el sonido que va a estallar o la sangre que va a salpicar, y antes de que se aparten mucho, el soldado acerca el cañón a la cabeza del hombre y dispara. Fue un solo tiro que hizo que el cuerpo saltara completo, como en un estertor general y uniforme que lo estremeció totalmente por un segundo.

La escena se grabó el 20 de junio de 1979 en Managua, entre las 11 y 12:30 del mediodía.

Buscaban noticias
Un equipo televisivo de la cadena estadounidense ABC News, integrado por el periodista Bill Stewart, el traductor nicaragüense Juan Francisco Espinoza Castro, el técnico de sonido Jim Céfalo y el camarógrafo Jack Clark, regresaba de un recorrido por el norte del país en busca de tomas y entrevistas sobre la guerra.

Iban buscando el Hotel Intercontinental Managua, la famosa pirámide donde se hospedaban los corresponsales de guerra, funcionarios de gobierno y militares de la Guardia Nacional.

En el trayecto se perdieron y aparecieron por una de las calles del barrio Riguero, donde ocurrió el crimen.

La memoria de Filadelfo
Muy pocos nicaragüenses recuerdan con nitidez el incidente como Filadelfo Martínez, desde entonces y hasta hoy corresponsal de la agencia EFE en Nicaragua.

Aunque personalmente no conocía a Stewart, sí estaba al tanto de lo que ocurría, y llegaba seguido al Hotel Intercontinental, donde los demás corresponsales, sobre todos los extranjeros, se hospedaban en espera de noticias. De hecho, allí estaba un refuerzo que envió su agencia y que coordinaba con Martínez la cobertura de la guerra.

Allí supieron de Bill Stewart, originario de West Virginia. Éste era un reportero de 37 años, empleado de la cadena televisiva y con experiencia como corresponsal de guerra que había estado en Vietnam. Había llegado a Nicaragua a finales de mayo de ese año y planeaba quedarse hasta donde pudiera.

Ese día, miércoles 20 de junio de 1979, Bill regresaba con su equipo al Hotel Intercontinental en una furgoneta Volkswagen tipo hippie, que llevaba una bandera blanca en la antena y tenía escrito a un lado y en el vidrio delantero, con pintura blanca, las palabras: TV Press, según relatarían después a los periodistas los sobrevivientes de la matanza.

Avanzaban por la Avenida de la Resistencia, viniendo de la Carretera Norte, doblaron hacia el lado de Residencial El Dorado, pero había barricadas de adoquines y llantas quemadas por doquier que dificultaban la vista y el tránsito, así que giraron en U y se metieron al barrio Riguero por una calle adjunta a un cauce que divide el barrio del residencial, ambos ubicados en la zona oriental de Managua.

Días de guerra
Cabe decir que por esos días esa zona era objeto de intensos combates y bombardeos de la Guardia Nacional contra las guerrillas del FSLN, que hostigaban a los militares desde las calles, cauces y hasta desde los techos de las casas y ramas de los árboles, para luego esconderse en los vericuetos de calles y andenes cuando los militares entraban en las llamadas Operaciones Limpiezas, que consistían en despejar las vías y no dejar vivo a nadie que se encontrara en la zona.

A lo lejos observaron un retén de efectivos de la Guardia Nacional desde donde les hicieron el alto. Presintiendo el peligro, el conductor de nombre Pablo, giró y trató de regresar por donde acababan de entrar, logró poner el carro en sentido contrario para regresar, pero un balazo de fusilería detuvo en seco sus esfuerzos de huir.

Bill lo tranquilizó y le dijo: “Calma, bajaré y les diré que somos periodistas y andamos perdidos. Todo saldrá bien”.

Bajaron el periodista y su intérprete, ambos con las credenciales de prensa en las manos que iban abiertas y arriba, mostrando que eran civiles e iban desarmados.

Llegaron donde estaban los guardias apuntando y de inmediato éstos los registraron; leyeron las credenciales, se las quitaron, se las mostraron a un oficial que estaba bajo la sombra de un almendro, y después de un intercambio de palabras, traducidas por el nicaragüense, que igual servía de guía, los separaron, colocando contra la pared de tablas de una casa al traductor, con las manos en la nuca y las piernas abiertas.

Primero al traductor
Al periodista norteamericano lo empujaron hacia una orilla de la calle y lo obligaron a arrodillarse. El hombre estaba desconcertado y buscaba con la vista al traductor, quien seguía de espaldas a la calle mientras trataba de explicarle a la Guardia que eran periodistas y que andaban perdidos.

El traductor, Juan Francisco Espinoza, no pudo seguir hablando porque el guardia montó el arma, caminó unos pasos hacia la calle, giró y disparó a quemarropa a su cabeza; Espinoza, quien a pesar de recibir el impacto en la parte trasera, que lo empujo hacia delante, cayó de espaldas tras rebotar contra las tablas.

El sonido alertó al camarógrafo y al técnico, que se habían quedado en el vehículo a media cuadra de la escena donde Bill Stewart ya estaba siendo conminado a acostarse boca abajo en la calle.

Desde unos matorrales filmaron la escena, y tras el disparo, vieron a la Guardia montarse en varios jeep y salir raudos en sentido contrario a donde había quedado el vehículo en que viajaban el periodista y su equipo.

Vivieron para contarlo
Los sobrevivientes, aterrorizados, estuvieron aún unos momentos escondidos, esperando a que la caravana de la Guardia se perdiera de vista en la calle, y tras varios minutos, algunos vecinos salieron a ver los cadáveres y ayudaron al camarógrafo y a su ayudante a cargar los cuerpos y trasladarlos al parqueo del hotel.

Una vez allí dieron aviso a los colegas, y ellos se perdieron en los laberintos del hotel, antes de que la Guardia Nacional y las fuerzas de Seguridad empezaran a indagar sobre la muerte de los dos hombres.

El primero en dar la noticia fue Filadelfo Martínez, quien no puso en su nota quién había matado al periodista y a su traductor ni las circunstancias de las muertes.

“Esos detalles no se sabían, la noticia estaba en caliente, y lo único que se sabía era que el periodista había muerto en el barrio Riguero”, narra Filadelfo.

El periodista recuerda que tras la noticia, el pánico se apoderó de los 97 corresponsales registrados en el hotel, y que más de 30 salieron del país ese mismo día y al amanecer del siguiente.

Vino y whisky para olvidar el dolor
Antes, plasmaron en un comunicado su formal protesta, que fue leída en inglés ante el mismísimo general Anastasio Somoza Debayle, quien minutos antes, en una conferencia de prensa, había anunciado que la muerte del periodista fue provocada por un francotirador sandino-comunista en un fuego cruzado con la Guardia Nacional.

“La grabación no se conocía en el país todavía, hasta en horas de la noche. El camarógrafo y su ayudante se escondieron en una habitación del hotel y desde ahí editaron y mandaron las imágenes a la ABC”, recuerda el veterano periodista.

Las imágenes sacudieron las pantallas y sensibilidades en todo el mundo. En Nicaragua se transmitieron después que la Embajada de Estados Unidos presionó por su publicación.

La muerte conmocionó a los periodistas y a los mismos funcionarios de Somoza, que intentaron calmar a los corresponsales esos días ofreciendo más vino y whisky, mientras Novedades, el diario oficialista de Somoza, y sus emisoras, tildaban a los corresponsales de “comunistas”.


Muerte de Stewart terminó de aplastar a Somoza
JOSÉ ADÁN SILVA
Si la muerte a escopetazos de Pedro Joaquín Chamorro (10 de febrero de 1978), por sicarios del gobierno, encendió un año atrás la insurrección popular contra Somoza, el asesinato de Bill Stewart fue como la dinamita que socavó los últimos reductos de apoyo que sostenían a la familia dinástica.

Después que las imágenes recorrieron el mundo, Estados Unidos suspendió toda ayuda militar y respaldo al gobierno somocista. El presidente estadounidense, Jimmy Carter, calificó la muerte como “un acto de barbarie que todas las personas civilizadas condenan”.

“Los periodistas que buscan transmitir las noticias e informar al público son soldados de un ejército que no pertenece a ninguna nación”, dijo Carter, profundamente consternado, pero no lo suficiente como para colaborar con la repatriación del cuerpo.

El cadáver de Bill Stewart regresó a Estados Unidos gracias a la gestión de Alemania Occidental, que intermedió con Somoza, pues el gobierno de Washington se negó a colaborar con la familia y con ABC News en el traslado del féretro.

Dos días después, el 22 de junio, en sesión extraordinaria y de consulta de la OEA, se pasaba el video estremecedor y la organización se declaraba en contra de la intervención de una fuerza de paz en Nicaragua, condenó los bombardeos contra la población civil y cortó asistencia y relación con Somoza, quien huyó del país el 17 de julio, y dos días después, el 19, con 50 mil muertos por doquier, todo acabó para la oprobiosa dictadura dinástica que sojuzgó por 43 años al pueblo nicaragüense.