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Odia las noches de los fines de semana. Y su animadversión no es por gusto, le nace desde muy hondo y le brota junto a un terrible temor de amanecer un día aplastada en su propia cama.

Patricia Rugama tiene sus razones de peso: en los últimos cinco años, cuatro vehículos han caído sobre el techo de su humilde vivienda, construida de bloque macizo sin pulir y techos de cinc clavados en vigas de madera hosca.

Uno de los vehículos, de una marca de lujo que ella no recuerda, pero sí no se le olvida el color rojo de la carrocería, cayó exactamente sobre sus cuatro llantas y se estrelló de manera violenta contra la puerta trasera de la casa, cuyo patio queda al lado este de la rotonda “Jean Paul Genie”, en una hondonada de cuatro metros respecto de la pista redonda.

La puerta se destrozó, y ellas --doña Patricia y sus dos hijas--, en medio de la oscuridad de la madrugada, de pronto escucharon un estruendo de cataclismo, con un motor que rugía agónico con alguna pieza rota dentro del engranaje, y sintieron la luz de dos enormes faros que violaban las penumbras del repentinamente invadido aposento, cegándolas en medio del susto.


Ecos de miedo
“Fue una experiencia horrible, una se levanta confundida y aterrorizada del susto y no hallás para dónde agarrar, y de pronto oís gritos (del conductor y pasajeros del carro siniestrado) y mis hijas gritan, y toda la casa se siente temblar...”, dice la señora, reviviendo en su relato los tic nerviosos de las manos entrelazadas, moviéndose entre sí, como dándose calor en la frotación de una contra la otra.

Esa fue la primera vez, hace ya ocho años, en diciembre de 2000, cuando un carro “aterrizó” en la casa de la señora Rugama.

La rotonda “Jean Paul Genie”, construida un par de años antes de la fecha del primer “aterrizaje”, sustituyó a la antigua carretera lisa de dos carriles. En su expansión, la pista circunvalada se tragó un pedazo de predio baldío que separa el barrio 22 de Enero de la carretera a Masaya, y de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, diez familias tenían contiguo a sus patios una rotonda donde los carros zumban noche a noche.

Sobre esa carretera, sobre todo en las madrugadas de los fines de semana, a menudo se realizan carreras ilegales de autos.

“Este barrio tiene más de 30 años de existir. Estaba aquí antes de la revolución, cuando todo esto era puro monte, y fue creciendo hasta poblarse todo en varias calles”, dice Patricia Rugama, con 25 años de vivir en su casa, azotada por las caídas repentinas de autos que se salen de los carriles de la rotonda.


Recuerdos de muerte
Con la rotonda, nacieron las pesadillas para ella y las otras familias vecinas. Desde 2000 a la fecha, cuatro vehículos y varias motos han “volado” y caído sobre sus techos.

Una de ellas destrozó el baño del patio, y varias veces ha tenido que levantar el cerco después de los “aterrizajes” de motociclistas ebrios y automotores sin brújulas.

La experiencia más aterradora, una madrugada lluviosa de hace tres años, fue cuando un vehículo de carreras, conducido por dos jóvenes, dio varias volteretas antes de salir por los aires y caer sobre el techo de la casa de la señora.

A la mañana siguiente, mientras intentaban rescatar el cadáver apresado entre la carrocería, encontraron el cuerpo del copiloto en un costado de la casa. Había salido volando por una de las ventanas en el golpe, y se estrelló de cabeza contra un lado del muro. Sangre y sesos quedaron esparcidos, y ella y su familia siguieron sintiendo el olor a muerte durante muchas semanas más.


El nuevo muro de la discordia
El más reciente accidente ha atraído la atención sobre estas familias. El pasado domingo seis de abril, en la madrugada, un vehículo salió “volando” de la rotonda y cayó sobre la casa de don Nicolás Obando.

La imagen del carro volteado con las llantas al cielo, sobre el techo de la humilde vivienda, llamó la atención de los medios de comunicación, y sirvió para que la Alcaldía de Managua hiciera un muro de contención de piezas móviles de concreto reforzado con acero, en el peligroso costado de la rotonda.

La medida, a todas luces apurada, provocó el efecto contrario a la seguridad que supondría le daría al vecindario.

Al frente de la casa de don Nicolás, a unos 35 metros de la pista donde yace el nuevo muro pintado de amarillo, hay tirados dos postes de concreto como de dos metros de alto, donde dos niñas juegan al caballito.

“Esos postes que usted ve estaban clavados allá fuera en la rotonda, y en vez de detener los carros, salieron “volando” junto con ellos. Ese que está afuera por poco y aplasta a mis hijos”, dice preocupado Nicolás.

No es para menos: dos carros, dos motos y tres piezas de concreto han caído sobre su casa.

Por eso, al ver el nuevo muro, su preocupación aumentó. “Son piezas muy pesadas, pero están apenas puestas sobre la tierra, no tienen cuñas ni están pegadas con hierro. Esas cosas no van a detener otro carro y va ser peor, porque si no nos mata el vehículo, nos mata la piedra o el susto”, dice Nicolás, y su vecino, José Pérez, lo respalda.


Lotes en venta
A él también le han caído dos carros livianos en su casa, junto a postes de concreto y pedazos de lata de la antigua barrera metálica que de poco sirvió ante el impacto de los vehículos a alta velocidad.

“A esas piedras apenas les untaron cemento. Ese murito puede detener una moto o un carrito pequeño, pero a las camionetotas que pasan por aquí bujando no les va a hacer nada”, dice don José Pérez, a quien una vez lo asustó el enorme peso de un cilindro de gas butano de 100 libras que saltó de una camioneta que chocó contra la antigua valla de metal.

Rafael Lara, Director de Obras y Servicios Municipales de la Alcaldía de Managua, a cargo de la construcción del nuevo muro, dice que el costo de inversión fue de 600 mil córdobas, y que en total, se han gastado más de un millón de córdobas en tres tipos de barreras alrededor del costado de la rotonda.

Explica que inicialmente se construyó una valla de pequeños tubos de concreto, que no duraron mucho por la cantidad de vehículos que pegaron ahí. Luego construyeron una cerca de metal, que tampoco detuvo a los carros, y ahora, después del último carro que “voló”, hicieron el pequeño muro de piezas de tres metros de largo y medio metro de alto, manufacturado con concreto sólido y reforzado con barreras de acero.

“Es una valla sólida que se usa en todas las ciudades modernas del mundo y sirve para detener y desviar a los vehículos que salgan del curso de los carriles. Esperamos resolver el problema con ello”, dijo optimista Lara.

Su optimismo no es compartido por los vecinos, que no retiran los rótulos que dicen “Se venden lotes”. Al menos cinco familias están vendiendo sus casas a orillas de la rotonda.


Huida necesaria
“Yo prefiero vender antes que ocurra una desgracia”, dice Patricia Rugama, quien pone de ejemplo a sus vecinas de al lado, quienes vendieron sus terrenos a unas personas interesadas en poner un taller de mecánica.

“Ahí una rastra se zafó y cayó en el patio. Ellas no esperaron más, ahí nomás vendieron y se fueron a un lugar más seguro”, recuerda ella.

Igual piensa don Nicolás, quien pone de ejemplo a su vecina Lila Montenegro, quien vendió su casa y terreno hace ya más de cuatro años, luego que en menos de dos años dos vehículos cayeran sobre su vivienda.

Uno de ellos destrozó el techo y cayó en la propia sala, a orillas de la cama donde dormía Aracelly Montenegro, hija de la señora, quien sufrió un infarto del susto y murió a los días.

En la casa donde la joven murió, sólo se ven los muros de lo que una vez fue una casa, y que ahora es la base un rótulo gigante que ilumina la rotonda donde cada fin de semana los vehículos rugen y espantan la tranquilidad de 10 familias que viven con el temor de que un día puedan amanecer aplastadas.