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Utilizó zapatos hasta la edad de 13 años, se fogueó en la lucha antisomocista en las montañas de Matagalpa, uno de los bastiones principales que tuvo la guerrilla sandinista, llegó a ser diputada y sigue siendo la misma campesina que vive en una humilde vivienda en el barrio Bóer de Managua.

Este personaje es nada menos que Benigna Mendiola, la viuda del campesino Bernardino Díaz Ochoa, asesinado por la Guardia Nacional en septiembre de 1971, hecho que la obligó a meterse de lleno en la lucha por derrocar a la dictadura somocista, que ayer ajustó 29 años de su triunfo.

Benigna narró para EL NUEVO DIARIO parte de su lucha y su vida, siendo “testigos” varias gallinas, entre ellas las “comandas” (una especie de aves de corral que tienen cubierta de plumas las patas).

Ahora, con 64 años de edad, recuerda que en 1963 comenzó a trabajar en la formación de sindicatos en las montañas de Matagalpa. El primer sindicato lo formaron en la Tronca, para defender a los trabajadores. Después aparece el sindicato de Bijagüe, así como en Bocaycito, Yazcas, Waslala, Caño Negro y Quilito. Recuerda que para “encubrir” a los sindicatos que ya estaban “colorados” con la Guardia Nacional, Bernardino iba a formarlos como clubes campesinos.


Hubo celos con Bernardino
Dijo que con el tiempo observó que su marido (Bernardino) se perdía de la casa hasta tres meses, y hasta se le despertaron celos, creyendo que su amado andaba con otra mujer, pero reconoció que las primeras estructuras guerrilleras debían de tener mucho cuidado, ya que la guardia los tildaba de “bandoleros” y “comunistas”.

Antes de 1972, integrantes de los sindicatos pasaron a la guerrilla. Ella misma pasó a trabajar con las casas de seguridad y de correo. Cuando la guardia detectó el campamento de Pancasán, Bernardino ya estaba en la jugada y “yo también andaba en eso”.

Así conoció a Pablo Úbeda, quien en realidad se llamaba Rigoberto Cruz, quien en el día era maestro, y le daba clase a los chavalos, y por la noche enseñaba a los adultos arme y desarme.

Recordó que la madre de Bernardino, quien aún vive y tiene más de 100 años de edad (actualmente recluida en el Hospital Militar debido a una enfermedad), sacó a Víctor Tirado López disfrazado de mujer de la casa de seguridad cuando se acercó una vez la guardia.

También rememoró cuando bajó a la ciudad en busca de un médico aliado de los guerrilleros para obtener un medicamento y curar a Tirado López de una gusanera en sus piernas, producto de picaduras de tórsalo.


Estuvo en Costa Rica
Después que la GN asesina a Bernardino, Benigna se fue a Costa Rica, a un campamento guerrillero donde andaba su hijo mayor, el que se unió a los rebeldes a la edad de 11 años. Luego, el muchacho formó parte de las tropas especiales del Ministerio del Interior y murió en un balneario cuando rescataba a una joven.

En Costa Rica estuvo en el campamento “Palmira”. El partido Vanguardia Popular de ese país era el que apoyaba a los guerrilleros, pero Benigna se regresa al país antes del triunfo de 1979 y se dirige a San José de Los Remates, donde continuó apoyando la guerrilla haciendo mandados a Río Blanco, Bocay, Yaoska, Waslala. Algunos días estuvo con los guerrilleros en el monte, “pero eso no me gustó”.


Dirigentes de la guerrilla
del norte
Necesariamente Benigna tenía que recordar la llegada de varios dirigentes de la guerrilla a su casa en el norte, y mencionó a Henry Ruiz, Carlos Fonseca, a quien lo tuvo cinco días en su vivienda, Tomás Borge, Carlos Agüero, Jonathan González, Germán Pomares y Tirado López, a “los que cuidé y ayudé a pasarlos de un lado a otro”.

Ahora lamenta que Henry Ruiz y Víctor Tirado “se hayan volteado” (irse del sandinismo oficial), pero aseguró que ella nunca se va a prestar a formularles críticas públicas porque todavía los considera como “hermanos de la familia sandinista”.

Y si cumple al pie de la letra su nombre con sus antiguos compañeros, tampoco guarda rencor contra las personas que denunciaron ante la GN a Bernardino y que ya están viejitas. Mucho menos al que jefeaba la patrulla de 17 guardias que capturó a Bernardino, Rafael A. Lola, el coronel que salió huyendo del comando de Jinotepe cuando el FSLN liberó la ciudad el cinco de julio de 1979.


Cómo se enamoró de Bernardino
Sobre la forma como conoció a Bernardino y se enamoró de él, Benigna dijo que esto ocurrió cuando trabajaba de cocinera en una hacienda de Virgilio Mendoza. Andaba de arriba para abajo en las haciendas, pero con el nombre de Mercedes Hernández, debido a que la guardia ya la andaba buscando para matarla.

En esa finca, Bernardino trabajaba de aserrador de madera como contratista. Al inicio no le gustaba, pero como el patrón la comenzó a acosar para convertirla en su amante, tuvo que abandonar la hacienda, pero primero le dijo la situación a la esposa del patrón, de nombre Luisa.

El patrón la corrió de forma automática, pagándole cinco córdobas en concepto de liquidación. Su salario era de 40 córdobas al mes.

Bernardino tenía 42 años de edad y Benigna casi de 30. Al verla irse, el sindicalista la siguió para hablar con ella. “Bernardino no era un hombre que andaba repitiendo lo mismo al enamorar, sino que era preparado para una mujer como yo”.

Pero nuestro personaje no le hacía caso, hasta que “buscando La Dalia me alcanzó Bernardino. Yo le dije: ‘Mirá, yo no te tengo cariño’. Él dijo: ‘pero eso nace en la medida que uno va conociéndose’”.

El líder rural insistió y ella sacó su fracasada “arma secreta”: “Mirá, tengo dos hijos”. Tanto era el amor de Bernardino, que no le importó.

El amor se convirtió en “algo entre dos compañeros en una misma lucha con montañas de por medio, pues él agarraba para un lado y yo para otro”. “Por eso me junté con él, por ese viejo maldito, don Virgilio”, dice Benigna, quien recordó que en La Tronca compraron unas tierras donde comenzaron a trabajar.

Allí aprendió a hacer guaro cususa, que lograba vender para sobrevivir. Nunca cayó en manos de la guardia, pero ella así lograba reunir algún dinero, con lo que le ayudaba a Bernardino para viajar a Managua a reuniones con la CGT independiente.

Después del triunfo de la revolución, Benigna se volvió a enamorar, pero fue de un hombre joven que no era sandinista, sino de la CTN. “Era un indio igual que yo, era de la montaña, le aguanté un tiempo, pero lo dejé”. En la actualidad es capaz de decir: “Nunca voy a tener un hombre a escondidas, porque ya tengo tiempo de estar sola y no me hace falta, y en vez de tener problemas es mejor estar sola”.

Después de 1979
Sobre lo que hizo después del derrocamiento de Somoza en 1979, Benigna recuerda que se fue a Plaza El Sol (donde ahora está la jefatura nacional de la Policía). Llegó con el ex diputado Hermógenes Rodríguez para ver dónde la iban a ubicar, pero la mandaron de regreso a Jinotega, a la ATC.

En la ATC le dijeron que tenía que llenar una ficha y especificar lo que había hecho. Ella llenó el formulario que le extendió una colombiana y ya la estaba poniendo de barrendera, cuando un mexicano al verle su historial, le reprochó: “No me jodás, a la compa no la podés dejar ahí, mirá desde cuándo se metió al FSLN –-a partir de 1962--, además es la viuda de Bernardino Díaz Ochoa”.

Después pasó a trabajar con Amnlae, posteriormente con la UNAG. Fue diputada de la Asamblea Nacional después de las elecciones de 1984.

Hoy todavía no ha sido jubilada, a pesar de que cotizó al INSS más de las 750 semanas.

Llegó además a ser miembro de la Dirección Nacional, “pero no me gustó porque es arrecho, cada gallo a su patio y cada lora a su guanacaste, y soy del campo y la montaña, y mi trabajo es en el campo, andar para arriba para abajo y no estar metida en una oficina”.